RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

martes, 29 de junio de 2010

Los límites de la izquierda

Los límites de la izquierda

Andrés de Francisco

Hay logros sociales, políticos y constitucionales que sin duda se deben a la izquierda. El sufragio universal, conquistado o concedido, fue un logro de la izquierda y del movimiento obrero. Los derechos de huelga, reunión y manifestación, los sistemas de protección y seguridad social, los sistemas públicos de salud, los sistemas laicos de enseñanza obligatoria y gratuita, el derecho laboral favorable al factor trabajo. Todo este complejo sistema de derechos sociales y políticos es sin duda un logro de las fuerzas democráticas de la izquierda. Sin embargo, a la vez puede decirse que la izquierda ha sido derrotada.
Primero, porque esos logros están en franco retroceso tras tres décadas de durísima y eficaz ofensiva neoliberal, esto es, de desregulación, privatización y re-mercantilización de la vida social y económica que, naturalmente, afecta a unos países más que a otros. Y, como se puede comprobar a diario, la salida al gran crash del 98 y a la crisis sistémica subsiguiente se está saldando con un reajuste aun más duro en contra de las clases trabajadoras y de los sectores más vulnerables de la sociedad. Quedan muy lejos las medidas del laborista Clement Attlee quien, tras la II Guerra Mundial, nacionalizó el 20% de la economía británica, es decir, sus sectores estratégicos, y la axiología que informa las políticas públicas contemporáneas parece haber olvidado el célebre principio –freedom from want- que guiaba el informe Beveridge de 1942. Muy lejos de aquella audacia está la voluntad política de los representantes de la izquierda
institucional de hoy. Pero la izquierda ha sido derrotada, en segundo lugar, como movimiento socialista, como ese conjunto de fuerzas revolucionarias y/o reformistas dispuestas a superar, destruir o enterrar el capitalismo, en beneficio de un modo de producción más eficiente y racional, y de un modelo social basado en la justicia y la igualdad. Como si del negativo de esa utopía se tratara, lo que tenemos ante nuestros ojos es una globalización grancapitalista con todo su espectáculo de miseria moral y material, de injusticia, corrupción y desenfreno, con todos sus fetichismos de la riqueza y el lujo, con su ética individualista del consumo irresponsable, con su frívola superficialidad posmoderna, etc.
Se trata de una derrota con profundas raíces históricas que a mi entender tiene tres episodios cruciales. Primero, la reacción fascista que siguió al fracaso revolucionario de la socialdemocracia europea en los años 20 del siglo pasado y que tuvo por misión, en parte cumplida, la destrucción del movimiento obrero y su cultura organizativa. Segundo, el estalinismo, que no sólo purgó criminalmente a la generación que hizo la revolución, sino que también arrebató la autonomía de los partidos comunistas europeo-occidentales, quebró su independencia intelectual, cercenó su creatividad y los empobreció moralmente. Tercero, el propio desarrollo del capitalismo tardío trajo consigo un conjunto de transformaciones tanto en la estructura de clases –diferenciando a las fuerzas del trabajo, eliminando la centralidad de la vieja clase obrera industrial y terciarizando la economía- como en el plano cultural –con el giro posmoderno- y el
político –con la aparición de nuevos movimientos sociales con nuevas agendas políticas (igualdad de género, derechos de las minorías, o protección del medioambiente). Con sus mejores hombres y mujeres purgados, destruidas sus gloriosas tradiciones organizativas, descentrada su base social, faltos de autonomía y creatividad (tras refugiarse en la Realpolitik estalinista y en las tristes simplificaciones de la guerra fría), y para colmo desconcertados con la propia complejidad del capitalismo de la gran corporación…; con todos esos lastres a sus espaldas, la izquierda europea, sin verdadera implantación social, con direcciones aburguesadas y retóricas pseudorrevolucionarias, a la que el mismo Mayo del 68 pilló desprevenida, no estaba preparada para hacer frente a la tenaz ofensiva contra la democracia y la ciudadanía desatada en el último tercio del siglo XX.
Contra la democracia y la ciudadanía, en efecto, porque esa ofensiva ha impuesto un perfil netamente oligárquico en la estructura del poder social y porque, en esa misma medida, ha desfigurado por completo el principio de soberanía popular. A mi entender, a ello han contribuido decisivamente al menos los siguientes desarrollos:
1) La oligopolízación de los mercados, que supone una quiebra del principio (en alguna medida democrático) de soberanía del consumidor. En un mercado de competencia no oligopólica, los consumidores fijan los precios conformando una demanda agregada y en esa medida son soberanos. En los mercados oligopólicos, las grandes corporaciones imponen los precios al consumidor limitando la competencia entre productores y controlando la oferta. Un mercado muy importante para la cultura democrática es el de la información y la comunicación. Pues bien, se trata de un mercado altamente concentrado. Jerry Mander, de hecho, estima que 7 grandes corporaciones1 se reparten el control del 70% de los media mundiales, lo que incluye televisión, satélites, agencias de información, sistemas de cable, revistas, diarios, edición de libros, producción cinematográfica e internet. Esto significa que una exigua minoría tiene el enorme poder de influir en –y
manipular- los contenidos de conciencia y el pensamiento de miles de millones de habitantes del planeta. La fuerte oligopolización del mercado mundial de la comunicación y el control de la oferta informativa suponen que la sociedad civil carece en buena medida de una opinión pública propia, autónoma, plural y críticamente formada, y que es llevada a pensar y saber lo que conviene a las élites del poder.2 La manipulación que sufrió la opinión pública mundial en la última guerra de Irak no es más que un ejemplo. Es verdad que hay redes, circuitos y grupos alternativos –en internet y fuera de ella- que conforman espacios de comunicación resistentes al proceso de homogeneización cultural vigente, pero su influencia real es muy limitada, si observamos, por ejemplo, que el americano medio ve 30.000 anuncios publicitarios al año o que el japonés medio se sienta ante el televisor 4 horas y media diarias.
2) La trasnacionalización corporativa que, entre otras muchas cosas, permite la opacidad contable de las operaciones entre empresas matrices y filiales, y supone la quiebra del principio democrático de la accountability. Tanto fiscal como financieramente, las grandes corporaciones trasnacionales escapan al control de los Estados y de cualesquiera organismos reguladores: la reciente crisis económica mundial es fuertemente deudora de esa impunidad con la que los altos directivos de tantas grandes empresas camuflaron sus malabarismos contables, especularon con productos financieros de altísimo riesgo y ocultaron su irresponsabilidad –y sus robos- tras una falsa pantalla de sedicentes ingenierías de inversión creativa. La fuerte financiarización de la economía global no ha hecho más que agravar estos de por sí ya graves problemas del capitalismo tardío.
3) La colonización del Estado, lograda por medio de los numerosos puentes de ida y vuelta entre los consejos de dirección de las grandes empresas o grupos financieros y los gobiernos, o lograda mediante amenazas de desinversión o deslocaliación de las multinacionales, o mediante presiones especulativas de mercados fuertemente controlados por potentes grupos de inversión. A esa colonización del Estado contribuye en paralelo el conjunto variable de mecanismos contramayoritarios de los sistemas representativos modernos, desde el veto presidencial o el bicameralismo hasta los sistemas electorales no proporcionales o sesgados para excluir a las minorías antisistema o más radicales, pasando por la marcada oligarquización de las estructuras de poder en los partidos políticos. Todo ello hace que el gobierno del Estado sobre-represente los intereses del dinero y la riqueza (los moneyed interests), mientras que los intereses de las mayorías trabajadoras
y/o desempleadas –base social de la democracia- quedan sub-representados, diferidos, marginados o silenciados.
4) El sometimiento de pueblos enteros a través del mecanismo de la (re)negociación asimétrica de la deuda externa de los países. En todo el mundo, pero sobre todo en los países más pobres y endeudados, las instituciones de la gobernanza neoliberal (FMI, Banco Mundial, etc.) han impuesto condiciones salvajes –recortes sociales, privatizaciones, desinversiones- para la concesión de nuevos empréstitos, condiciones que han empobrecido aún más a esos pueblos atándolos por el cuello a la soga de una deuda externa creciente que sólo enriquece a los países y entidades acreedores. En el mundo griego antiguo, antes de las primeras reformas democráticas de Solón, a uno se le podía esclavizar si no saldaba sus deudas. En el mundo contemporáneo la deuda externa es la principal causa de que muchos países vean dramáticamente condicionada su soberanía nacional.
5) Finalmente, la geopolítica (neo)imperialista, militarmente sostenida, de las grandes potencias para el control y apropiación de las principales fuentes de energía y recursos –vegetales, hídricos, minerales o alimentarios- así como las principales rutas comerciales desde los países productores (muchos subdesarrollados) hacia los países ricos del hemisferio norte. El imperialismo no lo ha inventado el capitalismo, huelga decirlo. Antes bien, es el modus operandi histórico de los Estados fuertes, al margen del régimen político: la democracia ateniense fue imperialista, como lo fue la república romana, como lo han sido tantas y tantas tiranías. Sencillamente, las potencias capitalistas –con EE.UU a la cabeza- no se han quedado atrás, han continuado valiéndose de esa vieja lógica del poder, y el resultado ha sido el mismo de siempre: el expolio y la desposesión de los legítimos propietarios de esos recursos vitales, con la
colaboración infame y servil de las oligarquías locales: otra batalla más ganada a la soberanía nacional de numerosos países.
Este ataque multilateral a la democracia ha tenido por consecuencia que los grupos (o países o pueblos), más pobres y vulnerables (y mayoritarios), masas ingentes de trabajadores o desempleados, tengan menos libertad, menos libertad de la opresión y menos libertad de la privación. Son menos soberanos como miembros del cuerpo cívico –del que muchos van quedando de facto excluidos- y viven más a merced de las decisiones de minoritarios pero muy poderosos grupos de interés. Desapoderadas política y socialmente, las mayorías que viven –o aspiran a vivir- de su trabajo quedan crecientemente expuestas a la amenaza terrible de la privación y la escasez. Este proceso multilateral y multinivel de oligarquización tiene –conviene subrayarlo- una terrible consecuencia: el paralelo deterioro de la cohesión social. En efecto, por la vía de la creciente concentración de la riqueza los índices de desigualdad se disparan hasta dar en la polarización
social. Las clases medias se proletarizan, las clases obreras se empobrecen y precarizan, crecen las bolsas de marginación y exclusión, aumenta el miedo, la inseguridad y la desconfianza interpersonal.3 El vínculo societario se debilita, se exacerba el oportunismo y cunde el resentimiento de los más desfavorecidos hacia una sociedad que les da la espalda. Al final, rotos los lazos de unión entre el bien público y el privado, ya nadie cree en la sociedad como un proyecto compartido y cohesionado de cooperación social.


