UNA FEIJOA
Apreciados compañeros y amigos de El Club de la Pluma,
desde Colombia los saluda, como siempre, Mauricio Ibáñez con un abrazo por la
hermandad de las naciones de américa latina.
Hace 17 años tuve la oportunidad de adquirir un
pequeño lote en las montañas, donde había una casita encantadora con un par de
habitaciones, una chimenea y una vista maravillosa del paisaje de la sabana de
Bogotá. La consideraba como una pequeña inversión para mis años de retiro,
cuando ya tuviera la oportunidad de descansar de los ajetreos cotidianos.
Con mi esposa María Teresa, mi hijo Manuel José y mi
hija María Gabriela, nos dimos a la tarea de convertirla en un espacio íntimo,
familiar y agradable donde pudiésemos disfrutar de tiempo juntos y, también,
recibir visitas de familia y amigos. Trabajamos en los espacios de la casita y
en sus jardines. En toda la tarea, que nunca acaba, nos ha acompañado un enorme
árbol de pino que es como un viejo guardián silencioso, siempre presente.
En el lote alrededor del refugio sembramos arbolitos y
flores. Queríamos tener frutas, así que sembramos unos arbustos de una planta
propia de la región, llamada Feijoa.
La feijoa (Acca sellowiana) es conocida en
Colombia como “guayabo del país”, y crece en zonas altas y frías de Colombia,
sur de Brasil y Uruguay. Su fruto es una baya ovalada de color verde, parecida
a la guayaba en su aroma y sabor.
Sembrado en la altitud correcta para su crecimiento,
en el suelo apropiado, a la temperatura ideal y en una zona con la
precipitación adecuada, el arbusto creció como se esperaba. Su tallo y hojas se
fortalecieron, su forma era hermosa y simétrica, y teníamos expectativas de
probar sus frutos.
Curiosamente, en todos estos años el arbusto creció sano y fuerte, pero no producía las feijoas que tanto esperábamos. Le cambiábamos la tierra, le aplicábamos fertilizantes, le poníamos su agua, la cuidábamos, le hablábamos… sólo nos faltó llevarle un psicólogo.
A finales de 2020, después de haber pasado parte del tiempo de aislamiento de la pandemia del Covid 19 en nuestro refugio de la montaña, decidimos que este ya no sería la finca de los paseos de los fines de semana, sino el lugar en el que queríamos pasar el resto de nuestras vidas.
A comienzos del 2021 iniciamos la construcción de
algunas adecuaciones para hacer la cabaña un poco más habitable, ampliar
algunos espacios, agregar algunos servicios y, cuidando de no perder su
carácter íntimo y familiar, crear espacios para la contemplación, el disfrute
de la independencia de los hijos ya mayores, y gozar, ahora definitivamente, de
nuestro refugio.
Ya han pasado 5 años desde que nos vinimos a vivir en
las montañas, y mientras disfrutamos del retiro y la vejez hemos visto a
nuestros hijos convertirse en profesionales maduros, responsables y honestos
que, para nuestra fortuna, tienen trabajos virtuales, viven con nosotros y
entre todos nos ayudamos como comunidad a mantener un espacio lleno de diálogo profundo
al calor de la chimenea, de una copa de vino y de buena comida.
Hace unos días sucedió un pequeño pero significativo
milagro: por primera vez en 17 años, el arbusto de feijoa produjo sus primeros
frutos. Nosotros ya habíamos perdido la esperanza y creíamos que habíamos
sembrado la especie equivocada, pero no: aparecieron las primeras flores y,
detrás de ellas, las primeras feijoas.
Algo se movió dentro de nosotros en ese momento:
estábamos genuinamente emocionados ante un evento que no parecía muy
trascendental. No sabíamos si tenía algún significado o si era notable desde el
punto de vista científico. No importaba.
