RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

viernes, 31 de julio de 2026

UNA FEIJOA - MAURICIO IBÁÑEZ – Desde Colombia -Biólogo

 

UNA FEIJOA

 


 

Apreciados compañeros y amigos de El Club de la Pluma, desde Colombia los saluda, como siempre, Mauricio Ibáñez con un abrazo por la hermandad de las naciones de américa latina.  

 

Hace 17 años tuve la oportunidad de adquirir un pequeño lote en las montañas, donde había una casita encantadora con un par de habitaciones, una chimenea y una vista maravillosa del paisaje de la sabana de Bogotá. La consideraba como una pequeña inversión para mis años de retiro, cuando ya tuviera la oportunidad de descansar de los ajetreos cotidianos.

 

Con mi esposa María Teresa, mi hijo Manuel José y mi hija María Gabriela, nos dimos a la tarea de convertirla en un espacio íntimo, familiar y agradable donde pudiésemos disfrutar de tiempo juntos y, también, recibir visitas de familia y amigos. Trabajamos en los espacios de la casita y en sus jardines. En toda la tarea, que nunca acaba, nos ha acompañado un enorme árbol de pino que es como un viejo guardián silencioso, siempre presente.

 

En el lote alrededor del refugio sembramos arbolitos y flores. Queríamos tener frutas, así que sembramos unos arbustos de una planta propia de la región, llamada Feijoa.

 

La feijoa (Acca sellowiana) es conocida en Colombia como “guayabo del país”, y crece en zonas altas y frías de Colombia, sur de Brasil y Uruguay. Su fruto es una baya ovalada de color verde, parecida a la guayaba en su aroma y sabor.

 

Sembrado en la altitud correcta para su crecimiento, en el suelo apropiado, a la temperatura ideal y en una zona con la precipitación adecuada, el arbusto creció como se esperaba. Su tallo y hojas se fortalecieron, su forma era hermosa y simétrica, y teníamos expectativas de probar sus frutos.

 

Curiosamente, en todos estos años el arbusto creció sano y fuerte, pero no producía las feijoas que tanto esperábamos. Le cambiábamos la tierra, le aplicábamos fertilizantes, le poníamos su agua, la cuidábamos, le hablábamos… sólo nos faltó llevarle un psicólogo.

A finales de 2020, después de haber pasado parte del tiempo de aislamiento de la pandemia del Covid 19 en nuestro refugio de la montaña, decidimos que este ya no sería la finca de los paseos de los fines de semana, sino el lugar en el que queríamos pasar el resto de nuestras vidas.

A comienzos del 2021 iniciamos la construcción de algunas adecuaciones para hacer la cabaña un poco más habitable, ampliar algunos espacios, agregar algunos servicios y, cuidando de no perder su carácter íntimo y familiar, crear espacios para la contemplación, el disfrute de la independencia de los hijos ya mayores, y gozar, ahora definitivamente, de nuestro refugio.

Ya han pasado 5 años desde que nos vinimos a vivir en las montañas, y mientras disfrutamos del retiro y la vejez hemos visto a nuestros hijos convertirse en profesionales maduros, responsables y honestos que, para nuestra fortuna, tienen trabajos virtuales, viven con nosotros y entre todos nos ayudamos como comunidad a mantener un espacio lleno de diálogo profundo al calor de la chimenea, de una copa de vino y de buena comida.

 

Hace unos días sucedió un pequeño pero significativo milagro: por primera vez en 17 años, el arbusto de feijoa produjo sus primeros frutos. Nosotros ya habíamos perdido la esperanza y creíamos que habíamos sembrado la especie equivocada, pero no: aparecieron las primeras flores y, detrás de ellas, las primeras feijoas.

 

Algo se movió dentro de nosotros en ese momento: estábamos genuinamente emocionados ante un evento que no parecía muy trascendental. No sabíamos si tenía algún significado o si era notable desde el punto de vista científico. No importaba.

