CIERRE EDITORIAL
PROGRAMA EL CLUB DE LA PLUMA 11-10-2026
ESTAR O NO ESTAR ES LA CUESTIÓN
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Así vamos llegando al final de otra emisión
más de El Club de la Pluma, nuestra trinchera comunicacional de integración y
resistencia que transmitimos por nuestra radio web y la red de radios
compañeras y amigas que lo hacen en directo, en diferido a quienes agradecemos
nuevamente a la distancia con un abrazo enorme, la posibilidad de poner las
voces de La Patria Grande y fuera de ella en otras regiones.
Gaby, para la despedida.
Quiero compartir una nota titulada estar o
no estar de Raquel Robles publicada en Página 12, “Estar o no estar, esa es la cuestión”
Desde un punto de vista esencialista, se es
esto o aquello, más allá del contexto o de las decisiones que tomemos. Hamlet,
frente a la demanda de su padre devenido fantasma, se ofusca y se dice,
palabras más, palabras menos, como Felipe de Mafalda, “¡justo a mí me tocó ser
yo!”. Porque, ante la presencia ominosa de un espectro que dice ser su padre y
no poder descansar en paz, promete algo brutal: vaciarse de sí para ser la
voluntad del rey Hamlet. Entonces, claro, ser es hacer lo que el padre le
pidió, y lo contrario, es dejar de ser, es decir, morir. Sólo el temor a las
penurias desconocidas que lo esperan en la otra vida le contiene la mano que,
como dice en su famoso monólogo, podría resolver el asunto con el sencillo uso
de un estilete. No es una angustia muy original, todo el mundo está en ese
mismo brete:
“¿Quién querría llevar tan pesadas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera porque el
temor de que hay algo más allá de la muerte —esa región desconocida de cuyos
confines ningún viajero regresa— turba la voluntad y nos hace sufrir los males
que tenemos antes de lanzarnos a otros que no conocemos?”
Sin embargo, tal vez podríamos darle una
mirada distinta al asunto. To be or not to be puede traducirse como “ser o no
ser”, pero también como “estar o no estar”. Entonces, la cosa podría no “ser o
dejar de ser”, sino “estar o no estar”. Estar en un lugar o dejar el lugar
vacío, estar o no estar a la altura, poner o no poner el cuerpo, concurrir a la
cita o pegarse el faltazo. Estar presente o estar en babia. Vivir la
experiencia de la vida o quedarse en la superficie, mojándose apenas los pies.
Este tiempo sórdido, horrendo, cruel,
despiadado, invita a ausentarse. Pareciera que estar demasiado en la vida
podría hacernos desear poner al estilete a dibujar líneas rectas y trasversales
por las venas y las arterias. Si caminamos con los ojos demasiado abiertos, la
tragedia humana podría absorbernos al más oscuro inframundo. Sin embargo, lo
cierto es que el tiempo de nuestra vida es uno, es único y es finito. ¿Podemos
renunciar a estar en esta cita que quién sabe por qué nos tocó en suerte?
El príncipe Hamlet quisiera no haber ido a
los funerales de su padre, ni haber cedido a quedarse para los festejos de
casamiento de su madre con su tío. Quisiera no haber escuchado a su amigo
Horacio y no haber estado en el momento previo a la salida del sol en la
explanada del castillo para ver esa aparición que decía ser su padre y que lo
ha puesto en este brete. Pero ¿cómo se hace para no saber lo que ya se sabe?
Tal vez se pueda dilatar un poco el encuentro con la acción, pero la verdad no
es menos verdad porque se decida no hacer nada con ella.
Cuatrocientos años después de que
Shakespeare representara en el teatro El Globo el drama de Hamlet, la angustia
nos sigue acometiendo: estar o no estar. Porque esa es la cuestión. ¿Cuánto más
podemos dilatar el momento de la acción? En el palacio de Dinamarca, la
indecisión costó nueve cadáveres. Era uno nomás el que pedía el espectro. Había
que matar a Claudio y listo. Pero no, murieron nueve, incluido el vengador.