La libertad como eje irrenunciable de la izquierda

El diagnóstico anterior se asienta en una idea central: la libertad de los muchos es la gran víctima del proceso de globalización grancapitalista desatado en estas últimas décadas de ofensiva neoliberal. He insistido en esa idea porque, aunque a menudo se olvide, y es penoso tener que recordarlo, si el pensamiento de la izquierda ha tenido un eje central y prioritario, éste ha sido el de la libertad. La izquierda, en efecto, tanto en su gran matriz socialdemócrata clásica como en su vertiente anarquista, no ha tenido otra utopía que la de una sociedad emancipada, esto es, una sociedad de hombres y mujeres libres, libres de la opresión y libres de la necesidad. Sea dicho al paso que ambas formas de libertad negativa no son independientes. Marx, por ejemplo, creía firmemente que la libertad de la opresión sólo se alcanzaría una vez superadas las servidumbres de la necesidad. Pensamiento, sin duda, profundo, que tiene profundas raíces
clásicas. Sea como fuere, y dejando de lado ahora estas y otras sutilezas de la libertad, sí quisiera llamar la atención sobre su importancia, sobre su centralidad para la utopía de la izquierda. ¿Por qué es tan prioritaria y urgente la libertad? ¿Por qué no puede la izquierda renunciar a ella? El más sabio de los locos jamás imaginado dice de la libertad que “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; [que] con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”.4
¿Tiene razón Cervantes? ¿Por qué? Tiene razón, a mi entender, porque la libertad es la condición de la vida auténtica, esto es, de una vida basada en actividades y quehaceres queridos por ellos mismos. Dicho de otra forma, la libertad es la condición de la autorrealización individual y del desarrollo personal. Una vida impuesta por la voluntad ajena es una vida amputada y subalterna, expuesta siempre a la arbitrariedad del poder, una vida –como bien sabía Montesquieu- marcada por el miedo y el silencio. A fuerza de temer, callar y consentir, el hombre sin libertad aprende a renunciar a sí mismo, esto es, a hacer aquello que le permitiría realizar su potencial creativo. El horizonte vital de las personas está lleno de posibilidades, pero la vida real se va tejiendo a base de decisiones y de no-decisiones, de acciones y de no-acciones. La falta de libertad restringe y angosta ese horizonte vital: acota las decisiones y acciones en ámbitos
de dominación –son acciones y decisiones forzadas- y desplaza al mundo imaginario de las no-decisiones y las no-acciones lo que el individuo haría por sí mismo, de buena gana, voluntariamente. La falta de libertad nos obliga a renunciar a lo que nos haría felices o apetecería y a hacer lo que a otros hace felices o apetece. Por eso, repito con nuestro hidalgo universal, la libertad “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.
Que la izquierda ha olvidado su compromiso central con la libertad ha quedado testimoniado en muchas ocasiones. Todavía causa rubor recordar las torpes justificaciones del estalinismo en nombre de no se sabe qué baremos de igualdad o qué conjunto de necesidades básicas (como si la libertad no fuera la primera necesidad básica…). La revolución cubana es admirable en muchos sentidos, sin duda: lo es por sus logros sociales, por su diplomacia, por su solidaridad internacional, por su resistencia tenaz y a menudo heroica ante un largo historial de intentos de desestabilización desde fuera. Pero sorprende que buena parte de la izquierda no se atreva a criticar la falta de libertades del pueblo cubano (y se conforme con justificaciones contextualistas, que no dan tanto de sí, por importante que sea el bloqueo norteamericano).5 Y en la misma línea, prefieren ignorar la deriva cesarista de la revolución bolivariana en Venezuela6 o el peligro
totalitario que encierran los “derechos colectivos” que nutren parte de la nueva marea nacionalista. Un autor tan sofisticado como Gerald Cohen, uno de los padres del llamado marxismo analítico y emblema de la izquierda académica contemporánea, no hace mucho que situaba los valores de la comunidad y la igualdad en la base de la utopía socialista7 con el ostensible olvido de la libertad. Sin duda, ellos son valores importantes, pero no conviene olvidar que buena parte de los afanes de la izquierda moderna consistieron también en liberar a la sociedad del yugo comunitario de la sociedad tradicional. O que el principio comunista de distribución pensado por Marx, “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”, no es un principio igualitarista de distribución sino un criterio de solidaridad basado en el altruismo incondicional y la reciprocidad generalizada. En cualquier caso, una comunidad igualitaria sin libertades
individuales parece más bien una contrautopía.
La consecuencia de este olvido de la libertad no es sólo la preocupante disociación entre libertad e igualdad sino una suerte de distribución de valores entre izquierda y derecha, por la cual distribución la libertad sería el principal valor de la derecha y la igualdad el de la izquierda. Así las cosas, no es de extrañar que gran parte de la filosofía política contemporánea se haya entregado –y en buena medida extraviado- en un complicado debate –en alguna medida estéril y bizantino- sobre la métrica de la igualdad, desde que Amartya Sen lanzara su célebre pregunta “¿Igualdad de qué?”.8 Es curioso constatar que de toda la batería de métricas propuestas –los recursos, las oportunidades, las capacidades, los funcionamientos- a nadie se le ocurriera proponer directamente la que siempre ha estado en la agenda republicano-democrática radical de la izquierda histórica, a saber, la libertad misma, y hacer de la igual libertad (la
aequa libertas) el ideal a analizar.
Sea como fuere, la igual libertad –como decía antes- ha sido el eje central del proyecto emancipatorio de la izquierda histórica. Obviamente, no cualquier libertad, sino esencialmente la igual libertad de la opresión y la necesidad. La sociedad emancipada sería así una comunidad política (es decir, una sociedad de ciudadanos activos) en la que no hay dominadores ni dominados, sino sólo hombres y mujeres igualmente libres, con las condiciones políticamente garantizadas para desarrollar una vida digna y realizarse a sí mismos. La igual libertad de la opresión y la necesidad no exige que seamos iguales en muchos otros aspectos. No exige la igualdad de recursos, ni tampoco la igualdad de capacidades o funcionamientos. Pretender semejante igualdad sería un ejercicio absurdo y condenado al fracaso. Lo que exige la igual libertad de la opresión/necesidad son niveles de suficiencia material, garantías constitucionales y, como veremos, también
límites institucionales; exige que todos tengamos un nivel suficiente de recursos, bienes e ingresos, un nivel suficiente de garantías frente a la enfermedad, frente a los golpes del azar y la fortuna, frente a la intromisión, la extorsión o la discriminación, etc., y que todos respetemos ciertos límites social-republicanos al uso de determinados bienes primarios. Que todo ello supone atacar la desigualdad, ocioso es decirlo; por ejemplo, exige la igualdad de oportunidades o la igualdad jurídica.9 Pero sobre todo supone atacar la extrema desigualdad material, esto es, la polarización social, por la cual amplias masas de la población mundial se ven condenadas a la exclusión de todos esos recursos, oportunidades y garantías mínimos, y forzadas por ello a llevar una vida miserable y sometida. Todas las propuestas interesantes que se han venido proponiendo en los últimos años (tasa Tobin, incremento fiscal de un 2% a la décima parte más rica
del planeta, la renta básica de ciudadanía, la condonación de la deuda externa de los países más pobres) son medidas encaminadas a reducir o erradicar la extrema polarización del capitalismo contemporáneo, pero no tienen por objeto la igualdad como tal en ninguna de sus métricas convencionales.

