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viernes, 7 de agosto de 2026

PENSANDO EN CAMBIAR (2) - PEDRO RODRIGUEZ - Militante Social

 

PENSANDO EN CAMBIAR (2)


En la columna anterior planteamos que LA EXPLOTACIÓN LABORAL -entendida como la apropiación de la plusvalía por parte del capital- y LA TENDENCIA A LA CONCENTRACIÓN DEL CAPITAL -lo que Marx llamó la "ley de la centralización capitalista", conforman la histórica contradicción fundamental de este sistema, la existente entre capital y trabajo. Tal vez alguien no haya percibido esto: todas las políticas pensables y practicables, TODAS, sin importar qué ideas las sostengan, operan obligadamente sobre esta contradicción, a favor de uno u otro de sus polos. Comenzamos entonces planteando:

 

(I.) La reconfiguración del trabajo

#1.1. La democratización de los medios de producción

# 1.2. La reducción de la jornada y la redistribución del tiempo

# 1.3. La renta básica universal como desanclaje

Hoy intentaremos pensar:

(2.)  La transformación de la propiedad y la circulación del capital

### 2.1. Impuestos al capital y patrimonio: romper el ciclo de acumulación

La concentración del capital no es inevitable si se interviene activamente en el ciclo de acumulación. Piketty demostró empíricamente que cuando la tasa de rendimiento del capital (r) supera la tasa de crecimiento económico (g), la desigualdad se amplía automáticamente. Romper esta dinámica requiere una fiscalidad agresiva sobre el capital.

 

Un impuesto global al patrimonio —progresivo, con tasas que escalen desde el 1% hasta el 10% o más para las fortunas más grandes— es técnicamente viable y éticamente necesario. La evasión fiscal, que hoy constituye un sistema paralelo de extracción de recursos públicos, requiere medidas drásticas: eliminación de paraísos fiscales mediante sanciones comerciales, registro público de beneficiarios finales, y penalización criminal de la planificación fiscal agresiva.

 

Pero los impuestos no son solo recaudatorios: son herramientas de transformación estructural. Un impuesto a las transacciones financieras (la "tasa Tobin") desincentiva la especulación de corto plazo. Un impuesto a la herencia máximo (del 90% o más para fortunas extraordinarias) impide la reproducción intergeneracional de la desigualdad. Un impuesto al carbono con devolución progresiva redistribuye hacia los sectores populares mientras acelera la transición ecológica.

 

### 2.2. La democratización del crédito y la banca pública

El crédito es el oxígeno del capitalismo, pero su distribución está profundamente sesgada. Las grandes corporaciones acceden a financiamiento barato; los pequeños productores, las cooperativas y los proyectos comunitarios enfrentan tasas usureras o exclusión directa. La democratización del crédito pasa por una banca pública con mandato social: financiar la transición ecológica, la economía social, la vivienda digna, y la innovación orientada a necesidades colectivas.

 

La banca pública no debe replicar la lógica comercial. Debe operar con criterios de rentabilidad social, con transparencia radical, y con participación democrática en sus decisiones. Los bancos centrales, hoy capturados por la lógica financiera, deben ser reorientados hacia el pleno empleo, la estabilidad de precios de bienes esenciales, y la canalización del crédito hacia fines productivos y sociales.

 

### 2.3. La planificación democrática de las inversiones

El mercado no es el mejor asignador de recursos: lo demuestra la crisis climática, la obsolescencia programada, y la proliferación de bienes superfluos mientras persisten necesidades básicas insatisfechas. Una planificación democrática de las inversiones —no la planificación centralizada soviética, sino procesos participativos que combinen experticia técnica con deliberación ciudadana— puede reorientar la economía.

Esto no significa abolir el mercado, sino someterlo a criterios sociales y ecológicos. Sectores estratégicos (energía, agua, salud, educación, telecomunicaciones) deben ser gestionados como bienes comunes, con acceso universal garantizado. Las decisiones sobre inversión pública deben incorporar mecanismos de presupuesto participativo, donde las comunidades decidan directamente sobre parte del gasto. La planificación ecológica —la transición a energías renovables, la economía circular, la agricultura regenerativa— debe ser vinculante, no voluntaria.

 

Puede decirse que nuestro incipiente programa requiere de unas fuerzas populares que no se estarían expresando, cosa que no puede negarse, por supuesto. Pero nos preguntamos si acaso hay fuerza política alguna que esté intentando pensar alguna forma de programa que no esté, o bien haciendo seguidismo del capital monopolista, esto es, "obedeciendo a sus mandos naturales", la burguesía, o bien elaborando una revolución social y política que hoy no consigue arrancar adhesiones o simpatías. Hay, por supuesto, además un problema tal vez de mayor peso: El límite del Estado-nación y la necesidad de gobernanza económica mundial. Ninguna de las medidas anteriores puede funcionar plenamente si queda confinada al nivel nacional. El capital es global; la regulación, fragmentada. En la puja internacional es donde se produjeron las derrotas, parciales o totales, de los países que dieron en llamar "del socialismo real". Nombrando apenas los problemas más notorios, y como aún no terminamos nuestro análisis, dejamos en este punto y confiamos en continuar en la próxima columna, sin dejar de recordar que es la organización de nuestras fuerzas la única y exclusiva manera de conseguir su multiplicación para los logros futuros.

  

PEDRO RODRIGUEZ

Desde Rosario- Militante Social

 

 

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