¿RACISTA
YO?
Desde Buenos Aires, saludo a los oyentes de El Club de la Pluma
Después de casi un mes de intensas emociones futboleras, de haber
disfrutado de una Selección que la mayoría respetamos, queremos y apoyamos, el
Mundial parecía terminado. Pero no fue así. Dando tal vez la razón al viejo
Aristóteles cuando dijo que “todo es política”, y desafiando los intentos de
encorsetar al fútbol en el plano meramente deportivo, otro “mundial” empezó a
jugarse, donde los argentinos también somos protagonistas.
En distintas publicaciones, tanto de redes como de prensa, en diversos
programas televisivos y en espacios más institucionalizados nuestra sociedad es
acusada de racista y violenta, y hasta de simpatizar con el régimen nazi. La
reacción interna fue casi unánime: es una campaña “antiargentina” que,
respondiendo a distintos intereses, desprestigia a nuestro país con agravios e
insultos sin correlato en la realidad. Pero la indignación y los argumentos
utilizados para la refutación dan cuenta de hasta qué punto la Historia que nos
contaron y que nos gusta creer se separa del pasado, de aquel pasado olvidado y
enmudecido por el discurso hegemónico. Divorcio peligroso que nos aleja del
necesario aprendizaje social y nos pone en el camino de cumplir la sentencia
que han hecho suya diversos autores: “Los pueblos que olvidan su Historia están
condenados a repetirla”.
Si me hago eco de la indignación general, parece que no fue acá donde
Esteban Echeverría escribió La Cautiva, donde caracterizó a las tribus de la
pampa como “chusma”, “turba salvaje”, “abominables fieras” y “bárbaros impíos”;
y El Matadero, donde los federales son simplemente animales. O que no es
argentino Sarmiento, que justificó la conquista española (esa “obra de la
Providencia, útil, sublime y grande”) y el exterminio de pueblos originarios (“excrecencia
humana”), gracias a la cual “la América está ocupada hoy por la raza caucásica,
la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las
que pueblan la tierra”. Que también justificó el holocausto del pueblo guaraní
en la Guerra del Paraguay porque era preciso “purgar la tierra de esa raza
perdida, de cuyo contagio hay que librarse”. El que llamó “piltrafas políticas”
a La Rioja, Santiago del Estero y San Luis. Desprecio sobre el que cabalgó Prat
Gay, también argentino, cuando en 2015 le escuchamos decir con asco, que en
cualquier momento un presidente santiagueño se podría quedar con todo el poder.
Pero el problema no estriba en lo que un
individuo pudo decir o escribir aisladamente. El problema está en el
reconocimiento social que ese individuo tiene porque implica la aceptación
tácita de su postura. Echeverría es el autor romántico más leído en Argentina;
Domingo Faustino Sarmiento (con una “honra sin par”) sigue siendo el “padre del
aula”; y Prat Gay, ministro mediático de Macri, un referente a consultar.
Argentina está plagada, desde fines del SXIX, de historietas de humor gráfico
con contenido racista. Orestes Aquarone y Arístides Rechain en Caras y Caretas
y La Novela Semanal; Guillermo Divito y Juan Carlos Colombres (Landrú) en Rico
Tipo, Tía Vicenta y Satiricón; todos ellos jugaron un importante papel en la
construcción de estereotipos negativos de inmigrantes, gauchos,
afrodescendientes y pueblos originarios, que fueron víctimas de burla y
estigmatización. Junto con la Ley 1420 de Educación, el humor gráfico fue uno de
los más potentes instrumentos a través de los cuales la Generación del 80 trató
de plasmar su ideal de un país blanco y homogéneo. Y si de fútbol y racismo
hablamos, vale recordar que en 1920 la selección de Brasil vino a nuestro país.
El diario Crítica, dirigido por Natalio Botana, con una ilustración donde
podían verse monos vistiendo la camiseta de Brasil, publicó: “Monos en Buenos
Aires. Un saludo a los ilustres huéspedes”. “Ya están los macaquitos en
Argentina”. “Si alguna gente nos resulta cómica son los brasileños. Son
elementos de color que visten como nosotros y pretenden confundirse con la raza
americana, gloriosa por su pasado y grande por tradiciones”. No hubo repudio,
ni social, ni oficial ni periodístico. Y es este estruendoso silencio social
tejido a lo largo de nuestra Historia el que permitió, hace unos días, a la
vicegobernadora de Mendoza decir lo que dijo sobre la selección francesa. Como
en 1920, el gobierno calló y la sociedad, en silencio, validó. Como lo hicieron
cuando la Liga Patriótica, en la presidencia de Yrigoyen, asesinaba
trabajadores o incendiaba sinagogas en sus razias por el barrio de Once.