 

Dejamos que la primera de varias feijoas creciera lo suficiente antes de cosecharla para saborearla. Estas frutas siempre se quedan verdes, nunca cambian de color, así que no hay manera de saber si están suficientemente maduras hasta probarlas. Muchas veces pasa que se ven de buen tamaño y su sabor es ácido y difícil de masticar. A veces es cuestión de suerte.

 

Nuestra feijoa llegó a un tamaño que consideramos adecuado, y la probamos. Estaba en su punto. Tenía una dulzura casi desconcertante, maravillosa, como otras producidas por el mismo arbusto, todas en esa semana, 17 años después de sembrado. Nos pareció un enorme privilegio que un fruto producido en nuestra tierra encerrada todo ese sabor.

 

El efecto que la feijoa y su dulzura produjo en nosotros trascendió los límites de la simple percepción. Sentimos que habíamos llegado a nuestro destino, que habíamos alcanzado la expresión más sencilla y profunda de la paz, que ese era el lugar al que pertenecíamos y que nada ni nadie podría hacernos daño.

 

Esta pequeña fábula de la feijoa pareciera no tener mucho significado para muchos, pero ante los sucesos desconcertantes que están ocurriendo en el mundo, en nuestros países, en nuestra patria grande, encontrar algo de paz interior es fundamental para poder sobrellevar una realidad que está totalmente fuera de nuestro control y que muy probablemente, por mucho que nos angustiemos, se va a enredar más, o a resolver sola, sin nuestra intervención.

 

No se trata de perder la empatía por nuestros hermanos torturados en Palestina, ignorar la masacre lenta de nuestra amada Cuba a manos del tirano del norte o ser indiferentes al sufrimiento de las víctimas del terremoto de la hermana república de Venezuela. No es que no nos preocupe la situación difícil de nuestros hermanos ecuatorianos, bolivianos, argentinos o chilenos. Por el contrario, es imperativo que construyamos nuestra propia paz mental para que podamos desarrollar nuevas formas de lucha, nuevas herramientas de resistencia. Nuestra paz mental, nuestra calma, nuestra tranquilidad son necesarias para que nuestro cerebro y nuestro corazón trabajen con mayor dedicación en la creación de nuevos paradigmas basados en lo que sabemos que es correcto, lo que beneficie al conjunto de los pueblos, lo que contribuya al progreso de una nueva humanidad, una que sobrevivirá al desastre creado por los tiranos que se creen invencibles y dueños de un futuro insostenible.

 

Ante el absurdo resultado de las elecciones en Colombia, donde el candidato más improbable se impondría, ya fuera por fraude o por la ignorancia de un pueblo, yo llegué a experimentar náuseas y vértigo. No entendía cómo era posible que algo así hubiera sucedido en un país donde miles y miles llenábamos plazas durante los cuatro años de gobierno del Presidente Gustavo Petro, algo que nunca había pasado en la historia. Era inaceptable y no encontraba a quien culpar, sobre quien descargar mi frustración y mi rabia.

 

…Entonces me acordé de la feijoa.

 

Entendí que no lograría nada angustiándome, acusando al pueblo o tratando de entender donde había estado el error de la campaña progresista. Eso no era importante. Lo fundamental es construir a partir de allí, entender que el arbusto de feijoas puede esperar 17 años para dar su fruto. Tener paciencia, pero trabajar, ensayar, intentarlo una y otra vez, y probablemente construir formas, métodos, actitudes y armas nuevas para salir a luchar de nuevo, desconcertando a nuestros adversarios.                        

 

Hasta la próxima semana compañeros, un fuerte abrazo.

  

MAURICIO IBÁÑEZ – Desde Colombia -Biólogo

Especialista En Estudios Socio-Ambientales

 

 

PARA SABER MÁS   

 

·      La Feijoa: enlace

https://www.redalyc.org/jatsRepo/5600/560064435005/html/index.html?utm_source=copilot.com

 

 

TEMA MUSICAL DE LA SEMANA

 

Canción de las Simples Cosas (Isella-Tejada) Interprete: Katie James - Enlace

https://www.youtube.com/watch?v=oLr4fZVSU9E&feature=youtu.be

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