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domingo, 30 de agosto de 2026

SAN MARTÍN Y EL DISCURSO DESQUICIADO DE MILEI - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

SAN MARTÍN Y EL DISCURSO DESQUICIADO DE MILEI

 


Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma

Es difícil establecer cuándo el presidente Milei habla convencido de lo que dice o, simplemente, finge demencia. Eso pasó cuando, el 17 de agosto último y al cumplirse los 176 años del fallecimiento de Don José de San Martín, lo escuchamos compararse con él.

En Argentina, país que ha demostrado a lo largo de su Historia la alta estima que profesa a sables, botas y uniformes, la figura de San Martín siempre estuvo ligada a su perfil militar, a sus campañas y poco o casi nada a su desempeño político, donde fue más grande aún que en su empresa libertadora. Esta amputación intencional la sufrieron todos los que, de una u otra forma, se opusieron al proyecto liberal y centralista gestado en 1810 por hacendados, comerciantes y financistas de Buenos Aires, en ese 25 de Mayo que siempre celebra la Sociedad Rural. Olvidan convenientemente que, para cruzar los Andes, San Martín debió ser antes Gobernador de Cuyo.

Había llegado al Río de la Plata en 1812, cuando gobernaba un Primer Triunvirato que, bajo la influencia de Bernardino Rivadavia, se mostraba más preocupado por mantener el libre comercio que por declarar la independencia; por concentrar el poder, que por compartirlo con las provincias. San Martín, rápidamente se vincula con grupos opositores y entabla una perdurable amistad con Bernardo de Monteagudo, heredero de los morenistas y activo militante de la independencia, quien lo acompañará en todo su periplo, hasta morir asesinado en Lima, en 1823. Y es con este grupo de opositores que, el 8 de octubre de 1812, dará un golpe que terminará con la caída del gobierno. Será reemplazado por otro Triunvirato, más afín con las ideas de independencia y gestor de la Asamblea Constituyente de 1813. Los liberales y centralistas porteños jamás se lo perdonaron.

Su formación militar le permitió entender tempranamente la imposibilidad de llegar a Lima, corazón del poder español, a través del norte argentino. Por eso solicitó y obtuvo, en 1814, su nombramiento como Gobernador de la Provincia de Cuyo. Llegado a Mendoza, en septiembre de ese año, se hizo cargo de una provincia quebrada. El librecambio impuesto por Buenos Aires perjudicaba seriamente la producción local de vinos y aguardientes y los privaba de su principal mercado. La alternativa fue el comercio con Chile. Pero el triunfo realista en Rancagua, en octubre de 1814, cerró también esa ruta comercial, sumiendo a la región en la pobreza y el estancamiento.

Su plan militar es harto conocido. Pero no sucede lo mismo con el programa de gobierno, sin el cual la campaña de los Andes no hubiese sido posible. Porque ni las damas mendocinas bordando ni Fray Luis Beltrán fundiendo campanas hubiesen podido convertir en 2 años un ejército de 900 hombres desarrapados, mal equipados y peor entrenados, en ese compuesto por 5200 efectivos, disciplinados y aprovisionados con el que, en 1817, inició el cruce de los Andes. No vaciló en tomar medidas de emergencia para afrontar la situación crítica que vivía la provincia. Así, se apropió del diezmo eclesiástico y del tributo de guerra extraordinario que debía enviar a Buenos Aires, y expropió propiedades de españoles prófugos y muertos sin testar. Pero esto no le hizo perder de vista que su empresa necesitaba de una economía sólida y, para lograrlo, el Estado debía constituirse en agente dinamizador; debía ser un Estado protagonista e interventor.  

Y fue a través de un Estado activo que fomentó la colonización de tierras públicas, hasta entonces improductivas. Pero sabía que el asentamiento humano necesita de una infraestructura adecuada para hacer posible la vida. La entrega de tierras se completó con la construcción, de la que se hizo cargo el Estado, de canales de riego y caminos. Buscó diversificar la producción y fue el Estado de Cuyo el que introdujo nuevos cultivos, como el tabaco y la morera. También fue el Estado Cuyano el primero en dar forma a un sistema impositivo progresivo, aplicando un impuesto a la riqueza, excepcional en el momento, cuando se gravaba el comercio, se trasladaba a los precios y se perjudicaba a los más pobres.

Milei no dudó en compararse con San Martín. Pero no se asemeja a este San Martín, que enfrentó la resistencia de criollos y españoles poderosos por lo que consideraban un “excesivo intervencionismo estatal”, que impulsó un Estado fuerte y eficiente; se asemeja al Rivadavia liberal, al del Estado que abandona a la población a su suerte y sólo funciona como garante de grandes negocios para pocos.

 Rivadavia, como San Martín, también dijo querer fomentar la colonización de tierras públicas. Para eso, propició la creación de una compañía inglesa que debía traer inmigrantes para radicarse en San Pedro y en Entre Ríos. Pero, a pesar de haber cobrado las comisiones correspondientes, nadie se hizo cargo de estas personas, que fueron retenidas en Buenos Aires por meses. Cuando, finalmente, fueron llevados a San Pedro (sin ninguna herramienta de trabajo, como les habían prometido), el juez de Paz no les dio la posesión de las tierras porque, dijo, el permiso se le había “extraviado” del bolsillo. Impedidos de quedarse allí, debieron volver a Buenos Aires. No hubo colonización alguna y de esas tierras se apropiaron los Díaz Vélez, la Sociedad Rural, los Anchorena, los Álzaga, los Linch, los Frías, los Lezica y los Rozas, que convirtieron la propiedad en un bien especulativo y consolidaron la estructura latifundista e improductiva.

