RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

viernes, 31 de julio de 2026

¿RACISTA YO? - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

 

¿RACISTA YO?


 

Desde Buenos Aires, saludo a los oyentes de El Club de la Pluma

Después de casi un mes de intensas emociones futboleras, de haber disfrutado de una Selección que la mayoría respetamos, queremos y apoyamos, el Mundial parecía terminado. Pero no fue así. Dando tal vez la razón al viejo Aristóteles cuando dijo que “todo es política”, y desafiando los intentos de encorsetar al fútbol en el plano meramente deportivo, otro “mundial” empezó a jugarse, donde los argentinos también somos protagonistas.

En distintas publicaciones, tanto de redes como de prensa, en diversos programas televisivos y en espacios más institucionalizados nuestra sociedad es acusada de racista y violenta, y hasta de simpatizar con el régimen nazi. La reacción interna fue casi unánime: es una campaña “antiargentina” que, respondiendo a distintos intereses, desprestigia a nuestro país con agravios e insultos sin correlato en la realidad. Pero la indignación y los argumentos utilizados para la refutación dan cuenta de hasta qué punto la Historia que nos contaron y que nos gusta creer se separa del pasado, de aquel pasado olvidado y enmudecido por el discurso hegemónico. Divorcio peligroso que nos aleja del necesario aprendizaje social y nos pone en el camino de cumplir la sentencia que han hecho suya diversos autores: “Los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla”.

Si me hago eco de la indignación general, parece que no fue acá donde Esteban Echeverría escribió La Cautiva, donde caracterizó a las tribus de la pampa como “chusma”, “turba salvaje”, “abominables fieras” y “bárbaros impíos”; y El Matadero, donde los federales son simplemente animales. O que no es argentino Sarmiento, que justificó la conquista española (esa “obra de la Providencia, útil, sublime y grande”) y el exterminio de pueblos originarios (“excrecencia humana”), gracias a la cual “la América está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra”. Que también justificó el holocausto del pueblo guaraní en la Guerra del Paraguay porque era preciso “purgar la tierra de esa raza perdida, de cuyo contagio hay que librarse”. El que llamó “piltrafas políticas” a La Rioja, Santiago del Estero y San Luis. Desprecio sobre el que cabalgó Prat Gay, también argentino, cuando en 2015 le escuchamos decir con asco, que en cualquier momento un presidente santiagueño se podría quedar con todo el poder.  Pero el problema no estriba en lo que un individuo pudo decir o escribir aisladamente. El problema está en el reconocimiento social que ese individuo tiene porque implica la aceptación tácita de su postura. Echeverría es el autor romántico más leído en Argentina; Domingo Faustino Sarmiento (con una “honra sin par”) sigue siendo el “padre del aula”; y Prat Gay, ministro mediático de Macri, un referente a consultar.

Argentina está plagada, desde fines del SXIX, de historietas de humor gráfico con contenido racista. Orestes Aquarone y Arístides Rechain en Caras y Caretas y La Novela Semanal; Guillermo Divito y Juan Carlos Colombres (Landrú) en Rico Tipo, Tía Vicenta y Satiricón; todos ellos jugaron un importante papel en la construcción de estereotipos negativos de inmigrantes, gauchos, afrodescendientes y pueblos originarios, que fueron víctimas de burla y estigmatización. Junto con la Ley 1420 de Educación, el humor gráfico fue uno de los más potentes instrumentos a través de los cuales la Generación del 80 trató de plasmar su ideal de un país blanco y homogéneo. Y si de fútbol y racismo hablamos, vale recordar que en 1920 la selección de Brasil vino a nuestro país. El diario Crítica, dirigido por Natalio Botana, con una ilustración donde podían verse monos vistiendo la camiseta de Brasil, publicó: “Monos en Buenos Aires. Un saludo a los ilustres huéspedes”. “Ya están los macaquitos en Argentina”. “Si alguna gente nos resulta cómica son los brasileños. Son elementos de color que visten como nosotros y pretenden confundirse con la raza americana, gloriosa por su pasado y grande por tradiciones”. No hubo repudio, ni social, ni oficial ni periodístico. Y es este estruendoso silencio social tejido a lo largo de nuestra Historia el que permitió, hace unos días, a la vicegobernadora de Mendoza decir lo que dijo sobre la selección francesa. Como en 1920, el gobierno calló y la sociedad, en silencio, validó. Como lo hicieron cuando la Liga Patriótica, en la presidencia de Yrigoyen, asesinaba trabajadores o incendiaba sinagogas en sus razias por el barrio de Once.

