¿MALAS
NOTICIAS O NOTICIAS MALAS?
Una
investigadora brasileña, Rita Almeida, publicó lo siguiente: Desde que surgió
el bolsonarismo, una pregunta persistente gira en torno a la salud mental de
sus seguidores más radicales e intransigentes, aquellos que parecen habitar un
universo paralelo. ¿Están locos y sumidos en un delirio manifiesto? ¿Padecen
todos algún cuadro psiquiátrico diagnosticable? Impulsada por estas y otras
interrogantes, decidí iniciar una investigación posdoctoral que terminó en el
libro *Psicología de masas y bolsonarismo*. En resumen, la respuesta es la
siguiente: aunque dentro de los movimientos bolsonaristas pueda haber personas
con trastornos psiquiátricos que utilizan el discurso bolsonarista como
temática para sus delirios, la gran masa que compone el bolsonarismo está
formada por individuos normotípicos.
La
cuestión es que, arrastradas por ciertos movimientos de masas, algunas personas
son capaces de adherirse a un discurso delirante incluso sin padecer un cuadro
psiquiátrico de base. La fuerza del grupo puede desconectar al sujeto de la
realidad fáctica, facilitando su adhesión a mentiras, negacionismos, teorías
conspirativas y todo tipo de extravagancias, en aras de pertenecer a un grupo y
a una ideología. Esto indica que el problema del bolsonarismo no es
psiquiátrico; el problema radica en que se trata de un movimiento de masas
fascista.
Freud
afirmaba que el delirio es un intento de curación, un mecanismo de protección
del Yo frente a la desintegración, con la «ventaja» de crear una nueva realidad
totalmente desvinculada de la fáctica, en la que el sujeto se siente más
cómodo, interesante o importante. Sin embargo, el delirio como experiencia
singular en un cuadro psicótico, por ejemplo, es vivido por el sujeto con
sufrimiento y angustia; al fin y al cabo, se encuentra solo y desacreditado por
sus semejantes en el universo paralelo que ha inventado.
En
el caso del delirio colectivo, el distanciamiento y la reinterpretación de la
realidad conforman el discurso que une al grupo y complace a sus líderes; por
tanto, la angustia y el sufrimiento no surgen dentro del delirio, sino al salir
de él. Así se percibe la dificultad de desprenderse de un delirio de masas,
especialmente cuando este es alimentado e instrumentalizado por figuras poderosas
y líderes tiránicos. Desprenderse del delirio implica dejar de pertenecer al
grupo y experimentar una disolución del «Yo», que se sostenía en dicha
ideología o discurso.
Por
consiguiente, esperar que los bolsonaristas fanatizados abandonen el bolsonarismo
es una expectativa poco prometedora, casi inviable. Ello requeriría mucho
tiempo, abundantes recursos simbólicos y acogida en otros grupos más
saludables. Así pues, la vía más rápida y eficaz para derrotar a los
movimientos fascistas es de arriba hacia abajo: derribando a sus líderes,
bloqueando —mediante leyes e instituciones republicanas— sus focos de
irradiación y combatiendo sus mecanismos de propaganda y difusión de odio,
mentiras, pánico moral y negacionismos.
Existen
bolsonaristas con trastornos psiquiátricos y bolsonaristas normotípicos; la
cuestión es que ambos se adhirieron al movimiento de masas fascista y se
trasladaron al universo paralelo creado para mantenerlos cohesionados. Más allá
de estos dos grupos, existen obviamente los canallas perversos: aquellos que
lideran el movimiento o que han logrado obtener estatus o beneficios económicos
de él. Son quienes, deliberadamente, crean este universo paralelo y —aun sin
creer en él— lo mantienen vivo por conveniencia.
El
bolsonarismo, por tanto, no es un asunto que competa a la psiquiatría o a la
psicología. El problema del bolsonarismo es que es fascista; por tanto, es el
fascismo lo que debemos combatir con el rigor de la ley y la fuerza de las
instituciones republicanas, empezando por sus líderes, los agitadores fascistas
y sus discursos. Los delirios son tolerables y tratables, y las personas con
trastornos psiquiátricos merecen cuidados y acogida; sin embargo, ante el
fascismo, la única medida posible es derrotarlo y derribarlo. El fascismo no
tiene cura porque no es una enfermedad. El fascismo es el mal social radical.