Libertad y capitalismo

Armada con este principio normativo de la igual libertad de la opresión/necesidad, la izquierda, tanto la socialista de raíz republicano-democrática como la anarquista, ha sido y no puede dejar de ser una izquierda anticapitalista. Porque para esta izquierda, el capitalismo es un sistema de dominación social, es decir, un sistema donde una parte importante de la población –las clases subalternas- tiene seriamente cercenada su libertad, está sujeta a dominación, y vive –esto es- alienada. Y porque para esta izquierda el mercado capitalista es un sistema asimétrico de intercambio desigual entre grupos, pueblos y países, a resultas del cual los más vulnerables van quedando privados de sus medios de vida y desapoderados. La alienación es lo contrario de la libertad. Estar alienado, en efecto, significa ser alieni iuris, estar bajo la jurisdicción de otro, sometido a su voluntad. Para la izquierda la alienación está en el centro de la
realidad cotidiana del capitalismo así como la desalienación o la emancipación humana está en el centro de su utopía. A mi entender, la izquierda del futuro tiene que ser en esto perfectamente radical y afirmar su identidad anticapitalista. Luego diré en qué precisos sentidos.
Ahora bien, el capitalismo es resistente y combatirlo o hacerle frente implica reconocer muchas cosas, pero entre ellas las tres siguientes sobre las que no suele ya insistirse demasiado.
Primera: el capitalismo genera la ilusión de la libertad, esto es, la falsa conciencia por la cual la dominación real –no reconocida en muchos casos- es voluntaria y libremente aceptada por los que la padecen. El contrato de trabajo es un contrato formalmente libre, nadie me obliga a aceptarlo, no hago más que alquilar libremente mi fuerza de trabajo, que es mía. Y sin embargo, la empresa capitalista es un espacio de dominación donde el trabajador está sometido a la ajena jurisdicción, pese a, y a través de, la libertad formal del contrato. Se trata de una ilusión muy poderosa que no sólo oculta la coacción estructural que padecen en general las clases asalariadas, unas más que otras, sino que se integra en otras propiedades del sistema capitalista como su alta complejidad, su desarrollada división del trabajo y sobre todo en la competencia generalizada, y es reforzada por ellas. Cuando uno compite en un sistema complejo, diferenciado y
abierto, simplemente para ganarse la vida o prosperar, tenderá a pensar que sus logros y sus fracasos se los debe exclusivamente a su propio mérito y a su esfuerzo personal. Y comoquiera que eso del esfuerzo y el mérito son hechos reales, que efectivamente cuentan y retribuyen, el individuo tenderá a creerse íntegramente responsable de su destino social, plenamente dueño de sus propias decisiones y, por responsable, libre.
Segunda: el hecho de la competencia universal unido a la mencionada ilusión de la libertad genera una nueva ilusión, la del individualismo idiótico o apolítico, esto es, la ilusión según la cual los problemas de los individuos tienen una solución puramente individual, no colectiva. Este individualismo hay que entenderlo dinámica o dialécticamente en el siguiente sentido: crece y decrece según crezca o decrezca la capacidad de autoorganización política de las propias fuerzas anticapitalistas. Así, por ejemplo, la atomización social de la sociedad-masa del capitalismo globalizado contemporáneo ha facilitado enormemente la ofensiva neoliberal de las últimas tres décadas que, a su vez, ha dado un giro de tuerca a esa misma atomización. Sin organización no hay resistencia colectiva, sin resistencia las élites en el poder imponen su criterio. En décadas pasadas solía hablarse del “sujeto revolucionario” y hubo grandes debates sobre si
la clase obrera había dejado de serlo y sobre si había otro sujeto en la recámara para sustituirlo. A mi entender, nunca hubo un sujeto revolucionario, al menos si por tal entendemos un ente colectivo hecho y acabado, que camina cual gigante pisoteando las contradicciones del sistema y dispuesto a sacarse de su enorme chistera la nueva y feliz sociedad. No hace falta haber leído a F. Engels o a E.P. Thompson para saber que ese “sujeto” siempre fue un movimiento frágil y fluido, que hubo de formarse y construirse políticamente y que siempre fue vulnerable a sus propias tensiones internas y a todo tipo de estrategias externas de división. Y, desde luego, justo es decir en honor a la verdad que fue un gran mérito de sus dirigentes y bases que el movimiento obrero del XIX alcanzara tal punto de autoorganización y autoconciencia política que llegara a plantar cara al poder social y político de la burguesía del XIX y aun del siglo XX. Pero,
insisto, ese “sujeto” no existe sino que está siempre por construir. Ahora, más lábil y evanescente que nunca, también. Sin olvidar –conviene subrayarlo- que el individualismo idiótico y la ilusión de la libertad son dos de los principales obstáculos en el camino de esa tarea de arquitectura política y de reorganización de las fuerzas de la izquierda. Pero hay más.
Tercera: no todo es alineación y dominación en el capitalismo, lo cual, por más que salte a la vista, tampoco suele reconocerlo el pensamiento de la izquierda. Pero lo cierto es que el capitalismo genera muchos espacios de libertad real. Ese mismo trabajador precario y servil en su puesto de trabajo se siente libre en otras muchas facetas de su vida: elige, compra, decide, vota, opina, piensa, lee, habla, discute, sale, entra, va y viene… Tendrá miedo a quedarse sin trabajo, a no llegar a fin de mes; habrá muchas cosas que no podrá hacer, porque carecerá de los recursos necesarios... Todo eso es cierto y es grave, pero ese mismo trabajador precario no tiene miedo a que lo encarcelen sin ton ni son, a manifestar su opinión política, a movilizarse, a la policía secreta, al chivatazo de sus vecinos, a cambiar de fe, etc. En definitiva, hay muchos espacios no imaginarios sino reales de libertad negativa en el capitalismo, de cosas que uno puede
hacer sin impedimento externo, sin miedo a ser reprimido.
Y es que las sociedades capitalistas no son sólo capitalistas. Son también sociedades plurales, abiertas, diferenciadas: en definitiva, modernas. Y aunque el capitalismo –como régimen de propiedad y dominación- es compatible con sistemas cerrados y dictatoriales, lo es aún más con sistemas representativos y parlamentarios con garantías jurídico-constitucionales a los derechos de libertad individual. Con ello no hago más que constatar la evidencia histórica, a saber que modernidad y capitalismo han ido de la mano y se han alimentado mutuamente.

El eje de la modernidad

Llegados a este punto, quisiera preguntar lo siguiente. Si la izquierda es anticapitalista ¿acaso ha de ser también antimoderna y renunciar al proyecto emancipatorio que la modernidad sin duda encierra? Si, por el contrario, la izquierda sigue apostando por la modernidad, ¿debe encontrar algún acomodo con el capitalismo?

La modernidad es una realidad histórica pero también es un proyecto político-social basado en la libertad. Supone la emancipación, para empezar, de la ignorancia –recordemos el sapere aude de Kant, el gran filósofo de la modernidad: ¡“atrévete a saber”!-, y abre de par en par las puertas del conocimiento: ya no hay castas sacerdotales “letratenientes” ni biblias en latín que nadie entiende. La modernidad promete también la emancipación del yugo comunitario, del estrecho cerco de sus necesidades básicas, de la tiranía del nacimiento y la sangre, de la jerarquía social heredada y la limitación corporativa, de la estrechez aldeana de miras y de las ataduras de la tradición. Rotas todas esas cadenas, queda el individuo casi desnudo e ilimitado, solo ante sí, ante un horizonte de posibilidades de autodespliegue y autocreación, de autodesarrollo y autorrealización. Queda el individuo moderno, con su alma fáustica, dispuesto a
experimentarlo todo, a conocerlo todo, a apropiárselo todo, a traspasar barreras sociales y ascender hasta lo más alto, a transformar indefinidamente el mundo –a desarrollarlo- para plegarlo a sus crecientes, ilimitadas, siempre nuevas, necesidades.10 ¿Está dispuesta la izquierda a retroceder en ese camino, a volver a encadenar la libertad individual, a cercenar las posibilidades de autodespliegue del individuo? ¿O sigue asumiendo la izquierda el proyecto emancipatorio moderno, sin reparos, pese a sus contradicciones? ¿Debe la izquierda encontrar límites y ponerle bridas a la modernidad?
Yo creo que sí, que la izquierda debe ser crítica con la modernidad y encontrarle esos límites, pues de lo contrario la modernidad misma se autodestruye. Como ya dramatizó Goethe, hay en ese afán del hombre moderno por experimentar el mundo y desarrollarlo a su antojo un elemento diabólico. El desarrollismo moderno, en efecto, desata fuerzas que pronto escapan al control humano y en su impulso creativo arrasan con lo que encuentran a su paso. No sólo destruyen así, sin piedad, la inocencia de un mundo ya perdido que sólo aspiraba a su reproducción simple sino que pierden de vista la escala humana de la misma dinámica social y acaban por crear mundos artificiales, feos y disfuncionales, en los que no se puede vivir, pero que les son impuestos a poblaciones enteras inmoladas en el altar de los pingües beneficios de las grandes corporaciones y/o de los delirios de grandeza de gobernantes estúpidos y venales.

