LAS
DISTOPÍAS SE HICIERON REALIDAD.
¿QUÉ HACE EL DIRECTOR DE LA CIA EN MOSCÚ?
Un cálido abrazo a toda la querida
audiencia de EL CLUB DE LA PLUMA. Otro día más, nos encontramos aquí en este
espacio de reflexión compartida. Todas las distopías que nos dijeron que
llegarían con el comunismo, están apareciendo en el capitalismo, sólo que con
contratos privados, inteligencia artificial y multimillonarios cobrando por
constuirlas. Maven Smart System es el sistema de inteligencia militar
desarrollado por Palantir que el Pentágono convirtió este 2026 en una pieza
central de sus operaciones. No es un juguete futurista. Integra enormes
cantidades de información procedente de satélites, drones, radares, sensores
infrarrojos, señales y geolocalización. Coloca todo sobre un mismo mapa y
utiliza inteligencia artificial para detectar, seguir y priorizar objetivos
casi en tiempo real. Se ha pasado de identificar el objetivo a definir, luego,
un plan de acción y, ahora, a ponerlo en práctica. Todo ello desde un mismo
sistema. Y entonces miramos dentro de los Estados Unidos, agregamos a Maven
Smart System, la empresa de seguridad Flock Safety que tiene ya unas 120.000
cámaras en 49 estados, leyendo matrículas y generando miles de millones de
registros cada mes. Y creciendo. Piensen un solo segundo en la infraestructura
que se está construyendo. Cámaras por las calles, drones sobre las ciudades,
bases de datos gigantescas, reconocimiento automatizado y software capaz de
cruzarlo todo. Después se exportará a gobiernos afines por auténticas burradas.
Y a los gobiernos no afines. Recordemos que España ya pagó más de 15 millones a
Palantir por colocar su tecnología en la inteligencia militar. Y ahí está la
verdadera distopía. Primero construyes una máquina capaz de localizar,
clasificar y seguir enemigos. Después sólo necesitas decir a quién llamas “enemigo”.
Activistas, oposición, manifestantes. Cualquiera que un gobierno decida colocar
al otro lado. No están construyendo únicamente el futuro de la guerra; están
construyendo la estructura perfecta para que el poder pueda encontrarte cuando
decida que el problema eres tú.
Y, ahora, en esta parte, hablaremos
sobre la presencia de la CIA en Moscú. Hemos escuchado a muchos excelentes
analistas, pero la reflexión más profunda y acertada nos pareció la del Dr.
Daniel Estulin. No hablaremos de países, sino de PROYECTOS GLOBALES O
CIVILIZATORIOS. Cada proyecto civilizatorio tiene su visión del mundo, su
élite, su sistema financiero y su idea de ser humano. Esa presencia del
director de la CIA no se trata de un signo de paz, ni de un signo de guerra. Es
una señal de que los canales normales no son efectivos y actúa así “la
artillería pesada”. Llama la atención que, en los medios, el sensacionalismo
toma el tema de manera lineal. Nosotros analizaremos ese hecho de una manera
más profunda y elevada. No es un episodio más de las negociaciones por Ucrania;
es significativa, también, la presencia simultánea de la autoridad más
importante de las relaciones exteriores del Papado de Roma, que se reúne con el
Patriarca de Moscú. Por un lado, tenemos la ofensiva económica de los Estados
Unidos contra Irán; por el otro, la próxima cumbre de la Organización de
Cooperación de Shangai; los Brics reunidos en Nueva Delhi, India; la visita
prevista de Xi-Jinping a Washington, y aparece algo más interesante. Según Daniel
Estulin, Moscú está actuando como una cámara de compensación entre proyectos
civilizatorios que compiten, pero a la vez que compiten, necesitan negociar las
reglas de convivencia que están sustituyendo al orden posterior a 1991, con la
disolución de la Unión Soviética.
El
Dr. Daniel Estulin interpreta que la visita de la CIA a Rusia, no fue solamente
para hablar sobre Ucrania; viajaron para discutir los límites de la transición.