Hasta aquí Rita Almeida.
La célebre frase «No, las masas no fueron
engañadas, ellas desearon el fascismo» pertenece al libro El Anti-Edipo (1972),
escrito conjuntamente por el filósofo Gilles Deleuze y el psicoanalista Félix
Guattari. Con esta afirmación, los autores conmovieron la filosofía política al
plantear que la opresión social no se sostiene por ignorancia o manipulación
mediática, sino por una inversión real y profunda del propio deseo en las
estructuras de poder.
Para comprender esta tesis, Deleuze y Guattari
se basan en dos pilares fundamentales:
1. La herencia de Spinoza y Wilhelm Reich
Los autores retoman una pregunta clásica
formulada originalmente por el filósofo Baruch Spinoza y recuperada en el siglo
XX por el psicoanalista Wilhelm Reich: «¿Por qué combaten los hombres por su
servidumbre como si se tratase de su salvación?».
Reich explicaba que el fascismo no triunfó
simplemente porque Hitler o Mussolini engañaran a la población con mentiras o
propaganda exterior. El verdadero problema a explicar es la perversión del
deseo gregario: cómo las personas llegaron a desear y exigir activamente una
estructura autoritaria que las oprimía.
2. El deseo como producción real
A diferencia del psicoanálisis tradicional de
Sigmund Freud (que ve el deseo como una "falta" o una fantasía
teatral e interna), Deleuze y Guattari afirman en El Anti-Edipo que el deseo es
una fábrica: produce realidad.
• No existe una separación entre lo que
deseamos en nuestra vida privada y cómo funciona la economía o la política.
• Por lo tanto, el sometimiento social, el
conservadurismo y el fascismo se internalizan. Las personas pueden llegar a
encontrar goce inconsciente en la jerarquía, la sumisión, el orden estricto y
la represión de los demás (y de sí mismos).
Implicaciones políticas
Al descartar la idea del simple
"engaño", Deleuze y Guattari desplazan el eje de la lucha política.
Si el pueblo estuviera meramente engañado, bastaría con "darles
información" o "hacerles tomar conciencia" para liberarlos. Sin
embargo, dado que el problema está arraigado en la producción deseante, la
verdadera transformación requiere un esquizoanálisis: liberar el deseo de los
moldes familiares y estatales para construir nuevas formas de organización y
líneas de fuga colectivas.
El problema fundamental de la filosofía política sigue siendo
el que Spinoza supo plantear (y que Reich redescubrió): «¿Por qué combaten los
hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?» (aquí es
necesario recordar el Discurso sobre la servidumbre voluntaria , la obra más
célebre de Étienne de La Boétie es un ensayo político
fundacional de la crítica antiautoritaria que analiza por qué los pueblos
aceptan la tiranía. Redactado cuando el autor tenía apenas 18
años (alrededor de 1548), el texto no fue
publicado hasta 1576, póstumamente, gracias a la
gestión de su íntimo amigo Michel de Montaigne. La
tesis central de la obra sostiene que el poder del tirano no reside en su fuerza,
sino en el consentimiento voluntario de los súbditos,
quienes, por costumbre y pasividad, permiten su propia servidumbre.
Como
dice Reich, lo sorprendente no es que la gente robe, o que haga huelgas; lo
sorprendente es que los hambrientos no roben siempre y que los explotados no
estén siempre en huelga. ¿Por qué soportan los hombres desde siglos la
explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo
para los demás, sino también para sí mismos? Nunca Reich fue mejor pensador que
cuando rehúsa invocar un desconocimiento o una ilusión de las masas para
explicar el fascismo, y cuando pide una explicación a partir del deseo, en
términos de deseo: no, las masas no fueron engañadas, ellas desearon el
fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo
que precisa explicación, esta perversión del deseo gregario.
Desde Rosario- Militante Social

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