Mas, ¿cuáles han de ser esos límites? ¿Cómo y dónde echar el freno?
A mi entender, sin renunciar al proyecto emancipatorio de la modernidad, la izquierda ha de buscar dos tipos de límites: límites cívicos al individualismo y límites ecológicos al desarrollismo. Va de suyo que limitar algo no significa destruirlo. Antes al contrario, a veces la mejor manera de conservar algo es impedir, limitando sus manifestaciones, que crezca hasta volverse autodestructivo. El individualismo moderno tiene dimensiones maravillosas a las que no podemos renunciar. Tampoco sería razonable renunciar a lo que es constitutivo de la naturaleza humana, su creatividad transformadora y constructiva de mundos artificiales. El problema central de la modernidad es el desenfreno, esto es, la falta de límite del individualismo desarrollista. Así, pues, empezando por el primer tipo de límites, tarea de la izquierda es recuperar cosas que la modernidad parece haber olvidado, a saber: la obligación social frente al oportunismo individualista, el
deber cívico frente a la desafección y el cinismo, la virtud frente a la idioteia y el narcisismo, en fin, el compromiso y la responsabilidad frente al nihilismo subyacente a la propia modernidad. En resumidas cuentas, la izquierda debería combatir el desenfrenado individualismo reinante, con todos sus fantasmas, y reclamar la presencia del ciudadano y su mirada política, la que apunta al bien público y no sólo al interés privado, la que deriva en acción política visible y democrática y desconfía de las manos invisibles y los mecanismos espontáneos de coordinación social tan caros al liberalismo económico, la que es capaz de controlar al poder político participando en la cosa pública en lugar de replegarse en una privacidad silenciosa y conformista. La cuestión es cómo: ¿cómo devolver el protagonismo al ciudadano y ponerlo en el centro de la vida pública, máxime cuando el capitalismo, de la mano de la competencia y sus libertades
negativas, genera la ilusión –y la patología- del individualismo idiótico?
Además, ¿de qué ciudadano debemos hablar en el siglo XXI? Ciudadano viene de ciudad y, aunque no se advierte demasiado, es lo cierto que la globalización está suponiendo la remunicipalización del planeta. Mas la nueva centralidad de las ciudades no es la de la antigüedad mediterránea, ni la de Medievo, en las que resurge y se transforma el viejo ideal republicano de ciudadanía forjado por Grecia y Roma. Es más bien un escenario de gigantismo municipal, de megaciudades-región a una escala desconocida en el registro histórico. ¿Qué piensa la izquierda de este proceso de hiperconcentración urbana? ¿Tiene la izquierda un modelo de megacuidades-región para el siglo XXI? ¿Cuál es su modelo de desarrollo urbano? ¿Está más cerca del de un Robert Moses en Nueva York o de su gran oponente, la Jane Jacobs que defendía la barriada con todo su caudal de capital social? ¿Está por el hormigón o por la calle de nuestra infancia y la tienda de
la esquina? ¿Apuesta por la velocidad de la vía rápida o por la comunidad y la cercanía del vecino? ¿Cómo devolver la escala humana al desarrollismo heredado? Por otro lado, hoy más que nunca el mundo es un sistema complejísimo de interdependencias globales, hasta tal punto que ya no se puede hablar de espacios públicos locales. Al contrario, muchos de los problemas locales son en realidad derivaciones de un espacio público planetario y por lo tanto sólo admiten soluciones globales. Esta aldea global parece reclamar más que nunca ciudadanos del mundo capaces de hacer suyos problemas de toda la humanidad. Éste es, sin duda, otro de los grandes retos de la izquierda: vertebrar una ciudadanía planetaria, cosmopolita, construir una sociedad civil transnacional capaz de hacer frente al proceso creciente de concentración oligopólica del poder económico a escala mundial y de armar la necesaria contra-hegemonía en el seno de la opinión
pública global. Tarea sin duda de dimensiones titánicas.

Ahora bien, ese ciudadano de nuevo cuño, si ha de cobrar el debido protagonismo, no sólo debe cuidarse de la ciudad, esto es, del espacio público-político, por amplio que sea. En realidad, y vamos al segundo tipo de límites –los ecológicos-, la ciudad y la política tienen su alteridad. A eso que está más allá (o más acá) de la política los griegos lo llamaban physis. Las leyes de la ciudad constituían el nomos frente a las leyes de la naturaleza que constituían la physis. Esta dicotomía sigue vigente, por supuesto, y conviene decir que la naturaleza no sólo es el suelo sobre el que el hombre ha construido su mundo social. Al hacerlo, además, el hombre no ha dejado de transformar la naturaleza para adaptarla a sus necesidades. A decir verdad, no pudo ser de otra forma: la ciencia y la técnica son los colmillos y las garras con las que hemos aprendido a sobrevivir como especie. Pero de la misma manera que el mal ciudadano –el
idiotés- explota y corrompe a su ciudad, se beneficia de forma oportunista del sacrificio de otros, también el homo faber ha llegado a sacrificar el esfuerzo de millones de años de dura selección natural a proyectos miopes de desarrollo repletos de efectos perversos a menudo irreversibles. La racionalidad instrumental sin la cual el hombre no se entiende a sí mismo se ha vuelto contra el propio hombre y ha levantado una devastadora lógica de la dominación que amenaza la viabilidad misma de la especie.
No cabe duda: hoy ya no podemos seguir viendo la naturaleza sólo con los ojos fríos y desencantados –modernos- de la ciencia y la técnica. Me atrevería a decir –y ello es urgente- que hay que volver a ungir a la naturaleza de misterio, de magia, de religiosidad. Y descubrir un nuevo modo –si se quiere, poético- de mirarla y relacionarse con ella. La biología evolucionaria puede explicar la precisa funcionalidad de un órgano, pero no la belleza del organismo. El árbol produce oxígeno, pero esa utilidad –vital para el hombre- no es la única justificación del árbol: además, es bello. Tal vez mirando a la naturaleza poéticamente –más allá de su utilidad y su función- seamos capaces de cultivar una verdadera conciencia ecológica. Como bien entendió Kant, el juicio estético es un juicio desinteresado; dicho de otra forma: cuando contemplamos la belleza en lo último que pensamos es en aprovecharnos de ella. Al contrario, la
queremos por ella misma y deseamos que se quede intacta, tal como está, eternamente, pues cualquier intromisión o modificación la destruiría. Pese a las críticas de Nietzsche, tan influyentes, creo que Kant estaba en lo cierto al desligar el gusto por lo bello del interés de la voluntad.11 Y desde luego, mirando a la naturaleza no sólo como el resultado ciego y acumulativo del azar y la necesidad o como materia y energía susceptibles de ser utilizadas en nuestro beneficio, sino además como obra de arte, le devolveremos el “aura” que la ciencia y la técnica le han arrebatado, captaremos su absoluta singularidad y –como querría Benjamin- la contemplaremos como la “manifestación irrepetible de una lejanía”.12 Sólo así, siempre a la distancia estética, podríamos hacerla objeto de culto, y estaríamos en mejor situación de preservarla. Sea como fuere, con una estética subyacente o sin ella, parece claro que si la globalización
pide ciudadanos del mundo y una cultura cosmopolita, ese concepto de mundo habrá de incluir al mundo natural, a la physis. La reconciliación no sólo debe ser la del hombre con su (cosmo)polis. Ha de ser más profunda: ha de ser también la del ciudadano con la tierra.

