RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

viernes, 4 de septiembre de 2026

EL ÁNIMO DEL TRABAJADOR - PEDRO RODRIGUEZ - MILITANTE SOCIAL

 

EL ÁNIMO DEL TRABAJADOR

 


En medio siglo hemos pasado de la esperanza colectiva al malestar individual. Los años setenta fueron de  afectos politizados y  cuerpos en movimiento.  En los años setenta, la afectividad estaba atravesada por la política. Las organizaciones populares trabajaban con la idea-fuerza de la concientización: la educación y la militancia implicaban cuerpos y emociones comprometidos en la transformación social.

 

El amor, la amistad, la solidaridad, el miedo: todo tenía una dimensión colectiva. Incluso el sufrimiento estaba compartido.

 

En la actualidad: individualismo, angustia y redes de indignación. Y entre los '70 y la actualidad, los '90: esta década es la gran fractura que separa los setenta de la actualidad. No es un puente: es una ruptura.

 

El trabajo pasa de la estabilidad a la precariedad.  La Ley de Convertibilidad (1991) fijó el peso igual al dólar, frenó la inflación hiperinflacionaria, pero a costa de un ajuste profundo.

 

- Se privatizaron empresas estatales masivamente: YPF, ferrocarriles, energía eléctrica, agua, aerolíneas, entre otras.

 

Hoy, la investigación sobre malestar psicológico en Argentina (2010-2024) muestra una evolución histórica creciente de síntomas ansiosos y depresivos en población adulta urbana.  El malestar ya no es político: es CLÍNICO. La gente no va al sindicato; va al psicólogo. No se organiza; se medica.

 

Las redes sociales, lejos de ser espacios de deliberación, funcionan como "redes de indignación" (al decir de Byung-Chul Han) que amplifican la angustia sin construir alternativas. El estado de ánimo de quienes viven de su trabajo en Argentina pasó de estar anclado en una esperanza histórica colectiva a estar determinado por una precariedad estructural individual. En los años setenta, el trabajo proyectaba futuro porque estaba inserto en un modelo de acumulación que distribuía renta, una educación que formaba ciudadanos y una política que disputaba el sentido de la nación. Hoy, el trabajo sobrevive en un modelo que concentra renta, una educación que selecciona individuos y una política que gestiona el miedo. El resultado es un malestar que ya no se nombra políticamente: se vive clínicamente.

 

El recorrido comparativo entre los años setenta y la actualidad en Argentina no describe una excepción nacional, sino una variante particular de una transformación global: la pérdida del trabajo como ancla de futuro. En los años setenta, quien vivía de su salario en Argentina podía proyectar porque el trabajo estaba inserto en un modelo de acumulación que, con todos sus límites y violencias, distribuía renta, y porque ese modelo aún creía en la política como artífice del destino colectivo. Hoy, esa capacidad de proyección no se ha perdido solo por decisiones internas —aunque el ajuste de los noventa, la crisis de 2001 y la precarización posterior hayan sido terriblemente específicas—, sino porque el marco internacional ha reconfigurado las condiciones de posibilidad de cualquier política nacional.

 

La globalización financiera, la fragmentación de la economía mundial en gigantescos bloques competidores, la carrera tecnológica y la primacía de los mercados sobre los parlamentos han creado un escenario donde los Estados parecen administrar lo inevitable más que decidir lo deseable. Como señalamos en la columna anterior, la "nueva normalidad" global es de incertidumbre comercial permanente, violencia política normalizada y competencia tecnológica que reduce la política a una gestión de variables que escapan al control democrático. En ese contexto, proponer una "salida" diferente suena a ruido (así lo dijimos antes) no porque no existan alternativas, sino porque la escala de las decisiones relevantes —los tipos de cambio, las deudas soberanas, los flujos de capital, los algoritmos que reorganizan el trabajo— parece inhabilitar la escala de la respuesta política tradicional.