Ya desde la formación del Estado Nacional, los modos que asume la política
muestran los inicios de un camino de intolerancia y violencia que se irá
profundizando con el paso del tiempo. Los partidos mayoritarios siempre se
concibieron como la expresión misma de la Nación y esto ha sido una pieza clave
de su identidad partidaria. Este planteo obstaculizó la libertad y el
pluralismo propios de las democracias ya que la Nación sólo puede estar
representada en un movimiento político y el resto queda excluido. Por otra
parte, no se concibe que la Nación pierda elecciones, lo que habilita la
recurrencia a la fuerza para recuperar el poder y la persecución de opositores,
que han dejado de ser rivales para convertirse en enemigos. De esto dan cuenta
los sucesivos golpes de Estado del SXX, justificados en sus proclamas por la
necesidad de “salvar la Nación”, “eliminar los gérmenes destructivos” y
“proteger a los ciudadanos de bien”, es decir, a los “verdaderos argentinos”.
Michel Foucault nos advertía que el racismo ejercido desde el Estado es la
condición que justifica el derecho a matar. Y con esto no se refería sólo al
homicidio sino también al ejercicio de la muerte indirecta, a exponer a la
muerte, a multiplicar para algunos el riesgo a morir, a la muerte política y a
la expulsión. En Argentina, 1955 marcó la convergencia de dos procesos con
profundas raíces en nuestra Historia. Por un lado, el cambio de la
estigmatización racial por otra de corte político y clasista, ligada no ya a
una definición exclusiva de raza sino a una categoría conceptual. El “cabecita
negra” se convirtió simplemente en “negro”, o en el más potente “negro de
mierda” con el que las clases acomodadas gustan referirse a los sectores
populares y a todos los que asumen su representación. Por otro, la apropiación
por parte del Estado de esa estigmatización, que lo convirtió en un Estado
Racista. Un Estado que ejerció la violencia, tanto material como simbólica, a
través de la muerte masiva, la detención de miles de personas, la tortura, los
fusilamientos ilegales y la utilización extendida de un lenguaje
segregacionista dirigido a los sectores populares (especialmente al peronismo),
presentados como un germen que enfermaba al cuerpo social y debía ser
extirpado. Lo hizo en el 55, en el 76 y lo hace ahora, cuando ya no necesita
del Golpe de Estado porque tiene tras de sí una sociedad que lo valida en las
urnas.
Porque existe una responsabilidad social en la consolidación de esta matriz
racista que, desde mediados del SXX, atraviesa institucionalmente al Estado
Argentino. Su antiperonismo, de raíz clasista, la hizo adherir a todos y a cada
uno de los términos del Libro Negro de la Segunda Tiranía, publicado por los
golpistas en 1958. Su contenido es repetido una y otra vez por amplios sectores
sociales, indiferentes al hecho de que las acusaciones al partido derrocado
provenían de un gobierno de facto que había violado la legalidad
constitucional, que había recurrido a la violencia y al homicidio para imponer
su proyecto político y que eran sus acciones las que debían ser analizadas en
los exactos términos que utilizaba para los que consideraba sus enemigos. Una
sociedad que adhirió masivamente a la consigna “Los argentinos somos derechos y
humanos” cuando, desde afuera, se denunció lo que efectivamente estaba
ocurriendo bajo una dictadura genocida. Una sociedad desquiciada y enferma que
hoy se defiende aferrándose al tan viejo como falso slogan “Argentina, crisol
de razas” mientras aplaude la exclusión de extranjeros de los sistemas de salud
y educación. Que no le gusta que la tilden de Nazi pero vota un gobierno que se
define como el más sionista de la Historia, aliado incondicional de un Israel
genocida y de un no menos asesino Trump. Que se enorgullece afirmando que
“recuperamos la democracia” en 1983 sin ver incoherencia alguna con apoyar la
detención ilegal de Cristina Kirchner sólo por ver su muerte política y su
proscripción. Que se emociona cantando “O juremos con gloria morir” pero no se
le mueve un pelo frente a la venta de tierras a extranjeros y al remate de la soberanía.
Que avala un discurso presidencial violento contra los “kukas” y “los zurdos de
mierda” porque, en el fondo, también los considera escorias que merecen ser
perseguidos y eliminados. Que se ha deshumanizado a tal punto que ya no la
conmueve que jubilados, discapacitados y sectores vulnerables sean expuestos a
la muerte por un Estado que nada tiene que envidiar, en sus prácticas, al
nazismo; por un gobierno que, aunque a muchos nos avergüence, fue votado por la
mayoría.
Hay una legítima indignación cuando nos llaman racistas, xenófobos y
violentos aquellos que cargan sobre sus espaldas la tragedia de Lampedusa y la
muerte de miles de africanos en aguas del Mediterráneo; los que ampararon a
jerarcas del nazismo y miraron para otro lado cuando Alemania reformó, en 1968,
su Código Penal; o los que dejaron impunes los crímenes del Franquismo; los que
derrocan gobiernos bombardeando a civiles o se niegan a reconocer el genocidio
palestino. Pero eso no hace menos cierta la acusación. Porque la Historia
Argentina la valida, y si no nos hacemos cargo de nuestro pasado estaremos por
siempre condenados a repetirlo.
Desde Buenos Aires, les mando un gran abrazo a los oyentes de El Club de la
Pluma.
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia - Posgrado
en Ciencias sociales por FLACSO

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