Cabe preguntarse, sin embargo, si el capitalismo es compatible con una estética contemplativa y con una verdadera conciencia ecológica. W. Sombart, en un texto memorable, expresaba elocuentemente sus dudas sobre la primera pregunta:

“la vida en un ambiente capitalista acostumbra al espíritu… a aquilatar también el valor de las cosas que se sitúan fuera de la esfera económica; esto quiere decir, a valorar las cosas y las personas midiéndolas con su valor pecuniario…De esta manera, respecto a las cosas se pierde el sentido de lo que sencillamente es bello sin más, de aquello que es solamente la perfección de la forma, es decir, el sentido artístico propiamente dicho, que ni se puede cuantificar ni pesar ni medir”.13

Así, sigue argumentando Sombart, el valor se convierte en precio, que es medible, la grandeza (greatness) se confunde con lo grande (bigness) y el éxito se ve reducido a riqueza contante y sonante: “Tener éxito –sigue diciendo- significa siempre adelantarse a otros, ser más, rendir más, tener más que otros, “ser más grande”. Por su naturaleza se valora más el éxito de aquel tipo que se puede expresar en números: es decir, la riqueza”.14 Esta filosofía cuantitativista no hace sino meterle presión competitiva al individuo, sacándolo de sí, e impide que rija su vida por el ideal de “la armonía de una personalidad centrada en sí misma”; bien al contrario, lo empuja a una vida de incesante autosuperación alimentada por una ambición “sin límite”.15 El espíritu del capitalismo no parece, pues, muy amigo de la contemplación estética; como diría Brecht, el hombre del capitalismo mira a la naturaleza con impaciencia.16
Pero hay más palos capitalistas –o modernistas- puestos en la rueda de la conciencia ecológica. En especial uno que tiene que ver ya no con las leyes de la economía sino con las de la energía. En efecto, la economía capitalista es un sistema termodinámico abierto basado en la masiva utilización de recursos no renovables y la no menos masiva emisión de residuos no reabsorbidos, sin cálculo alguno del llamado “coste físico de reposición”.17 Como tal sistema termodinámico, está sometido a la ley de la entropía y es temporalmente insostenible. Cualquier proyecto serio de reformas encaminadas a recuperar la sostenibilidad económica de nuestras sociedades industriales implicaría un cambio radical en el modo de vida occidental, basado en el confort y el consumismo, a su vez, basados en un acceso muy desigual a recursos limitados muy desigualmente apropiados y repartidos. Una reorientación ecológica de la economía moderna que tenga en
cuenta su dimensión física y termodinámica –en la tradición “bioeconómica” iniciada por el gran Georgescu-Roegen18- es tan necesaria como seguramente irrealizable pues supone la renuncia a las señas de identidad mismas de la civilización industrial capitalista. Y tal vez no estemos dispuestos a semejante sacrifico o no sepamos cómo ejecutarlo. Pese a la sobrecogedora ironía con que lo dice, tal vez tenga razón el propio Roegen:

“Quizá el destino del hombre sea tener una vida corta pero ardiente, excitante y extravagante en vez de una existencia larga, sosa y vegetativa. Dejemos que otras especies –las amebas, por ejemplo, que no tienen ambiciones espirituales- hereden una tierra todavía bañada por un sol abundante.”19


Límites social-republicanos a la propiedad

Si analizamos pues críticamente el capitalismo como modelo de desarrollo, con mirada estética o sin ella, se deduce la necesidad de una política de límites bioeconómicos al crecimiento. Es una cuestión de pura racionalidad estratégica global. Ahora bien, el capitalismo no es sólo un modelo de desarrollo; es también, ya lo sabemos, un modelo de dominación social que arraiga en la estructura de la propiedad, en sus esquemas de distribución asimétrica, en sus sistemas mercantilizados de intercambio y asignación, y en sus pautas de acumulación. Entre otras “grandes transformaciones”, lo que el capitalismo ha hecho a lo largo de su joven historia moderna y contemporánea ha sido mercantilizar –esto es, convertir en mercancía- determinados bienes primarios que –al menos desde una perspectiva republicana- son esenciales para construir una identidad cívica, para dotar –esto es- a la condición de ciudadanía de un contenido material
sustantivo. Son bienes cívico-constituyentes. Así ocurre, principalmente, con la vivienda, con el trabajo y con el capital mismo. En el capitalismo estos bienes han sido entregados al mercado y su uso apenas conoce límites a su enajenabilidad o a su acumulabilidad. Pues bien, una política anticapitalista de izquierdas, a mi juicio, debe buscar el modo de imponer justamente esos límites social-republicanos al uso de aquellos bienes, y desmercantilizarlos en la medida de lo razonablemente posible.20
La vivienda –el oikos- es un bien fundamental para la vida humana. Es el lugar de residencia, espacio de intimidad individual y familiar pero a la vez centro de gravedad de una geografía comunitaria donde el individuo construye sus vínculos vecinales más cercanos. En esa geografía está el barrio, el distrito, la circunscripción, y allí está la escuela, la asociación de vecinos, el mercado –el ágora-, la calle, la iglesia, el centro de salud, la agrupación del partido, etc. En esa geografía votamos, compramos, paseamos, charlamos, comentamos. La vivienda es la célula de ese pequeño pero complejo organismo social, y ha de quedar fijada, esto es, protegida de la esfera de la circulación comercial. La propiedad inmobiliaria consigue ese fin, dota de seguridad al individuo y hace a cada ciudadano un “demandante residual” de la riqueza comunitaria. Para el republicanismo, la vivienda tiene un significado cívico-político: significa un
espacio físico seguro en la comunidad, no una mercancía cuyo valor está definido en un mercado impersonal. Así, todos los programas orientados a restringir la acumulabilidad y la capitalización de la vivienda tiene un fundamento social-republicano: alquileres de renta limitada, propiedad inmobiliaria con limitaciones sobre las plusvalías, limitación de los derechos de los acreedores sobre la vivienda del deudor (si es primera residencia), incremento de la presión fiscal sobre segundas viviendas vacías y cerradas. Etc. Desde un punto de vista social-republicano, la vivienda es un bien primario, que ha de ser universalizable como bien seguro y protegido de las disolventes leyes del mercado inmobiliario, que dejan sin techo a los grupos económicamente más vulnerables e incrementan artificialmente los costes hipotecarios, en beneficio de unos pocos, de la población en su conjunto. El que cada ciudadano posea un lugar seguro de residencia no
puede depender sólo de un incierto y caprichoso mercado, o de los inciertos ingresos salariales de los ciudadanos, sino que tiene que implicar una activa política social-republicana de la vivienda.
Lo mismo ocurre con otros derechos de propiedad cruciales, cuales son los derechos de propiedad sobre el capital o sobre el trabajo. En efecto, hay formatos de empresa que congenian bien con los parámetros desmercantilizadores republicanos aquí propuestos. En concreto, la empresa cooperativa –ya se organice según el modelo yugoslavo o según el más flexible modelo Mondragón- impone restricciones decisivas a la acumulación y a la transferencia de activos o acciones por parte del miembro o socio, y también impone restricciones sobre el control y la distribución de beneficios residuales. Por lo común, el miembro de una cooperativa de producción ha de revender sus acciones a la empresa o dar a la empresa opciones de compra o derechos de veto o aprobación respecto de la transferencia de esas acciones. A su vez, los miembros y sólo los miembros son los demandantes residuales de las ganancias de la empresa, y nunca tienen una libertad irrestricta
para enajenar sus derechos de pertenencia. A cambio de esas restricciones, el trabajador está protegido de la explotación y dominación capitalista, y de las incertidumbres e inseguridades de un mercado de trabajo que puede llegar a ser cruel.
El trabajo asalariado mismo también puede entenderse desde esta filosofía social-republicana y considerarlo un bien fundamental del trabajador que debe estar protegido de la lógica disolvente del mercado. De hecho, toda la normativa sobre rescisión de contratos por “causa justificada” tiene su fundamento en esa filosofía. El empresario no tiene una libertad irrestricta para despedir al trabajador a su antojo. Los costes asociados al despido también son mecanismos social-republicanos de protección del trabajo como un bien con características cercanas a la propiedad. Lo mismo ocurre con la representación de los trabajadores y la posesión de derechos de voto en el comité de dirección de la empresa, cuando se da el caso. Entre la mercantilización plena de la relación salarial y su constitucionalización en sentido social-republicano como un derecho de propiedad sobre el trabajo hay un continuum cuya solución de continuidad está siempre
políticamente determinada según la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo, según el ciclo económico, según las políticas públicas de empleo, según el nivel de servicios asistenciales, etc. Es algo que estamos viviendo a diario.

