DEL
VACÍO AL CANTO: QUÉ HACER
En
nuestro último trabajo planteamos la **crisis de la política como espacio de
posibilidad**: la sensación de que proponer una "salida" diferente es
hablarle al viento, porque las cosas parecen estar determinadas por fuerzas que
escapan al debate colectivo. Hoy intentaremos pensar si hay formas de
confrontar esta sensación de bloqueo. Sostenemos que sí hay cosas por hacer,
claro, pero no por los caminos que la política tradicional suele proponer. La
clave está en entender que lo que parece "concreto e inevitable" es,
en realidad, el resultado de una victoria política previa: la de convencernos
de que no hay alternativa. Confrontarla no es tanto proponer un
"programa" como RECUPERAR LA CAPACIDAD DE NOMBRAR LO QUE ESTÁ EN
JUEGO. Aquí van algunas vías, no como recetas, sino como orientaciones:
1.
Desnaturalizar lo inevitable
El
primer paso es epistemológico: mostrar que lo que parece "realidad
dura" —deuda, mercados, tecnología— son construcciones históricas con
dueños. Cuando un gobierno dice "no hay otra forma de bajar la inflación
que con este ajuste", está haciendo política disfrazada de física.
Confrontar esto significa recuperar el lenguaje de la contingencia: las cosas
podrían ser de otro modo, y el hecho de que no lo sean responde a decisiones,
no a leyes naturales.
Esto
es lo que Jacques Rancière llama "la división de lo sensible": quién
puede hablar, qué se considera "realista" y qué "utópico",
es siempre una decisión política. Recuperar la política, entonces, implica romper el monopolio de la palabra
"realista".
2.
Reconstruir lo común desde lo concreto
Uno
de los errores de la izquierda tradicional fue pensar que la política se hace
desde arriba: ganar el Estado, cambiar la Constitución, implementar el
programa. Pero cuando el Estado parece inalcanzable o inútil, la política puede
renacer en lo micro, lo local, lo cotidiano: cooperativas de vivienda, bancos
de tiempo, redes de cuidado, medios comunitarios, consejos de administración de
empresas recuperadas.
No
se trata de romanticismo localista. Se trata de que la política necesita CUERPO
para no ser RUIDO. Wendy Brown advierte que el neoliberalismo no solo privatiza
empresas, sino que privatiza la imaginación: nos convierte en individuos
calculadores que ya no pueden pensar colectivamente. Reconstruir espacios donde
la gente experimente —no solo teorice— que otra forma de organizar la vida es
posible, es una forma de confrontación real.
3.
Recuperar el conflicto como motor
La
política de los últimos treinta años intentó "superar" el conflicto
ideológico a favor del consenso técnico. El resultado fue que el conflicto no
desapareció: se desplazó a la extrema derecha, a las redes sociales, a la
violencia. Chantal Mouffe sostiene que **la política democrática necesita
agonismo**: un conflicto entre adversarios, no entre enemigos. Es decir,
necesita reconocer que hay opciones incompatibles, que no todo se resuelve con
datos.
Confrontar
el bloqueo implica, entonces, volver a politizar lo que se presenta como
técnico: la deuda no es un problema de matemáticas, es una decisión sobre quién
paga la crisis; la inteligencia artificial no es progreso inevitable, es una
elección sobre quién controla el trabajo y la verdad.
4. Narrativas que no sean sólo oposición
Un
problema de la oposición tradicional es que sigue jugando en el tablero del
adversario. Si Milei (o cualquier gobierno similar) define el debate en
términos de "orden vs. caos" o "realismo vs. populismo", la
oposición que acepta esos términos ya perdió. Hace falta **narrativas que
cambien el eje del conflicto**: no "más Estado vs. menos Estado",
sino "democracia vs. despotismo", "cuidado vs. abandono",
"futuro vs. nostalgia". Esto no es marketing. Es lo que Antonio
Gramsci llamaba **guerra de posiciones**: construir un sentido común
alternativo antes de la batalla electoral. La extrema derecha entendió esto
hace décadas; buena parte de la oposición progresista todavía cree que los
datos y las propuestas técnicas bastan.
5.
La escala como problema
Una
razón por la que las "salidas políticas" suenan a ruido es que la
escala del problema (global, financiera, tecnológica) parece inhabilitar la
escala de la respuesta (nacional, local, parlamentaria). Pero quizás la
respuesta no sea competir en la misma escala, sino
MULTIPLICAR
LOS PUNTOS DE RESISTENCIA. No un gran partido que lo cambie todo, sino miles de
iniciativas que hagan insostenible el orden actual.
Si
aún no podemos tomar el poder, debemos crear grietas en el poder. No es la
única vía, pero es una vía que evita la parálisis de esperar la gran revolución
o la gran victoria electoral.
6.
Recuperar el tiempo largo
La
sensación de bloqueo se alimenta de la urgencia: la crisis es ahora, la
respuesta debe ser inmediata, no hay tiempo para construir. Pero las
transformaciones reales —las que cambian el sentido común, las instituciones,
la distribución del poder— tardan décadas. Confrontar el bloqueo implica, en
parte, aceptar que no hay atajos y que la política es, sobre todo, paciencia
estratégica.
Una
última idea: quizás la forma más
profunda de confrontar esta situación sea recuperar la pregunta por el bien
común. No como eslogan, sino como práctica: ¿cómo vivimos? ¿qué cuidamos?
¿quién decide? Cuando la política se reduce a administrar variables económicas,
deja de ser política y se convierte en gestión. Recuperarla no significa volver
a los grandes relatos del siglo XX, pero sí significa volver a afirmar que el
destino colectivo es algo que se discute, no algo que se administra.
La
paradoja es que, para que eso suceda, probablemente hace falta que algo se
rompa: una crisis que haga evidente lo que hoy está oculto —que el
"orden" no es orden, sino solo una forma particular de caos
distribuido. Hasta entonces, gran parte del trabajo es sembrar en terreno
aparentemente estéril. No es ruido: es política en cámara lenta.
Desde Rosario- Militante Social

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