SAN MARTÍN Y EL DISCURSO DESQUICIADO DE MILEI
Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma
Es difícil establecer cuándo el presidente Milei habla convencido de lo que
dice o, simplemente, finge demencia. Eso pasó cuando, el 17 de agosto último y
al cumplirse los 176 años del fallecimiento de Don José de San Martín, lo
escuchamos compararse con él.
En Argentina, país que ha demostrado a lo largo de su Historia la alta
estima que profesa a sables, botas y uniformes, la figura de San Martín siempre
estuvo ligada a su perfil militar, a sus campañas y poco o casi nada a su
desempeño político, donde fue más grande aún que en su empresa libertadora.
Esta amputación intencional la sufrieron todos los que, de una u otra forma, se
opusieron al proyecto liberal y centralista gestado en 1810 por hacendados,
comerciantes y financistas de Buenos Aires, en ese 25 de Mayo que siempre celebra
la Sociedad Rural. Olvidan convenientemente que, para cruzar los Andes, San
Martín debió ser antes Gobernador de Cuyo.
Había llegado al Río de la Plata en 1812, cuando gobernaba un Primer
Triunvirato que, bajo la influencia de Bernardino Rivadavia, se mostraba más
preocupado por mantener el libre comercio que por declarar la independencia;
por concentrar el poder, que por compartirlo con las provincias. San Martín, rápidamente
se vincula con grupos opositores y entabla una perdurable amistad con Bernardo
de Monteagudo, heredero de los morenistas y activo militante de la
independencia, quien lo acompañará en todo su periplo, hasta morir asesinado en
Lima, en 1823. Y es con este grupo de opositores que, el 8 de octubre de 1812,
dará un golpe que terminará con la caída del gobierno. Será reemplazado por
otro Triunvirato, más afín con las ideas de independencia y gestor de la Asamblea
Constituyente de 1813. Los liberales y centralistas porteños jamás se lo
perdonaron.
Su formación militar le permitió entender tempranamente la imposibilidad de
llegar a Lima, corazón del poder español, a través del norte argentino. Por eso
solicitó y obtuvo, en 1814, su nombramiento como Gobernador de la Provincia de
Cuyo. Llegado a Mendoza, en septiembre de ese año, se hizo cargo de una
provincia quebrada. El librecambio impuesto por Buenos Aires perjudicaba
seriamente la producción local de vinos y aguardientes y los privaba de su
principal mercado. La alternativa fue el comercio con Chile. Pero el triunfo
realista en Rancagua, en octubre de 1814, cerró también esa ruta comercial,
sumiendo a la región en la pobreza y el estancamiento.
Su plan militar es harto conocido. Pero no sucede lo mismo con el programa
de gobierno, sin el cual la campaña de los Andes no hubiese sido posible.
Porque ni las damas mendocinas bordando ni Fray Luis Beltrán fundiendo campanas
hubiesen podido convertir en 2 años un ejército de 900 hombres desarrapados,
mal equipados y peor entrenados, en ese compuesto por 5200 efectivos,
disciplinados y aprovisionados con el que, en 1817, inició el cruce de los
Andes. No vaciló en tomar medidas de emergencia para afrontar la situación
crítica que vivía la provincia. Así, se apropió del diezmo eclesiástico y del
tributo de guerra extraordinario que debía enviar a Buenos Aires, y expropió
propiedades de españoles prófugos y muertos sin testar. Pero esto no le hizo
perder de vista que su empresa necesitaba de una economía sólida y, para
lograrlo, el Estado debía constituirse en agente dinamizador; debía ser un
Estado protagonista e interventor.
Y fue a través de un Estado activo que fomentó la colonización de tierras
públicas, hasta entonces improductivas. Pero sabía que el asentamiento humano
necesita de una infraestructura adecuada para hacer posible la vida. La entrega
de tierras se completó con la construcción, de la que se hizo cargo el Estado,
de canales de riego y caminos. Buscó diversificar la producción y fue el Estado
de Cuyo el que introdujo nuevos cultivos, como el tabaco y la morera. También
fue el Estado Cuyano el primero en dar forma a un sistema impositivo progresivo,
aplicando un impuesto a la riqueza, excepcional en el momento, cuando se gravaba
el comercio, se trasladaba a los precios y se perjudicaba a los más pobres.
Milei no dudó en compararse con San Martín. Pero no se asemeja a este San
Martín, que enfrentó la resistencia de criollos y españoles poderosos por lo
que consideraban un “excesivo intervencionismo estatal”, que impulsó un Estado
fuerte y eficiente; se asemeja al Rivadavia liberal, al del Estado que abandona
a la población a su suerte y sólo funciona como garante de grandes negocios
para pocos.
Rivadavia, como San Martín, también dijo
querer fomentar la colonización de tierras públicas. Para eso, propició la
creación de una compañía inglesa que debía traer inmigrantes para radicarse en
San Pedro y en Entre Ríos. Pero, a pesar de haber cobrado las comisiones
correspondientes, nadie se hizo cargo de estas personas, que fueron retenidas
en Buenos Aires por meses. Cuando, finalmente, fueron llevados a San Pedro (sin
ninguna herramienta de trabajo, como les habían prometido), el juez de Paz no
les dio la posesión de las tierras porque, dijo, el permiso se le había
“extraviado” del bolsillo. Impedidos de quedarse allí, debieron volver a Buenos
Aires. No hubo colonización alguna y de esas tierras se apropiaron los Díaz
Vélez, la Sociedad Rural, los Anchorena, los Álzaga, los Linch, los Frías, los
Lezica y los Rozas, que convirtieron la propiedad en un bien especulativo y
consolidaron la estructura latifundista e improductiva.
