RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

viernes, 31 de julio de 2026

PENSANDO EN CAMBIAR (1) - PEDRO RODRIGUEZ - Militante Social

 

PENSANDO EN CAMBIAR (1)

 


 

Hoy comenzamos un trabajo de largo aliento, por lo que aquí encontrarán sólo el comienzo de un desarrollo que creemos durará dos o tres programas. Nos decidimos por intentar pensar de nuevo viejos problemas, tan viejos como el capitalismo o como las divisiones FALSAS entre quienes somos trabajadores. En el inicio, daremos por probadas dos cuestiones: la cuestión de la explotación laboral y la concentración del capital: son fácilmente comprobables examinando cifras y estadísticas.

 

La explotación laboral —entendida como la apropiación de la plusvalía por parte del capital— no es un fenómeno meramente económico, sino un sistema de relaciones sociales que se reproduce a través de instituciones, culturas y estructuras de poder. Marx la definió como la diferencia entre el valor que el trabajador produce y el valor que recibe como salario (es el robo primitivo o primordial) pero el fenómeno incluye y trasciende la fábrica del siglo XIX: hoy se manifiesta en la precariedad laboral, en la subcontratación global, en la destrucción ambiental externalizada, y en la financiarización que convierte la deuda en un mecanismo de extracción de riqueza. Sin dejar de señalar que la fábrica hoy sigue tan fábrica y la explotacion tan explotación como desde entonces.

 

La tendencia a la concentración del capital —lo que Marx llamó la "ley de la centralización capitalista"— no es un accidente histórico, sino una dinámica endógena del sistema. Cuando el capital genera plusvalía, una parte se reinvierte, ampliando la escala de producción; la competencia entre capitalistas favorece a los más grandes, que absorben a los más pequeños; y el crédito y la especulación aceleran esta concentración. El resultado es una polarización estructural: riqueza creciente para una minoría y empobrecimiento relativo y también absoluto para una creciente mayoría. Con sólo un dato puede uno vislumbrar las bondades del capitalismo: 1500 millones eran la población mundial en vida de Marx. HOY lo que dan en llamar "inseguridad alimentaria", más conocida como HAMBRE, afecta y amenaza a más de 2000 millones, un 25 % de la población actual (cifras de FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura). Ya lo señaló nuestro amado CHE: "El capitalismo es el genocida más respetado del mundo."

 

Entonces, plantear una "solución" a este problema exige, en primer lugar, evitar dos trampas intelectuales: la utopía instantánea que cree posible abolir el capital de un día para otro sin considerar las condiciones materiales, y el reformismo acrítico que piensa que pequeños ajustes pueden domesticar una lógica de acumulación que se alimenta precisamente de la desigualdad. Ya todos la conocen: la idea ingenua de un capitalismo "bueno". La respuesta, insisto, no puede ser un esquema cerrado, sino un conjunto de estrategias interconectadas que operen a diferentes escalas y temporalidades, y para ello necesitamos UNIR EL MUNDO DEL TRABAJO.

 

I. La reconfiguración del trabajo

 

#1.1. La democratización de los medios de producción

El núcleo duro del problema es la separación entre quienes trabajan y quienes poseen los medios para hacerlo. Una solución estructural requiere, por tanto, transformar esta relación. No se trata de una simple nacionalización estatal —que puede replicar la lógica burocrática de explotación—, sino de formas de propiedad social y gestión democrática.

Las cooperativas de trabajadores, lejos de ser una curiosidad marginal, representan un modelo viable. Por ejemplo: en Mondragón (España), la red cooperativa emplea a decenas de miles de personas con salarios diferenciados moderados, democracia interna y reinversión comunitaria. Sin embargo, las cooperativas enfrentan una tensión: compiten en mercados capitalistas, lo que las presiona a reproducir lógicas de explotación o a quedar marginadas. La solución no es abandonarlas, sino articularlas en ecosistemas protegidos: redes de cooperativas que se abastezcan mutuamente, fondos de financiamiento alternativos, y marcos legales que privilegien la economía social frente a la corporativa.

Más allá de las cooperativas, la propiedad de los medios de producción puede diversificarse. Los fondos de inversión soberanos, los trusts comunitarios, las plataformas de propiedad colectiva (como los proyectos de software libre o las redes de energía renovable comunitaria) son experimentos que apuntan a desplazar la propiedad privada absoluta. La clave no es la forma jurídica en sí, sino quién controla las decisiones estratégicas y cómo se distribuye el excedente. Sí, sí, no es lo que esperaban escuchar, pero permítannos continuar, esperamos que el desarrollo aclare algunos puntos después.

 

# 1.2. La reducción de la jornada y la redistribución del tiempo

Una de las aparentes paradojas del capitalismo contemporáneo es la coexistencia del desempleo masivo con la sobrecarga laboral. La tecnología ha aumentado la productividad exponencialmente, pero en lugar de liberar tiempo, ha intensificado la explotación. La solución pasa por una reducción drástica y generalizada de la jornada laboral —hacia las 20 o incluso 15 horas semanales— sin reducción proporcional de salarios.

Esto no es un capricho ético, sino una medida económicamente racional. Keynes ya predijo en 1930 que para 2030 trabajaríamos 15 horas semanales gracias al progreso técnico. El hecho de que no haya ocurrido no es una ley natural, sino una elección política: el sistema prefiere mantener el desempleo como disciplina laboral y concentrar las ganancias de la productividad en beneficios empresariales. Una reducción de jornada redistribuiría el trabajo disponible, eliminaría el desempleo estructural, y liberaría tiempo para la reproducción social, el cuidado, la política y la creatividad.

Esta medida debe ir acompañada de una redefinición del trabajo remunerado. El cuidado de personas, la educación comunitaria, la regeneración ecológica —actividades actualmente invisibilizadas y feminizadas— deben ser reconocidas como trabajo socialmente necesario y remuneradas dignamente.

 

# 1.3. La renta básica universal como desanclaje

La renta básica universal (RBU) —un ingreso incondicional para toda persona— es una propuesta controvertida pero potente. Sus críticos de izquierda temen que desmovilice la lucha obrera y funcione como subsidio al capital (al permitir salarios más bajos). Sin embargo, bien diseñada, la RBU puede ser una herramienta de emancipación.

El truco está en el financiamiento y en el nivel. Si la RBU se financia mediante impuestos progresivos al capital y al patrimonio, y si su monto es suficiente para garantizar una existencia digna sin trabajar, entonces transforma la relación de poder entre capital y trabajo. El trabajador deja de depender absolutamente del empleo para sobrevivir; puede negarse a condiciones abusivas, puede invertir tiempo en formación, en organización política, o en proyectos cooperativos. La RBU no reemplaza la lucha por el control de los medios de producción, pero desplaza el punto de partida: de la supervivencia forzada a la libertad real. Y dejamos por ahora acá, sin concluir porque es necesario todavía desarrollar cómo carajo podría hacerse esto y más. Los esperamos en la siguiente.

 

 

PEDRO RODRIGUEZ

 Desde Rosario- Militante Social

 

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