La paradoja del argumento aquí defendido

Empezamos subrayando la centralidad para la izquierda del ideal de la libertad, y nos revolvimos contra su olvido. Sin embargo, según avanzaba el argumento, no hacíamos otra cosa que reclamar límites y más límites. La paradoja es que esos límites, en última instancia, son límites a la libertad individual, a la libertad de uso de determinados bienes, impidiendo por ejemplo venderlos o acumularlos o permitiéndolo bajo determinadas condiciones; límites al crecimiento, que sin duda supondrían innumerables cortapisas a la libertad de acción y elección. La restricción de la libertad individual en nombre de la propia libertad es una de las paradojas centrales de la teoría política republicana y toca cuestiones complejas como las de la naturaleza de la ley, la legitimidad democrática o el principio de soberanía. En este texto no hay ya lugar para desarrollar estos temas. Pero sí diré que la única salida posible a esta paradoja de la aequa
libertas está en el punto de equilibrio en el que una comunidad política decide democráticamente poner límites a su propia capacidad de limitar las libertades individuales. Ese punto de equilibrio es inestable, sí, pero la aproximación a él ha de ser uno de los desiderata fundamentales de toda comunidad democrática que se tome realmente en serio la igual libertad de todos. El ideal regulativo que ha de guiar la búsqueda de ese equilibrio no puede ser otro que el de la justicia social: la justicia guiará el ejercicio de la soberanía democrática, dará legitimidad al proceso legislativo y hará que la ley sea expresión de lo universal. Los clásicos hicieron de la justicia una de las cuatro virtudes cardinales; y Rawls la convierte en la primera virtud de la sociedad bien ordenada. El problema es que la justicia no está dada, sino que hay que construirla teóricamente, y hay tantos modelos de justicia como teorías de la justicia. Pues bien,
la izquierda debe entrar en ese debate y optar. Una pista: una de las teorías de la justicia más potentes y avanzadas jamás propuesta –la de John Rawls- da primacía a las libertades básicas, no cuenta los derechos de propiedad de los medios de producción entre dichas libertades básicas, y –un detalle no menor- es neta, manifiesta y radicalmente anticapitalista.
NOTAS

 Agradezco a A. Greppi, J. Álvarez, F. Aguiar, J. Sola, I. Campillo, C. Fdez. Liria y J. A. Noguera, sus estimulantes comentarios a una versión previa de este artículo. Huelga decir que sólo yo soy responsable de los desaciertos que resten.
* A. de Francisco es profesor en la UCM.
1 Jerry Mander es el Director del International Forum on Globalization. Las 7 grandes son: Walt Disney Company, News Corporation, Time Warner, Sony, Bertelsmann, Viacom y General Electric.
2 Es verdad que hay un grado notable de pluralismo informativo aun en los medios convencionales de comunicación de masas, pero la distribución de contenidos responde a una curva normal en la que los programas de máxima audiencia y gran parte de la basura televisiva más el grueso de la publicidad se agrupan en torno a la moda, mientras que los programas más críticos, reflexivos, culturales o “alternativos” se dispersan en los minoritarios márgenes de la curva. Harvard tenía a su “izquierdista”, John Rawls, como el MIT tiene al suyo, Noam Chomsky, todavía más radical. Pero todos sabemos la extraordinaria función objetiva que cumplen Harvard y el MIT como instituciones en la reproducción del capitalismo norteamericano, nutriendo a sus élites dirigentes y reproduciendo valores concretos, como los de logro, competitividad e individualismo.
3 Cfr. R. Wilkinson y k. Pickett (2009), Desigualdad, Un análisis de la (in)felicidad colectiva, Madrid: Turner.
4 Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, cap. lviii.
5 Además de los hechos denunciados, por ejemplo, en el informe 2009 de Human Rights Watch, creo que la izquierda debería evaluar crítica y desprejuiciadamente si –y hasta qué punto- la institución del partido único (el PCC) supraordina y pervierte las estructuras asamblearias –parcialmente asimilables al modelo de la Comuna de París- del poder político en Cuba. Es una cuestión, a mi entender, decisiva.
6 Es cierto que un proceso de cambio social profundo, como el emprendido en Venezuela desde 1999, exige un fuerte liderazgo, incluso carismático. El problema de semejante liderazgo, empero, no es el líder en sí, sino el “séquito” que lo acompaña y que aspira a heredar su poder en lo que Max Weber denominó la rutinización del carisma, la cual suele desembocar en un tipo de dominación –la burocrática- tan celosa de sí misma que perseguirá su autoperpetuación aun a costa de traicionar los logros revolucionarios y de enterrar sus ilusiones.
7 Cfr. G.A. Cohen, “Vuelta a los principios socialistas”, en R. Gargarella y Félix Ovejero, comps. (2001), Razones para el socialismo, Barcelona: Paidós, pp. 153-170.
8 A. Sen (1980), “Equality of What?” , The Tanner Lectures on Human Values , Vol. 1, Cambridge, Mass.: Cambridge University Press.
9 Sin que ello impida acciones afirmativas o la asignación de derechos especiales a determinadas minorías o a determinados grupos de vulnerabilidad.
10 Cfr. M. Berman (1982), All that is Solid Melts into Air , Londres: Penguin.
11 Cfr. F. Nietzsche (1983), La genealogía de la moral, III, 6, Madrid: Alianza, pp. 120-123.
12 Cfr. W. Benjamín (1936), “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, epígrafe 3, en Discursos Interrumpidos, I, Buenos Aires: Taurus, 1989.
13 W. Sombart (2009), ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?, Madrid. Capitan Swing Libros., pp. 42-43.
14 Op. cit., pp.44-45.
15 Op. cit., pp.46.
16 Véase el poema “A los hombres del futuro” del libro Historias de almanaque (1939).
17 Al respecto, vid. J. M. Naredo (2007), Raíces económicas del deterioro ecológico y social, Madrid: Siglo XXI, cap. 4.
18 Véase, Nicholas Georgescu-Roegen (1996), La ley de la entropía y el proceso económico, Madrid: Argentaria-Visor.
19 N. Georgescu-Roegen (1976), "Energy and Economic Myths," Energy and Economic Myths, New York: Permagon Press, 3-36, pág. 35 (cit. por John Gowdy y Susan Mesneror, “ The Evolution of Georgescu-Roegen's Bioeconomics”, Review of Social Economy, vol. LVI, No. 2, Summer 1998.
20 Cfr. W.H. Simon, “Social-Republican property”, UCLA Law Review , 1991, 38: 1335-1413. La fórmula del texto “en la medida de los razonablemente posible” encierra dificultades evidentes y deja la cuestión abierta. En efecto, ni todo lo razonable (o deseable) es posible ni todo lo posible tiene por qué ser razonable o deseable. A la vez, la cuestión queda abierta porque el equilibrio entre lo deseable y lo razonable es un equilibrio en última instancia político en el que se dirimen no sólo cuestiones de factibilidad sino de eficiencia y también de justicia.

Cómo visitar un país socialista (II parte)

Cómo visitar un país socialista (II parte)Por Richard Levins

La “lógica” del desarrollo socialista

rcbaez_estudiantes-de-secundaria.jpgCuando una revolución socialista sobrevive, su desarrollo está regido por una lógica que gradualmente se impone. “Lógica”, en este sentido, no se refiere a un místico espíritu de los tiempos ni a unas leyes universales de la actividad humana. (Un proceso histórico nunca está gobernado por “leyes”. Estas no son más que constructos intelectuales extraídos de los procesos reales y empleados para interpretar las observaciones). La lógica es el conjunto de relaciones sociales, retos, compromisos, categorías de análisis e ideas dominantes que establece las condiciones en cuyo marco los seres humanos toman decisiones. Es el conjunto de los principios que determinan la panoplia de decisiones posibles, aceptables, en ocasiones obvias, y excluye otras. Es el rango de las opciones para enfrentar todas las urgencias a las que se debe dar respuesta para que continúe el proyecto socialista. En ocasiones algunas tienen que posponerse a causa de limitaciones materiales, carencia de personal calificado, ausencia de consenso u hostilidad de los vecinos. Pero si por esas razones se niegan demasiados de esos imperativos durante un tiempo demasiado largo, todo el proceso puede desplomarse y la sociedad puede regresar al capitalismo. La historia no es un avance sin obstáculos del atraso a la modernidad, sino un proceso lleno de encrucijadas, vueltas y revueltas, estructurado por relaciones sociales. Las encrucijadas se ven muy influenciadas por quiénes deciden y cómo lo hacen.

La lógica del socialismo hace que algunas decisiones parezcan necesarias, obvias y atractivas. Entre ellas se encuentran el pleno empleo, la salud pública y la educación, universales y gratuitas, y la protección del medio ambiente. Otras pueden parecer objetivos evidentes, pero tienen que ser redefinidas. Por ejemplo, considérese la “eficiencia”. La “eficiencia” parece ser un valor positivo obvio y evidente, y las sociedades se esfuerzan por ser más “eficientes”. Pero la eficiencia ha tenido significados muy diferentes en distintos contextos. En la Biblia hebrea, la eficiencia agrícola se mide por el número de granos cosechados por semilla plantada (solía ser de 1 a 3 granos cosechados por semilla plantada; por encima de una proporción de 1:1, hay semilla para la próxima siembra, y por encima de ese nivel, hay alimentos).