Dejamos que la primera de varias feijoas creciera lo
suficiente antes de cosecharla para saborearla. Estas frutas siempre se quedan
verdes, nunca cambian de color, así que no hay manera de saber si están
suficientemente maduras hasta probarlas. Muchas veces pasa que se ven de buen
tamaño y su sabor es ácido y difícil de masticar. A veces es cuestión de
suerte.
Nuestra feijoa llegó a un tamaño que consideramos
adecuado, y la probamos. Estaba en su punto. Tenía una dulzura casi
desconcertante, maravillosa, como otras producidas por el mismo arbusto, todas
en esa semana, 17 años después de sembrado. Nos pareció un enorme privilegio
que un fruto producido en nuestra tierra encerrada todo ese sabor.
El efecto que la feijoa y su dulzura produjo en
nosotros trascendió los límites de la simple percepción. Sentimos que habíamos
llegado a nuestro destino, que habíamos alcanzado la expresión más sencilla y
profunda de la paz, que ese era el lugar al que pertenecíamos y que nada ni
nadie podría hacernos daño.
Esta pequeña fábula de la feijoa pareciera no tener
mucho significado para muchos, pero ante los sucesos desconcertantes que están
ocurriendo en el mundo, en nuestros países, en nuestra patria grande, encontrar
algo de paz interior es fundamental para poder sobrellevar una realidad que
está totalmente fuera de nuestro control y que muy probablemente, por mucho que
nos angustiemos, se va a enredar más, o a resolver sola, sin nuestra
intervención.
No se trata de perder la empatía por nuestros hermanos
torturados en Palestina, ignorar la masacre lenta de nuestra amada Cuba a manos
del tirano del norte o ser indiferentes al sufrimiento de las víctimas del
terremoto de la hermana república de Venezuela. No es que no nos preocupe la
situación difícil de nuestros hermanos ecuatorianos, bolivianos, argentinos o
chilenos. Por el contrario, es imperativo que construyamos nuestra propia paz
mental para que podamos desarrollar nuevas formas de lucha, nuevas herramientas
de resistencia. Nuestra paz mental, nuestra calma, nuestra tranquilidad son
necesarias para que nuestro cerebro y nuestro corazón trabajen con mayor
dedicación en la creación de nuevos paradigmas basados en lo que sabemos que es
correcto, lo que beneficie al conjunto de los pueblos, lo que contribuya al
progreso de una nueva humanidad, una que sobrevivirá al desastre creado por los
tiranos que se creen invencibles y dueños de un futuro insostenible.
Ante el absurdo resultado de las elecciones en
Colombia, donde el candidato más improbable se impondría, ya fuera por fraude o
por la ignorancia de un pueblo, yo llegué a experimentar náuseas y vértigo. No
entendía cómo era posible que algo así hubiera sucedido en un país donde miles
y miles llenábamos plazas durante los cuatro años de gobierno del Presidente
Gustavo Petro, algo que nunca había pasado en la historia. Era inaceptable y no
encontraba a quien culpar, sobre quien descargar mi frustración y mi rabia.
…Entonces me acordé de la feijoa.
Entendí que no lograría nada angustiándome, acusando
al pueblo o tratando de entender donde había estado el error de la campaña
progresista. Eso no era importante. Lo fundamental es construir a partir de
allí, entender que el arbusto de feijoas puede esperar 17 años para dar su
fruto. Tener paciencia, pero trabajar, ensayar, intentarlo una y otra vez, y
probablemente construir formas, métodos, actitudes y armas nuevas para salir a
luchar de nuevo, desconcertando a nuestros adversarios.
Hasta la próxima semana compañeros, un fuerte abrazo.
MAURICIO IBÁÑEZ – Desde Colombia -Biólogo
Especialista
En Estudios Socio-Ambientales
PARA SABER MÁS
· La Feijoa: enlace
https://www.redalyc.org/jatsRepo/5600/560064435005/html/index.html?utm_source=copilot.com
TEMA MUSICAL DE LA SEMANA
Canción de las Simples Cosas (Isella-Tejada)
Interprete: Katie James - Enlace
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