 

Argentina sintetiza con crudeza esta tensión global. La convertibilidad de los noventa fue, en parte, una apuesta por alinearse con un orden internacional que prometía estabilidad a cambio de apertura y ajuste; el derrumbe de 2001 mostró los límites MORTALES de esa apuesta. La recuperación kirchnerista entre 2003 y 2015 se sostuvo, en buena medida, por un contexto internacional de precios altos de commodities que permitió recomponer salarios sin tocar la estructura productiva; cuando ese contexto cambió, la fragilidad quedó expuesta. Y la actualidad, con una inflación crónica, una informalidad del 40% y un 75% de la población sintiéndose igual o peor que hace un año, muestra a las claras que el trabajo ya no proyecta futuro porque EL FUTURO MISMO HA DEJADO DE SER UN HORIZONTE COMPARTIDO.

 

Pero hay algo aún más profundo. El estado de ánimo que atraviesa a quienes viven de su trabajo hoy no es solo angustia económica: es una forma de despolitización vivida como sentido común. Manuel Castells señalaba que la crisis contemporánea se alimenta de la ruptura entre gobernantes y gobernados; en Argentina, esa ruptura se expresa en una desafección que no distingue bandos. La grieta política, lejos de ser un signo de vitalidad democrática, es la forma que adopta la política cuando ya no disputa proyectos de país sino identidades tribales. Y cuando la política se reduce a eso, el trabajo deja de ser un campo de derechos para convertirse en un campo de supervivencia individual.

 

La comparación internacional sugiere que este fenómeno no es argentino, aunque en Argentina alcance tintes dramáticos. En las democracias avanzadas, el ascenso de la extrema derecha, la desconfianza en los partidos tradicionales y la medicalización del malestar social (la ansiedad y la depresión como formas legítimas de expresar un sufrimiento político que ya no tiene canal) son manifestaciones de la misma mutación: la política dejó de ser el espacio donde se imagina el futuro, y el trabajo dejó de ser el lugar donde se construye.

 

La brevísima primavera de las asambleas populares en 2001-2002 fue, quizás, el último gran intento argentino de recuperar la política como práctica colectiva de esperanza. Su agotamiento no fue solo local: coincidió con el cierre de un ciclo global —el de los movimientos antiglobalización— que también terminó en desencanto. Desde entonces, la sensación de bloqueo que hoy atraviesa a quienes viven de su trabajo en Argentina es, en última instancia, la sensación de que las decisiones que importan se toman en otra parte: en los mercados financieros, en los algoritmos, en las guerras comerciales de potencias lejanas.

 

Sin embargo, reconocer esto no es rendirse. Es, antes bien, el punto de partida para una pregunta que este trabajo no puede responder, pero sí plantear: si el estado de ánimo de una sociedad está determinado por la capacidad de imaginar un futuro colectivo, entonces recuperar la política no significa volver a los setenta, sino aprender a pensar la escala adecuada de la intervención humana en un mundo que parece haberse vuelto ingobernable. La tarea no es menor: implica desnaturalizar lo que hoy parece inevitable, reconstruir lo común desde lo concreto, y aceptar que la paciencia estratégica puede ser la única forma de política que le reste sentido al ruido.

 

El estado de ánimo de quienes viven de su trabajo en Argentina ha pasado de la esperanza histórica a la angustia individual, con una breve —y quizás irrepetible— pausa de esperanza colectiva en el medio. Que esa trayectoria no sea irreversible depende, en última instancia, de que la política recupere la capacidad de nombrar lo que está en juego: no solo quién administra mejor la crisis, sino qué tipo de vida es digna de ser vivida, y quién decide. No hemos hablado de las causas de ese tránsito de la esperanza a la angustia: se necesita más que explicarse todo con la caída del "socialismo real". Se trata de pensar y elaborar, ahora sí, juntos y sin tabiques partidistas.

 

PEDRO RODRIGUEZ

 Desde Rosario- MILITANTE SOCIAL

 

 

 

 

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