EL
ÁNIMO DEL TRABAJADOR
En
medio siglo hemos pasado de la esperanza colectiva al malestar individual. Los
años setenta fueron de afectos
politizados y cuerpos en movimiento. En los años setenta, la afectividad estaba
atravesada por la política. Las organizaciones populares trabajaban con la
idea-fuerza de la concientización: la educación y la militancia implicaban
cuerpos y emociones comprometidos en la transformación social.
El
amor, la amistad, la solidaridad, el miedo: todo tenía una dimensión colectiva.
Incluso el sufrimiento estaba compartido.
En
la actualidad: individualismo, angustia y redes de indignación. Y entre los '70
y la actualidad, los '90: esta década es la gran fractura que separa los
setenta de la actualidad. No es un puente: es una ruptura.
El
trabajo pasa de la estabilidad a la precariedad. La Ley de Convertibilidad (1991) fijó el peso
igual al dólar, frenó la inflación hiperinflacionaria, pero a costa de un
ajuste profundo.
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Se privatizaron empresas estatales masivamente: YPF, ferrocarriles, energía
eléctrica, agua, aerolíneas, entre otras.
Hoy,
la investigación sobre malestar psicológico en Argentina (2010-2024) muestra
una evolución histórica creciente de síntomas ansiosos y depresivos en
población adulta urbana. El malestar ya
no es político: es CLÍNICO. La gente no va al sindicato; va al psicólogo. No se
organiza; se medica.
Las
redes sociales, lejos de ser espacios de deliberación, funcionan como
"redes de indignación" (al decir de Byung-Chul Han) que amplifican la
angustia sin construir alternativas. El estado de ánimo de quienes viven de su
trabajo en Argentina pasó de estar anclado en una esperanza histórica colectiva
a estar determinado por una precariedad estructural individual. En los años
setenta, el trabajo proyectaba futuro porque estaba inserto en un modelo de
acumulación que distribuía renta, una educación que formaba ciudadanos y una
política que disputaba el sentido de la nación. Hoy, el trabajo sobrevive en un
modelo que concentra renta, una educación que selecciona individuos y una
política que gestiona el miedo. El resultado es un malestar que ya no se nombra
políticamente: se vive clínicamente.
El
recorrido comparativo entre los años setenta y la actualidad en Argentina no
describe una excepción nacional, sino una variante particular de una
transformación global: la pérdida del trabajo como ancla de futuro. En los años
setenta, quien vivía de su salario en Argentina podía proyectar porque el
trabajo estaba inserto en un modelo de acumulación que, con todos sus límites y
violencias, distribuía renta, y porque ese modelo aún creía en la política como
artífice del destino colectivo. Hoy, esa capacidad de proyección no se ha
perdido solo por decisiones internas —aunque el ajuste de los noventa, la
crisis de 2001 y la precarización posterior hayan sido terriblemente
específicas—, sino porque el marco internacional ha reconfigurado las
condiciones de posibilidad de cualquier política nacional.
La
globalización financiera, la fragmentación de la economía mundial en gigantescos
bloques competidores, la carrera tecnológica y la primacía de los mercados
sobre los parlamentos han creado un escenario donde los Estados parecen
administrar lo inevitable más que decidir lo deseable. Como señalamos en la
columna anterior, la "nueva normalidad" global es de incertidumbre
comercial permanente, violencia política normalizada y competencia tecnológica
que reduce la política a una gestión de variables que escapan al control
democrático. En ese contexto, proponer una "salida" diferente suena a
ruido (así lo dijimos antes) no porque no existan alternativas, sino porque la
escala de las decisiones relevantes —los tipos de cambio, las deudas soberanas,
los flujos de capital, los algoritmos que reorganizan el trabajo— parece
inhabilitar la escala de la respuesta política tradicional.