¿Cuántos muertos nos costará esta indecisión?
Claro, estar se dice fácil, pero no sé qué
podría ser más difícil. Si fuera fácil, Hamlet hubiera agarrado su espada y le
hubiera dado fin al problema. Si Hamlet hubiera sido Polonio, en un pim pam pun
se hubiera terminado el asunto. Pero Hamlet es Hamlet, un hombre que se
angustia. Como cualquiera que por estas tierras quiera estar y no sepa cómo ni
dónde. Porque, ¿dónde es la cita? ¿con quiénes? ¿a qué hora? Ya no hay
organizaciones ni partidos ni sindicatos ni movimientos que sean esa campana
llamándonos a la plaza que supieron ser. Las organizaciones no organizan, los
partidos no generan pertenencia, los sindicatos no defienden a la clase
trabajadora, los movimientos ya no mueven más que sus propios huesos sin carne.
Para peor, cuando hacemos el esfuerzo de la autoconvocatoria, hay que lidiar
con la compleja, intrincada y muchas veces pesadísima trama de esta humanidad
tan rota. Gente que no escucha, que acusa a los demás de sus propios enojos,
que pide cuentas, pero reclama conducción, gente que, de tan rota, rompe
cualquier brotecito verde que asoma por debajo de los escombros.
Ser no es tan complicado. Con no decidir
dejar de ser -morir-, alcanza. Pero estar... Eso sí que es peliagudo.
A lo mejor, sabiendo lo que sabemos,
viviendo en el mundo en el que vivimos, en el tiempo que nos toca, sería bueno
dejar de preguntarnos adónde vamos, qué se propone esta grupalidad, cuál es el
objetivo de reunirnos, y dedicarnos a estar. Estar aunque duela. Aunque
fastidie. Estar hasta las últimas consecuencias. No mezquinar nuestro cuerpo a
la demanda de nuestros fantasmas, esos que nos piden venganza. Porque estamos
asistiendo a una chanchada total, a un casamiento incestuoso entre los que
tienen el capital y los que quieren que les tiren un hueso. Claudio debe morir
y sería lindo no esperar hasta que nuestra casa se llene de cadáveres.
Entonces, todo lo contrario de lo que dijo
Hamlet:
Que la conciencia no nos vuelva a todos
cobardes, y que los primitivos matices de la resolución no se debiliten con los
pálidos visos del pensamiento; y que las empresas de mayor importancia, por
esta consideración, no desvíen su curso y pierdan el nombre de acción.
Estar o no estar: esa es la cuestión.
Porque si seguimos faltando a la cita, esta tragedia va a terminar con todos
muertos y sin ningún Horacio que cuente la historia ni ningún príncipe de
Fortinbrás que venga a organizar nuestros funerales.
Además, en definitiva, si vamos a vivir,
mejor estar vivas, ¿no?
Seguramente que es mejor estar vivos, pero
para demostrar que estemos vivos o que estamos vivos, es actuar, es accionar,
es convocar, es sumar, es congregar y articular acciones que nos permitan
primero dar cuenta de que realmente estamos vivos y presentes y que no
permitimos que decisiones autoritarias, misóginas, egoístas, prepotentes,
genocidas, pretendan hacer de cuenta que no existimos, y después hacer de
nuestra acción una reacción que le ponga freno y derribe la irracionalidad para
recuperar la conciencia y nuestro país, nuestra historia, nuestra identidad,
nuestra soberanía y nuestro derecho a la existencia.
¡¡¡Fuerte Abrazo Revolucionario, Hasta La
Victoria Siempre!!!
Esto fue El Club de la Pluma.
NORBERTO GANCI –Dirección/Producción/Conducción
Prof. GABRIELA FERNÁNDEZ –Asistencia Técnica/Coconducción
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