Ucrania es una pieza; la OTAN es otra pieza; Irán es otro actor, China es el
horizonte y Europa es un territorio político cuya futura configuración está
implícitamente en juego. Cuando hablan los servicios de inteligencia se negocia
sobre lo que no se puede escribir. Lo que se habló no fue un contenido
rutinario, porque cuando se reúnen los servicios de inteligencia, entonces,
cambia la naturaleza del diálogo. Obviamente, el contenido de esa reunión
permanece en secreto. Con ese tipo de interlocutores que no son diplomáticos,
se puede hablar de capacidades reales, operaciones encubiertas, información de
una parte que posee sobre la otra, líneas rojas militares, garantías no
publicables y muchos mecanismos de desescalada. Ese viaje de 12 o 14 horas de
la CIA hasta Moscú, implica que ese tipo de conversaciones son lo suficientemente
delicadas, que no puede hacerse por los canales ordinarios. Washington también
pidió a Kiev que detenga los ataques durante la presencia norteamericana en
Rusia, esto implica que ese encuentro fue minuciosamente preparado. Podrían
haber hablado de inteligencia satelital, identificación de objetivos, datos
para ataques de precisión, arquitectura de comunicaciones, acceso a
determinados armamentos; no sabemos qué estuvo arriba de la mesa de
conversaciones.
La
CIA puede llevar simultáneamente una oferta o una amenaza. Sabemos lo que
ustedes pueden hacer, sabemos las capacidades rusas, sabemos qué está
ocurriendo alrededor de la OTAN, qué capacidades usaríamos si quebrasen
determinadas líneas rojas. ¿Podríamos encontrar una arquitectura aceptable?
Podría tratarse de definir los espacios estratégicos, por un lado, de Estados
Unidos y, por otro, de Rusia, cómo pueden competir, sin entrar en una guerra
directa. Se repitió la misma acción que en noviembre de 2021: la CIA, el
Vaticano y Moscú, simultáneamente. Vuelve a repetirse el mismo patrón. Hay una
extraordinaria simetría. En una lectura metapolítica, los canales vuelven a
unirse como si fuera la finalización de un ciclo. ¿Cuál podría ser el sistema
cuando la guerra en Ucrania termine? ¿Cómo sería el orden posUcrania?
Y
la pregunta adecuada seria: ¿Qué arquitectura internacional va a legitimar el
final de la guerra? Porque una guerra de la magnitud de la de Ucrania, no
termina cuando dejan de disparar, sino cuando alguien determina qué fronteras
funcionan de facto; qué ocurrirá con Ucrania; qué relación tendrá Rusia con
Europa, con la OTAN; qué garantías recibirá Kiev, qué garantías recibirá Moscú;
qué papel conservará Estados Unidos en Europa; cómo se incorporará Rusia en ese
nuevo equilibrio euroasiático; cómo se relacionará todo esto con China, y aquí
entraría el concepto de proyectos globales o civilizatorios. Un proyecto global
no es un país, no es necesariamente una organización secreta, es algo muchísimo
más profundo.
Un
proyecto civilizatorio es una arquitectura histórica del poder para organizar
grandes espacios económicos, financieros, culturales, éticos, alrededor de una
determinada visión del mundo, entonces, los Estados participan en estos
proyectos, pero no siempre coinciden con ellos. Por ejemplo, dentro de Estados
Unidos existen proyectos diferentes, el de los liberales financistas y, por
otro, el proyecto de Donald Trump, como proyecto alternativo, nacionalista, al
menos, ese fue el proyecto en un principio.
Si
hablamos de Europa, también existen proyectos diferentes; dentro de Rusia
existen proyectos diversos. El Vaticano posee su propia visión de la
organización internacional como proyecto de Gran Europa, a nivel conceptual e
ideológico. China tiene otro proyecto civilizatorio; y el mundo financiero
transnacional posee lógicas y logísticas que tampoco coinciden exactamente con
ningún Estado. Por eso, reducir todo entre Estados Unidos contra Rusia, o el
Occidente contra el BRICS, oscurece más. Estamos viendo proyectos atravesando
Estados. Y aquí distinguiríamos al menos cuatro arquitecturas: el proyecto
Atlántico norteamericano, cuyo objetivo fundamental no tiene que ser destruir a
Rusia.