Argentina
sintetiza con crudeza esta tensión global. La convertibilidad de los noventa
fue, en parte, una apuesta por alinearse con un orden internacional que
prometía estabilidad a cambio de apertura y ajuste; el derrumbe de 2001 mostró
los límites MORTALES de esa apuesta. La recuperación kirchnerista entre 2003 y
2015 se sostuvo, en buena medida, por un contexto internacional de precios
altos de commodities que permitió recomponer salarios sin tocar la estructura
productiva; cuando ese contexto cambió, la fragilidad quedó expuesta. Y la
actualidad, con una inflación crónica, una informalidad del 40% y un 75% de la
población sintiéndose igual o peor que hace un año, muestra a las claras que el
trabajo ya no proyecta futuro porque EL FUTURO MISMO HA DEJADO DE SER UN
HORIZONTE COMPARTIDO.
Pero
hay algo aún más profundo. El estado de ánimo que atraviesa a quienes viven de
su trabajo hoy no es solo angustia económica: es una forma de despolitización
vivida como sentido común. Manuel Castells señalaba que la crisis contemporánea
se alimenta de la ruptura entre gobernantes y gobernados; en Argentina, esa
ruptura se expresa en una desafección que no distingue bandos. La grieta
política, lejos de ser un signo de vitalidad democrática, es la forma que
adopta la política cuando ya no disputa proyectos de país sino identidades
tribales. Y cuando la política se reduce a eso, el trabajo deja de ser un campo
de derechos para convertirse en un campo de supervivencia individual.
La
comparación internacional sugiere que este fenómeno no es argentino, aunque en
Argentina alcance tintes dramáticos. En las democracias avanzadas, el ascenso
de la extrema derecha, la desconfianza en los partidos tradicionales y la
medicalización del malestar social (la ansiedad y la depresión como formas
legítimas de expresar un sufrimiento político que ya no tiene canal) son
manifestaciones de la misma mutación: la política dejó de ser el espacio donde
se imagina el futuro, y el trabajo dejó de ser el lugar donde se construye.
La
brevísima primavera de las asambleas populares en 2001-2002 fue, quizás, el
último gran intento argentino de recuperar la política como práctica colectiva
de esperanza. Su agotamiento no fue solo local: coincidió con el cierre de un
ciclo global —el de los movimientos antiglobalización— que también terminó en
desencanto. Desde entonces, la sensación de bloqueo que hoy atraviesa a quienes
viven de su trabajo en Argentina es, en última instancia, la sensación de que
las decisiones que importan se toman en otra parte: en los mercados
financieros, en los algoritmos, en las guerras comerciales de potencias
lejanas.
Sin
embargo, reconocer esto no es rendirse. Es, antes bien, el punto de partida
para una pregunta que este trabajo no puede responder, pero sí plantear: si el
estado de ánimo de una sociedad está determinado por la capacidad de imaginar
un futuro colectivo, entonces recuperar la política no significa volver a los
setenta, sino aprender a pensar la escala adecuada de la intervención humana en
un mundo que parece haberse vuelto ingobernable. La tarea no es menor: implica
desnaturalizar lo que hoy parece inevitable, reconstruir lo común desde lo
concreto, y aceptar que la paciencia estratégica puede ser la única forma de
política que le reste sentido al ruido.
El estado de ánimo de quienes viven de su trabajo en Argentina ha pasado de la esperanza histórica a la angustia individual, con una breve —y quizás irrepetible— pausa de esperanza colectiva en el medio. Que esa trayectoria no sea irreversible depende, en última instancia, de que la política recupere la capacidad de nombrar lo que está en juego: no solo quién administra mejor la crisis, sino qué tipo de vida es digna de ser vivida, y quién decide. No hemos hablado de las causas de ese tránsito de la esperanza a la angustia: se necesita más que explicarse todo con la caída del "socialismo real". Se trata de pensar y elaborar, ahora sí, juntos y sin tabiques partidistas.
Desde Rosario- MILITANTE SOCIAL




