San Martín, como su amigo Belgrano, fue industrialista y proteccionista. Poco se dice, pero fue él quien fundó, junto a Fray Luis Beltrán, la metalurgia en Argentina. Las fraguas y talleres montados en Mendoza fueron el mayor establecimiento industrial en nuestro territorio y en él trabajaban 700 operarios. También construyó un laboratorio de salitre, una fábrica de pólvora y un taller de paños para vestir a la tropa. Y fue él el que dictó la primera ley protectora de los derechos del peón rural, obligando a los patrones a certificar por escrito el pago del salario en tiempo y forma. Reunido el Congreso en Tucumán, instruyó a su diputado, Tomás Godoy Cruz, para que exigiese medidas de protección para las industrias regionales. El proteccionismo, sostenía, era una “medida universalmente adoptada por las distintas naciones para fomentar la industria nacional”. Trasladado el Congreso a Buenos Aires, el Directorio rechazó este pedido con argumentos que bien podrían salir de la boca del Ministro Caputo: que el sistema liberal se opone a toda forma de restricción del comercio y que la manera más eficaz de mejorar la calidad de un producto es sometiéndolo a la competencia extranjera.

Fue su posición ideológica, expresada en programas y acciones, la que lo separó definitivamente del gobierno central. El Directorio, representante de la elite económica porteña, sostuvo el librecambio que dañaba mortalmente las economías regionales. Frente a esto, las provincias tuvieron siempre claro que sólo podrían cuadrarse ante Buenos Aires y revertir esta situación a través de una amplia autonomía política. Unitarios y Federales no es sólo un enfrentamiento por la organización institucional: es una lucha por un modelo económico. Y San Martín se identificó siempre con las demandas de las provincias. En 1819, cuando se encontraba organizando la expedición a Perú, recibió una orden del Director Supremo Rondeau: debía traer al Ejército Libertador para defender al Directorio en su lucha contra los caudillos federales. Su negativa quedó inmortalizada en una breve respuesta: “El General San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”. Sin el auxilio de su mejor ejército, el Directorio caerá en Cepeda y los unitarios harán responsable a San Martín. A partir de allí no será para ellos sólo un adversario: será el enemigo al que hay que eliminar. Y así se lo hizo saber su amigo, Estanislao López, cuando le advierte en una carta, en 1823, que no venga a Buenos Aires porque los unitarios porteños planeaban asesinarlo.

La obra de San Martín excedió en mucho aquello que le resultaba estrictamente necesario para su campaña libertadora. Y tan importante como generar recursos fue para él establecer prioridades al momento de gastarlos. Sostuvo que “Uno de los primeros cuidados del gobierno debe ser la conservación de sus habitantes”. Por eso fundó escuelas y bibliotecas; construyó hospitales y creó juntas para inspeccionar tanto la atención como el destino de los fondos; estableció la vacunación obligatoria contra la viruela; organizó y reglamentó el servicio de correos y aseguró el cultivo de trigo para alimento de la población. Destinó fondos para la construcción de la Alameda y embelleció la ciudad de Mendoza. Y, lejos de los que sostienen la “mano dura”, mejoró el sistema carcelario porque “esos hombres no dejan de serlo por considerarles delincuentes. Las cárceles no son un castigo sino el depósito que asegura al que deba recibirlo”.

Por más discursos que pronuncie, Milei nunca será émulo de San Martín. Sí, en cambio, de su enemigo declarado, Bernardino Rivadavia. El que avasalló las autonomías provinciales sancionando, cuando sólo era un ministro de la Provincia de Buenos Aires, una ley minera que autorizaba a una empresa británica (de la que era accionista) a explotar los yacimientos en todo el territorio, con el mismo autoritarismo e impunidad con los que Milei robó el puerto de Ushuaia. El que nos endeudó con una política financiera que precipitó el colapso político y comprometió el futuro del Estado tomando un empréstito que se despilfarró entre comisiones y créditos “blandos” a los amigos del poder que, es bueno saberlo, jamás devolvieron. El representante de la elite económica al que aplaudieron, en su momento, estancieros, saladeristas, comerciantes exportadores y financistas. El desconectado de la realidad, obsesionado con un programa que chocaba contra la estructura social existente. El que organizó una campaña difamatoria contra el mismo San Martín, al que llamó ladrón, corrupto y traidor a la Patria. El falto de valores, envidioso y resentido del que el historiador Henry Ferns afirmó: “Odiaba a los hombres que eran más notables o tenían más éxito que él. Era incapaz de lealtad, honestidad o siquiera buenas maneras con los hombres que lo rodeaban, con quienes estaba obligado a llevar los negocios de la comunidad”. Este es el espejo en el que debe mirarse Milei porque no hay discurso que valga frente a la evidencia histórica.

 

Desde Buenos Aires, les mando un gran abrazo a los oyentes de El Club de la Pluma.

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES 

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

 

 

 

 

 

 


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