En la Europa escasa de tierras de cultivo, una medida razonable de la eficiencia ha sido el rendimiento por hectárea. En los Estados Unidos, donde tradicionalmente ha habido tierras abundantes y escasez de mano de obra, la “eficiencia” se medía en términos de rendimiento por jornada de trabajo, y el país se ufanaba de que un granjero podía alimentar a cuarenta personas. En tiempos más recientes, los ecologistas han introducido los conceptos de eficiencia energética y de calorías cosechadas por calorías invertidas, y han insistido en que se midan los “costos reales” de un proceso, esto es, no sólo los costos de producción, sino también los costos asociados a la eliminación de la contaminación. En un feudo medieval no había una medida general de la eficiencia. Podía ser muy productivo en granos, pero carecer de madera o carne y no tener modo de intercambiar madera por carne; o disponer de mucha mano de obra, pero no de suficiente tierra de buena calidad para emplearla bien. Si empleáramos precios sombra para integrarlo todo, ellos nos mostrarían que, durante trescientos años, el feudo perdía dinero, pero proveía al sostenimiento del señor y los siervos. El koljoz soviético era notoriamente ineficiente en términos de ganancias. Pero entre sus gastos debía incluir el de proporcionarles atención de salud y educación a sus miembros, lo que hacía que su balance financiero fuera desfavorable pero produjera un beneficio social neto.

Como el trabajo es un gasto importante en la producción, en el capitalismo se considera que una compañía es más eficiente si reduce su personal, despide trabajadores y obtiene más plusvalía por trabajador al aumentar la jornada laboral, intensificar el ritmo del trabajo y reducir los salarios. Los trabajadores despedidos desaparecen del balance financiero. Todo ello se describe con el término meliorativo de “flexibilidad”. El gerente recibe una bonificación. A menudo se justifican las fusiones de empresas porque prometen incrementar la eficiencia en este sentido.

Pero en una sociedad socialista, en la que se garantiza que todos coman, despedir trabajadores de sus empleos no constituye un mejoramiento de la eficiencia social. Sencillamente, no es una opción. Hay otras posibilidades. En ocasiones es mejor tener personal excedente y utilizar las horas de trabajo también con fines educativos. Cuando tienen un excedente de trabajadores, las empresas pueden liberar temporalmente a algunos de sus empleados para que participen en una cosecha o construyan viviendas. O pueden eliminarse empleos y darles a los trabajadores otros puestos de trabajo con al menos el mismo salario, o reestrenarlos para que realicen otras labores, o darles un estipendio para estudiar. Cuba ha adoptado el principio de “estudio como trabajo” para los trabajadores desplazados de los centrales azucareros que se han cerrado. Sea cual fuere la decisión, en todos los casos, el criterio de la eficiencia social al nivel del conjunto, y no de la empresa, está presente como un contrapeso a las metas financieras de corto plazo.

Cuando múltiples metas de la sociedad convergen en programas específicos, estos se tornan casi inevitables. Por ejemplo, la agricultura urbana en Cuba satisfizo la necesidad de disponer de alimentos de modo inmediato cuando la economía se vino abajo tras la pérdida del intercambio comercial con la Unión Soviética y Europa Oriental. Fue una fuente de empleo en un momento en que las fábricas cerraron sus puertas por falta de materias primas o energía y por primera vez desde el triunfo de la revolución apareció el desempleo. Simplificó la distribución de los productores a los consumidores en un momento en que se dificultaba el transporte y los frecuentes apagones hacían que el almacenaje refrigerado de los productos no fuera una opción segura. El Ministerio de las Fuerzas Armadas estaba interesado en promover la autosuficiencia de las localidades, para el caso de que los desastres naturales o una agresión militar interrumpieran la coordinación al nivel nacional. La producción urbana de vegetales estaba en consonancia con el objetivo de los nutricionistas de lograr que la dieta de los cubanos se basara más en el consumo de vegetales y menos en el de carne y féculas. Los urbanistas alentaban la preservación de áreas verdes en el interior de las ciudades para mitigar el ruido, absorber la lluvia y reducir las inundaciones, contrarrestar el calentamiento de las ciudades y estimular la interacción social en los barrios. Y como se trataba de una agricultura orgánica, era más saludable para los trabajadores. El Ministerio de Salud Pública no quería pesticidas en las ciudades. Los ecologistas presionaban a favor del policultivo y el manejo biológico de las plagas y la fertilidad del suelo. Distintas organizaciones, ministerios e instituciones se preocupaban específicamente por uno u otro de estos objetivos, pero todos convergían en hacer de la agricultura urbana una opción obvia y, en cierto sentido, inevitable. Había también concepciones ideológicas que tornaban atractiva la agricultura urbana, en especial el objetivo marxista de restaurar el metabolismo entre la ciudad y el campo, y el compromiso de que el desarrollo urbano no estuviera determinado por los mercados inmobiliarios.

Adoptar un punto de vista holístico sobre la agricultura era obvio. Pero lo obvio no siempre se impone. Muchos de los errores cometidos por el gobierno cubano fueron respuestas a urgencias que no tuvieron en cuenta las consecuencias más amplias y a más largo plazo de una decisión.

O considérese la respuesta del sistema educativo a la contracción económica. En los Estados Unidos, las juntas escolares locales enfrentadas a una insuficiencia de recursos optaron por eliminar lo que consideraban lujos innecesarios. Se produjo un movimiento de concentración en las habilidades básicas de la lectura, la escritura y la aritmética a expensas de los estudios sociales, la literatura, las artes y la educación física. Se redujeron los suministros y aumentó el número de alumnos por aula. A los estudiantes universitarios se les comenzaron a cobrar matrículas y cuotas cada vez mayores. Se apoyaron los programas académicos de ciencias y matemáticas y se eliminó la mayoría de los dedicados a las artes. Todo ello tenía sentido en el marco del capitalismo, donde la educación tiene como meta fundamental entrenar a trabajadores competentes y dóciles y sólo a una reducida minoría de dirigentes e innovadores, y donde el estudiante es un cliente que hace una inversión para obtener un empleo mejor remunerado.

Enfrentada a las dificultades económicas del Período Especial, Cuba optó por una expansión de la educación. El número de alumnos por aula se redujo a veinte (con dos maestros) en la escuela primaria, quince en la secundaria y diez en el preuniversitario. La educación artística se amplió, se crearon escuelas para instructores de arte y se organizaron programas especiales para los estudiantes con discapacidades. La educación superior se expandió mediante el establecimiento de sedes universitarias en todos los municipios. El pago de un salario por estudiar se convirtió en una opción para los trabajadores azucareros desplazados por el cierre de algunos de los centrales.

Tanto la decisión capitalista como la socialista tienen sentido en sus sociedades respectivas. Para los cubanos, la educación es algo más que el mero entrenamiento de una fuerza laboral calificada. Su objetivo –que tiene como guía el mandato martiano de “Ser cultos para ser libres”- es formar ciudadanos. La expansión de la educación era una forma de construir para el futuro, a la vez que una manera de darles empleo a los maestros.

La “lógica” del socialismo hace énfasis en una producción encaminada a satisfacer las necesidades del pueblo y lograr una igualdad básica, una toma de decisiones colectiva y un nivel de vida ascendente. Parte del consumo es individual, y por lo general se adquiere con los ingresos personales. Otra parte es consumo social, y se recibe, por ejemplo, en forma de salud pública y educación. Y otra parte se adquiere de modo individual, pero está subsidiada por los recursos colectivos: ese es el caso de la alimentación básica, el transporte público, los bienes culturales y el acceso a los deportes y la recreación. Aparte del consumo, una parte del producto se reinvierte con fines de desarrollo. Es ahí donde se puede apreciar el impacto del bloqueo. Los costos para Cuba de cincuenta años de hostilidad suman un monto que es varias veces el del ingreso nacional, una fracción significativa de lo que el país necesita invertir para avanzar. Es esa mezcla de distribución gratuita, subsidiada y basada en la oferta y la demanda lo que torna ridículos los cálculos que se hacen de los salarios de los cubanos. Si la mayoría de los habitantes de la isla ganara el equivalente de su salario a la tasa de cambio actual, los tan llevados y traídos $20 mensuales, ya estarían todos muertos.

Consumo

Como todos los pueblos y la mayoría de los gobiernos proclaman como objetivo el incremento de los niveles de vida, una de las preguntas que surge es, ¿Qué bienes son necesarios para ese incremento del nivel de vida sin que constituyan una caída en el “consumismo”? Vale la pena examinar más de cerca el “consumo”. En los países pobres existe una real necesidad de incrementar el consumo de bienes básicos: alimentación, vivienda, salud pública, transporte público, etc. Bill McKibben calcula que hasta un ingreso per capita de unos $10 000 anuales, los aumentos del ingreso mejoran la vida de las personas y se reflejan en las encuestas de los niveles subjetivos de felicidad. Los individuos comen con regularidad, disponen de techo y ropa, y tienen acceso a la salud y a la educación. Ese es aproximadamente el nivel en el que el descenso de la mortalidad infantil deja de correlacionarse estrechamente con el ingreso. [2]

Aparte de ese tipo de consumo, está el que se deriva de relaciones sociales específicas. El automóvil, originalmente un lujo de los ricos, se tornó cada vez más necesario en los Estados Unidos debido a la ausencia de un transporte público barato, el desarrollo de los suburbios y los largos viajes diarios, la distancia entre los lugares de residencia y los lugares de trabajo. Los empleos de oficina exigen cierto tipo de vestuario. Los varones japoneses necesitan varios trajes de color oscuro, no para no sentir frío, sino para parecer respetables y conservar sus empleos. Los códigos de vestuario para las mujeres suelen ser todavía más exigentes.