El
problema de Estados Unidos no fue siempre Rusia sola, sino Rusia, Europa, más
China. Una Europa altamente tecnificada unida a Rusia con sus recursos
naturales y a China, constituiría un competidor muy grande para los
norteamericanos. Por eso, el orden atlántico ha funcionado durante décadas,
separando políticamente los extremos occidentales de Eurasia, y Ucrania, en ese
contexto se convirtió en la frontera de esa separación. Estamos hablando del
proyecto Euroasiático ruso, no estamos hablando de Putin. Porque Rusia tampoco
desea solamente conquistar territorios, sino que existe detrás una cuestión
histórica, muchísimo más profunda. Reconstruir una zona de seguridad, recuperar
su condición de polo civilizatorio autónomo.
Mucho
perdió Rusia después de la disolución de la Unión Soviética, por eso, necesita
algún día conservar una puerta occidental y aquí aparece el proyecto de Gran
Europa, como un modelo político civilizatorio. Si Rusia rompe definitivamente
con Europa, corre el riesgo de convertirse cada vez más en socio menor de
China. Por eso el verdadero proyecto ruso no puede ser solamente Asia, necesita
conservar algún tipo de relación con lo occidental europeo. Sería un espacio
con tres núcleos: Roma, Berlín y Moscú, como modelo político civilizatorio,
También podríamos hablar de Moscú como la Tercera Roma. Ese proyecto apareció
bajo diversas formas distintas, por ejemplo, con De Gaulle, Putin también llegó
a plantear una gran Europa desde Lisboa hasta Vladivostock.
Desde
una perspectiva vaticana civilizatoria de 2000 años de antigüedad, existe una
dimensión espiritual: ese espacio cristiano europeo tan amplio. Hablando de
Roma y Moscú: estos son dos imperios de la memoria, y hay que buscar la
dimensión esotérica y psicohistórica, buscar la estructura simbólica que existe
bajo los acontecimientos políticos. Porque Moscú no es solamente la capital de
Rusia; en el imaginario histórico ruso, es también la Tercera Roma: Roma cayó
en el año 476; Constantinopla cayó en 1453: Moscú heredaría la misión de
conservar el cristianismo.
Dos
Romas han caído, Moscú permanece y no habrá una cuarta Roma. Eso significa que
cuando el Vaticano y el Patriarcado de Moscú, dialogan, no estamos únicamente
ante dos teocracias, sino que estamos viendo cómo se encuentran dos memorias
del cristianismo europeo: Roma reclama la continuidad de San Pedro y Moscú, la
continuidad de Bizancio. Y aquí aparece Ucrania que no es sólo un territorio,
sino que es el territorio de memoria. Kiev es la Rus, es el bautismo del
príncipe Vladimir, un lugar fundacional de la identidad cristiana eslava
oriental.
Vladimir
entendió que para que la Rus sea vista como una continuidad de Bizancio y de
Europa, en el año 988, hizo bautizar a todo Kiev en el río Dniéper. Desde ese
momento, la Rus de Kiev adopta el cristianismo ortodoxo, el alfabeto cirílico y
toda la cultura bizantina. Por eso el conflicto que estamos viendo posee una
intensidad psicológica; resulta incomprensible analizar solamente los
kilómetros cuadrados.
Se
pelea también por quién hereda el pasado, quién controlará la interpretación
del pasado y quien obtiene esa interpretación, esa narrativa, tendrá la
legitimidad del futuro. Esto es lo que se llama psicohistoria. Y existe una
dimensión más profunda y es que las grandes guerras, funcionan históricamente
como rituales colectivos de transición: destruyen el orden anterior, rompen
tabús, crean enemigos absolutos, legitiman instituciones nuevas, redistribuyen
territorios, transforman identidades.
Se
configura un nuevo lenguaje político. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial
destruyó los imperios; la Segunda, creó las Naciones Unidas, la OTAN, la Guerra
Fría que podríamos llamar la Tercera Guerra Mundial: creó dos universos
ideológicos. Su desaparición produjo la globalización y la guerra de Ucrania
está cumpliendo posiblemente una función histórica: destruir definitivamente el
mundo iniciado en 1991. Esta es para el Dr. Daniel Estulin la clave histórica
del momento que estamos viviendo con la guerra de Ucrania.
Me despido de nuestra querida
audiencia, agradeciendo su amable atención e invitándola a otra emisión de EL
CLUB DE LA PLUMA, el próximo domingo.
¡Palestina
libre!
¡Hasta la victoria siempre, compañeros!
PROF.
VIVIANA ONOFRI
Desde Islas Canarias – Profesora en Letras, ex
catedrática de la Universidad Nacional de Mar del Plata

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