Ya desde la formación del Estado Nacional, los modos que asume la política muestran los inicios de un camino de intolerancia y violencia que se irá profundizando con el paso del tiempo. Los partidos mayoritarios siempre se concibieron como la expresión misma de la Nación y esto ha sido una pieza clave de su identidad partidaria. Este planteo obstaculizó la libertad y el pluralismo propios de las democracias ya que la Nación sólo puede estar representada en un movimiento político y el resto queda excluido. Por otra parte, no se concibe que la Nación pierda elecciones, lo que habilita la recurrencia a la fuerza para recuperar el poder y la persecución de opositores, que han dejado de ser rivales para convertirse en enemigos. De esto dan cuenta los sucesivos golpes de Estado del SXX, justificados en sus proclamas por la necesidad de “salvar la Nación”, “eliminar los gérmenes destructivos” y “proteger a los ciudadanos de bien”, es decir, a los “verdaderos argentinos”.

Michel Foucault nos advertía que el racismo ejercido desde el Estado es la condición que justifica el derecho a matar. Y con esto no se refería sólo al homicidio sino también al ejercicio de la muerte indirecta, a exponer a la muerte, a multiplicar para algunos el riesgo a morir, a la muerte política y a la expulsión. En Argentina, 1955 marcó la convergencia de dos procesos con profundas raíces en nuestra Historia. Por un lado, el cambio de la estigmatización racial por otra de corte político y clasista, ligada no ya a una definición exclusiva de raza sino a una categoría conceptual. El “cabecita negra” se convirtió simplemente en “negro”, o en el más potente “negro de mierda” con el que las clases acomodadas gustan referirse a los sectores populares y a todos los que asumen su representación. Por otro, la apropiación por parte del Estado de esa estigmatización, que lo convirtió en un Estado Racista. Un Estado que ejerció la violencia, tanto material como simbólica, a través de la muerte masiva, la detención de miles de personas, la tortura, los fusilamientos ilegales y la utilización extendida de un lenguaje segregacionista dirigido a los sectores populares (especialmente al peronismo), presentados como un germen que enfermaba al cuerpo social y debía ser extirpado. Lo hizo en el 55, en el 76 y lo hace ahora, cuando ya no necesita del Golpe de Estado porque tiene tras de sí una sociedad que lo valida en las urnas.

Porque existe una responsabilidad social en la consolidación de esta matriz racista que, desde mediados del SXX, atraviesa institucionalmente al Estado Argentino. Su antiperonismo, de raíz clasista, la hizo adherir a todos y a cada uno de los términos del Libro Negro de la Segunda Tiranía, publicado por los golpistas en 1958. Su contenido es repetido una y otra vez por amplios sectores sociales, indiferentes al hecho de que las acusaciones al partido derrocado provenían de un gobierno de facto que había violado la legalidad constitucional, que había recurrido a la violencia y al homicidio para imponer su proyecto político y que eran sus acciones las que debían ser analizadas en los exactos términos que utilizaba para los que consideraba sus enemigos. Una sociedad que adhirió masivamente a la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos” cuando, desde afuera, se denunció lo que efectivamente estaba ocurriendo bajo una dictadura genocida. Una sociedad desquiciada y enferma que hoy se defiende aferrándose al tan viejo como falso slogan “Argentina, crisol de razas” mientras aplaude la exclusión de extranjeros de los sistemas de salud y educación. Que no le gusta que la tilden de Nazi pero vota un gobierno que se define como el más sionista de la Historia, aliado incondicional de un Israel genocida y de un no menos asesino Trump. Que se enorgullece afirmando que “recuperamos la democracia” en 1983 sin ver incoherencia alguna con apoyar la detención ilegal de Cristina Kirchner sólo por ver su muerte política y su proscripción. Que se emociona cantando “O juremos con gloria morir” pero no se le mueve un pelo frente a la venta de tierras a extranjeros y al remate de la soberanía. Que avala un discurso presidencial violento contra los “kukas” y “los zurdos de mierda” porque, en el fondo, también los considera escorias que merecen ser perseguidos y eliminados. Que se ha deshumanizado a tal punto que ya no la conmueve que jubilados, discapacitados y sectores vulnerables sean expuestos a la muerte por un Estado que nada tiene que envidiar, en sus prácticas, al nazismo; por un gobierno que, aunque a muchos nos avergüence, fue votado por la mayoría.

Hay una legítima indignación cuando nos llaman racistas, xenófobos y violentos aquellos que cargan sobre sus espaldas la tragedia de Lampedusa y la muerte de miles de africanos en aguas del Mediterráneo; los que ampararon a jerarcas del nazismo y miraron para otro lado cuando Alemania reformó, en 1968, su Código Penal; o los que dejaron impunes los crímenes del Franquismo; los que derrocan gobiernos bombardeando a civiles o se niegan a reconocer el genocidio palestino. Pero eso no hace menos cierta la acusación. Porque la Historia Argentina la valida, y si no nos hacemos cargo de nuestro pasado estaremos por siempre condenados a repetirlo.

Desde Buenos Aires, les mando un gran abrazo a los oyentes de El Club de la Pluma.

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

 

 

 

 

 

   

 

 

 

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