PENSANDO
EN CAMBIAR (1)
Hoy
comenzamos un trabajo de largo aliento, por lo que aquí encontrarán sólo el
comienzo de un desarrollo que creemos durará dos o tres programas. Nos
decidimos por intentar pensar de nuevo viejos problemas, tan viejos como el
capitalismo o como las divisiones FALSAS entre quienes somos trabajadores. En
el inicio, daremos por probadas dos cuestiones: la cuestión de la explotación
laboral y la concentración del capital: son fácilmente comprobables examinando
cifras y estadísticas.
La
explotación laboral —entendida como la apropiación de la plusvalía por parte
del capital— no es un fenómeno meramente económico, sino un sistema de
relaciones sociales que se reproduce a través de instituciones, culturas y
estructuras de poder. Marx la definió como la diferencia entre el valor que el
trabajador produce y el valor que recibe como salario (es el robo primitivo o
primordial) pero el fenómeno incluye y trasciende la fábrica del siglo XIX: hoy
se manifiesta en la precariedad laboral, en la subcontratación global, en la
destrucción ambiental externalizada, y en la financiarización que convierte la
deuda en un mecanismo de extracción de riqueza. Sin dejar de señalar que la
fábrica hoy sigue tan fábrica y la explotacion tan explotación como desde entonces.
La
tendencia a la concentración del capital —lo que Marx llamó la "ley de la
centralización capitalista"— no es un accidente histórico, sino una
dinámica endógena del sistema. Cuando el capital genera plusvalía, una parte se
reinvierte, ampliando la escala de producción; la competencia entre
capitalistas favorece a los más grandes, que absorben a los más pequeños; y el
crédito y la especulación aceleran esta concentración. El resultado es una
polarización estructural: riqueza creciente para una minoría y empobrecimiento
relativo y también absoluto para una creciente mayoría. Con sólo un dato puede
uno vislumbrar las bondades del capitalismo: 1500 millones eran la población
mundial en vida de Marx. HOY lo que dan en llamar "inseguridad alimentaria",
más conocida como HAMBRE, afecta y amenaza a más de 2000 millones, un 25 % de
la población actual (cifras de FAO, la Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura). Ya lo señaló
nuestro amado CHE: "El capitalismo es el genocida más
respetado del mundo."
Entonces,
plantear una "solución" a este problema exige, en primer lugar,
evitar dos trampas intelectuales: la utopía instantánea que cree posible abolir
el capital de un día para otro sin considerar las condiciones materiales, y el
reformismo acrítico que piensa que pequeños ajustes pueden domesticar una
lógica de acumulación que se alimenta precisamente de la desigualdad. Ya todos
la conocen: la idea ingenua de un capitalismo "bueno". La respuesta,
insisto, no puede ser un esquema cerrado, sino un conjunto de estrategias
interconectadas que operen a diferentes escalas y temporalidades, y para ello
necesitamos UNIR EL MUNDO DEL TRABAJO.
I.
La reconfiguración del trabajo
#1.1.
La democratización de los medios de producción
El
núcleo duro del problema es la separación entre quienes trabajan y quienes
poseen los medios para hacerlo. Una solución estructural requiere, por tanto,
transformar esta relación. No se trata de una simple nacionalización estatal
—que puede replicar la lógica burocrática de explotación—, sino de formas de
propiedad social y gestión democrática.
Las
cooperativas de trabajadores, lejos de ser una curiosidad marginal, representan
un modelo viable. Por ejemplo: en Mondragón (España), la red cooperativa emplea
a decenas de miles de personas con salarios diferenciados moderados, democracia
interna y reinversión comunitaria. Sin embargo, las cooperativas enfrentan una
tensión: compiten en mercados capitalistas, lo que las presiona a reproducir
lógicas de explotación o a quedar marginadas. La solución no es abandonarlas,
sino articularlas en ecosistemas protegidos: redes de cooperativas que se
abastezcan mutuamente, fondos de financiamiento alternativos, y marcos legales
que privilegien la economía social frente a la corporativa.
Más
allá de las cooperativas, la propiedad de los medios de producción puede
diversificarse. Los fondos de inversión soberanos, los trusts comunitarios, las
plataformas de propiedad colectiva (como los proyectos de software libre o las
redes de energía renovable comunitaria) son experimentos que apuntan a
desplazar la propiedad privada absoluta. La clave no es la forma jurídica en
sí, sino quién controla las decisiones estratégicas y cómo se distribuye el
excedente. Sí, sí, no es lo que esperaban escuchar, pero permítannos continuar,
esperamos que el desarrollo aclare algunos puntos después.
#
1.2. La reducción de la jornada y la redistribución del tiempo
Una
de las aparentes paradojas del capitalismo contemporáneo es la coexistencia del
desempleo masivo con la sobrecarga laboral. La tecnología ha aumentado la
productividad exponencialmente, pero en lugar de liberar tiempo, ha
intensificado la explotación. La solución pasa por una reducción drástica y
generalizada de la jornada laboral —hacia las 20 o incluso 15 horas semanales—
sin reducción proporcional de salarios.
Esto
no es un capricho ético, sino una medida económicamente racional. Keynes ya
predijo en 1930 que para 2030 trabajaríamos 15 horas semanales gracias al
progreso técnico. El hecho de que no haya ocurrido no es una ley natural, sino
una elección política: el sistema prefiere mantener el desempleo como
disciplina laboral y concentrar las ganancias de la productividad en beneficios
empresariales. Una reducción de jornada redistribuiría el trabajo disponible,
eliminaría el desempleo estructural, y liberaría tiempo para la reproducción
social, el cuidado, la política y la creatividad.
Esta
medida debe ir acompañada de una redefinición del trabajo remunerado. El
cuidado de personas, la educación comunitaria, la regeneración ecológica
—actividades actualmente invisibilizadas y feminizadas— deben ser reconocidas
como trabajo socialmente necesario y remuneradas dignamente.
#
1.3. La renta básica universal como desanclaje
La
renta básica universal (RBU) —un ingreso incondicional para toda persona— es
una propuesta controvertida pero potente. Sus críticos de izquierda temen que
desmovilice la lucha obrera y funcione como subsidio al capital (al permitir
salarios más bajos). Sin embargo, bien diseñada, la RBU puede ser una
herramienta de emancipación.
El
truco está en el financiamiento y en el nivel. Si la RBU se financia mediante
impuestos progresivos al capital y al patrimonio, y si su monto es suficiente
para garantizar una existencia digna sin trabajar, entonces transforma la
relación de poder entre capital y trabajo. El trabajador deja de depender
absolutamente del empleo para sobrevivir; puede negarse a condiciones abusivas,
puede invertir tiempo en formación, en organización política, o en proyectos
cooperativos. La RBU no reemplaza la lucha por el control de los medios de
producción, pero desplaza el punto de partida: de la supervivencia forzada a la
libertad real. Y dejamos por ahora acá, sin concluir porque es necesario
todavía desarrollar cómo carajo podría hacerse esto y más. Los esperamos en la
siguiente.
Desde Rosario- Militante Social