San Martín, como su amigo Belgrano, fue industrialista y proteccionista. Poco
se dice, pero fue él quien fundó, junto a Fray Luis Beltrán, la metalurgia en
Argentina. Las fraguas y talleres montados en Mendoza fueron el mayor
establecimiento industrial en nuestro territorio y en él trabajaban 700
operarios. También construyó un laboratorio de salitre, una fábrica de pólvora
y un taller de paños para vestir a la tropa. Y fue él el que dictó la primera
ley protectora de los derechos del peón rural, obligando a los patrones a
certificar por escrito el pago del salario en tiempo y forma. Reunido el
Congreso en Tucumán, instruyó a su diputado, Tomás Godoy Cruz, para que exigiese
medidas de protección para las industrias regionales. El proteccionismo,
sostenía, era una “medida universalmente adoptada por las distintas naciones
para fomentar la industria nacional”. Trasladado el Congreso a Buenos Aires, el
Directorio rechazó este pedido con argumentos que bien podrían salir de la boca
del Ministro Caputo: que el sistema liberal se opone a toda forma de
restricción del comercio y que la manera más eficaz de mejorar la calidad de un
producto es sometiéndolo a la competencia extranjera.
Fue su posición ideológica, expresada en programas y acciones, la que lo
separó definitivamente del gobierno central. El Directorio, representante de la
elite económica porteña, sostuvo el librecambio que dañaba mortalmente las
economías regionales. Frente a esto, las provincias tuvieron siempre claro que
sólo podrían cuadrarse ante Buenos Aires y revertir esta situación a través de
una amplia autonomía política. Unitarios y Federales no es sólo un
enfrentamiento por la organización institucional: es una lucha por un modelo
económico. Y San Martín se identificó siempre con las demandas de las
provincias. En 1819, cuando se encontraba organizando la expedición a Perú,
recibió una orden del Director Supremo Rondeau: debía traer al Ejército
Libertador para defender al Directorio en su lucha contra los caudillos
federales. Su negativa quedó inmortalizada en una breve respuesta: “El General
San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”. Sin el
auxilio de su mejor ejército, el Directorio caerá en Cepeda y los unitarios
harán responsable a San Martín. A partir de allí no será para ellos sólo un
adversario: será el enemigo al que hay que eliminar. Y así se lo hizo saber su
amigo, Estanislao López, cuando le advierte en una carta, en 1823, que no venga
a Buenos Aires porque los unitarios porteños planeaban asesinarlo.
La obra de San Martín excedió en mucho aquello que le resultaba
estrictamente necesario para su campaña libertadora. Y tan importante como
generar recursos fue para él establecer prioridades al momento de gastarlos.
Sostuvo que “Uno de los primeros cuidados del gobierno debe ser la conservación
de sus habitantes”. Por eso fundó escuelas y bibliotecas; construyó hospitales
y creó juntas para inspeccionar tanto la atención como el destino de los
fondos; estableció la vacunación obligatoria contra la viruela; organizó y
reglamentó el servicio de correos y aseguró el cultivo de trigo para alimento
de la población. Destinó fondos para la construcción de la Alameda y embelleció
la ciudad de Mendoza. Y, lejos de los que sostienen la “mano dura”, mejoró el
sistema carcelario porque “esos hombres no dejan de serlo por considerarles
delincuentes. Las cárceles no son un castigo sino el depósito que asegura al
que deba recibirlo”.
Por más discursos que pronuncie, Milei nunca será émulo de San Martín. Sí,
en cambio, de su enemigo declarado, Bernardino Rivadavia. El que avasalló las
autonomías provinciales sancionando, cuando sólo era un ministro de la
Provincia de Buenos Aires, una ley minera que autorizaba a una empresa
británica (de la que era accionista) a explotar los yacimientos en todo el
territorio, con el mismo autoritarismo e impunidad con los que Milei robó el
puerto de Ushuaia. El que nos endeudó con una política financiera que precipitó
el colapso político y comprometió el futuro del Estado tomando un empréstito
que se despilfarró entre comisiones y créditos “blandos” a los amigos del poder
que, es bueno saberlo, jamás devolvieron. El representante de la elite
económica al que aplaudieron, en su momento, estancieros, saladeristas,
comerciantes exportadores y financistas. El desconectado de la realidad,
obsesionado con un programa que chocaba contra la estructura social existente. El
que organizó una campaña difamatoria contra el mismo San Martín, al que llamó
ladrón, corrupto y traidor a la Patria. El falto de valores, envidioso y
resentido del que el historiador Henry Ferns afirmó: “Odiaba a los hombres que
eran más notables o tenían más éxito que él. Era incapaz de lealtad, honestidad
o siquiera buenas maneras con los hombres que lo rodeaban, con quienes estaba
obligado a llevar los negocios de la comunidad”. Este es el espejo en el que
debe mirarse Milei porque no hay discurso que valga frente a la evidencia
histórica.
Desde Buenos Aires, les mando un gran abrazo a los oyentes de El Club de la
Pluma.
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia -
Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

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