Parece ser que los gustos y estilos de una clase o una sociedad dominantes adquieren un prestigio que trasciende con mucho su valor intrínseco. En el Medio Oriente de la época bíblica, Babilonia era el centro de la moda. Los israelitas deportados a Babilonia en el año 586 AC quedaron deslumbrados por el esplendor de esa antigua ciudad, tanto que setenta años más tarde, cuando Ciro el Grande les permitió regresar a su tierra natal, muchos decidieron quedarse en el lugar de su exilio. Más tarde, Herodes pasó su juventud en Roma, entre fiestas e intrigas. Y después trató de llevar las costumbres romanas a Jerusalén. Hoy en día, por supuesto, debido a la hegemonía estadounidense, McDonald’s y Coca-Cola han adquirido un valor simbólico que trasciende con mucho su valor nutritivo o las cualidades de su sabor. Para muchos cubanos, su Roma o su Babilonia es Miami.

Por último, en una sociedad que aísla a las personas unas de otras, el remedio para la desesperación es comprar. A quienes han vivido en la pobreza, acumular objetos en ocasiones les produce una sensación de seguridad. Y el imperativo capitalista de expandirse conduce a gigantescos esfuerzos de venta para promover esos sentimientos, al tiempo que se inventan nuevas maneras para que las personas se endeuden. Todas esas dimensiones alimentan el consumismo.

Pero, para el socialismo, el aumento de los niveles de vida no consiste en un consumo ilimitado de energía y materias primas, sino que se centra en el aumento de la calidad de la vida. De ahí que una gran proporción del producto nacional cubano se invierta en el consumo social, la salud, la educación, la cultura, los deportes y el medio ambiente, aunque, en el corto plazo, ello pueda disminuir el ritmo del crecimiento y prolongar escaseces que producen frustración. Alrededor de un 10% del Producto Interno Bruto se invierte en la formación de capital, lo que lleva a una tasa de crecimiento que oscila entre 8 y 12%. (Aun tras la devastación provocada por los tres huracanes del 2008, Cuba logró crecer alrededor de un 4%, pero en la actualidad, debido al impacto de la recesión mundial capitalista, el crecimiento se ha estancado). Mientras existen tantas escaseces y casi cualquier incremento de la producción mejora la calidad de la vida, podría parecer que criticar el consumismo es partir un pelo en dos, pero esa crítica es importante para la formación de los objetivos sociales e individuales.

Quizás el aspecto más complejo y contradictorio del proceso socialista es el que tiene lugar en la psiquis de los individuos. El entusiasmo del triunfo alienta una orientación voluntarista que asume que podemos hacer todo lo que nos propongamos, y lleva a afirmar con entusiasmo que el ”hombre nuevo” (sic), empeñado en el logro de las metas colectivas, es generosos, abierto, dedicado y valiente. Todo ello es real, pero incompleto. Los cínicos citan el descreído adagio de que “todo tiene que cambiar para que siga siendo como siempre”, que olvida los cambios reales y profundos que tienen lugar y subraya lo que no ha cambiado. Recuerdo cuando era un niño en la década de los treinta el inacabable debate sobre si es necesario cambiar la sociedad para que cambien las personas o cambiar a las personas para que cambie la sociedad. Es claro que la respuesta es un proceso de ida y vuelta en el que las nuevas condiciones hacen posibles nuevos comportamientos y los individuos transformados impulsan los cambios sociales que tienen como objetivo un mundo en el que tiene sentido ser bueno. Pero a lo largo de ese camino, los individuos son muy disímiles.

En tiempos difíciles, algunos retornan a hacer individualmente lo que el colectivo ya no puede lograr, mientras que otros asumen las dificultades como un reto que exige más cooperación y esfuerzos. Esas contradicciones distinguen a las personas unas de otras, pero también se dan al interior de los individuos. Parecería que el típico error de los marxistas consiste en exagerar los cambios en la psicología colectiva, de modo que nos sorprende la persistencia del racismo o el sexismo, el esnobismo clasista, el oportunismo y otras virtudes burguesas. Los comentaristas y periodistas hostiles aprovechan cualquier señal de ellos para burlarse y descartar cualquier posibilidad de transformación y toda esperanza de progreso. Lo que les resulta importante es lo que no ha cambiado o lo que incluso ha retrocedido. Pero lo que pone en evidencia las posibilidades y despierta el entusiasmo es lo nuevo, mientras que lo viejo nos advierte acerca de los obstáculos y las dificultades, y sobre todo lo que queda por hacer.

Una orientación filosófica marxista subraya la totalidad, la interconexión y el contexto histórico, lo que facilita entender cómo afecta una esfera de la vida a las demás. Esa perspectiva no determina el futuro, sino que proporciona las herramientas para pensar acerca de lo que sucede y decidir qué hacer. Es un contrapeso parcial a las inevitables urgencias que alientan la adopción de medidas cortoplacistas que socavan los objetivos a largo plazo.

Este concepto de “lógica” de una sociedad resuelve la contradicción entre el hecho de que lo que sucede depende de las decisiones de millones de individuos y la percepción de que hay “leyes” de la sociedad. No implica inevitabilidad, si no sólo contingencia: mientras más se aparta una sociedad de los imperativos de su “lógica”, más tendencias que amenazan socavar todo el proyecto se acumulan. Pero en un proyecto socialista siempre operan tendencias contrarrestantes.

La brecha

En todas las sociedades e instituciones hay una brecha entre los ideales proclamados y la práctica real. Los sacerdotes pecan, los policías cometen delitos, los generales budistas comandan guerras. En las sociedades, esa brecha es inevitable y necesaria. Su inexistencia, un funcionamiento exacto al que se pretende, sería evidencia de una terrible ausencia de imaginación y aspiraciones. Obviamente, no se trata de mantener la brecha empeorando las prácticas, sino elevando las aspiraciones.

En el capitalismo, la clase dominante debe proclamar ideales para el consumo público y convencer a los individuos de que esos ideales se cumplen, aunque sea de manera incompleta. Por tanto, la brecha se construye con fines de control social.

El concepto brezhneviano de “socialismo realmente existente” pretendía eliminar esa brecha al plantear: “Esto es todo, no hay nada más. Pedir más es idealismo. Así que cállense”. En el seno del cristianismo, una corriente reconoce esa brecha al considerar que los ideales emanan de Dios y la incapacidad de vivir de acuerdo con ellos se deriva de la imperfección humana o del pecado original. Incluso cuando la propia Iglesia o sus líderes no se muestran a la altura de esos ideales, se considera que ello evidencia la necesidad de la Iglesia.

Una anécdota personal: una mañana de domingo cuando, recién iniciada la adolescencia, le dije a mi padre que iba en busca de mi primera organización comunista, su respuesta fue: “Muy bien. Pero no esperes que una organización comunista sea idéntica a una sociedad comunista. Si lo fuera, no haría falta una revolución”.

Esa es una de las contradicciones inevitables que enfrentan los revolucionarios. La construcción del socialismo es mucho más complicada y a veces más dolorosa de lo que imaginábamos, y el proceso a menudo produce frustración además de ser fuente de inspiración. El asunto consiste en reconocer que los defectos del socialismo son, al mismo tiempo, inevitables e inaceptables, analizar sus causas y descubrir maneras de luchar contra ellos como parte del proceso revolucionario, en vez de emplearlos como excusa para abandonar la lucha. Una manera de circunscribir la contradicción es ver no sólo los “errores”, sino incluso los crímenes del socialismo, de una manera dual: no son el socialismo, sino distorsiones del socialismo. Pero son también distorsiones del socialismo. Se puede establecer una analogía con las enfermedades de las plantas: el tizón del maíz no es maíz, sino una enfermedad del maíz. Pero es una enfermedad del maíz, y no una calabaza.

Tomada de manera independiente, la primera afirmación podría conducir a descartar a la ligera un montón de cosas terribles ocurridas bajo las banderas del socialismo por ajenas al socialismo y, por tanto, no verdaderamente relevantes. ¿Pol Pot? ¿Beria? ¿Cayetano? Nunca fueron de los nuestros. Esa variante también lleva a la racionalización de lo inaceptable tildándolo de “necesario”. El conocido argumento de que “no se puede hacer una tortilla sin cascar huevos” se transforma en la falsa idea de que cascando huevos se hace una tortilla, y, por tanto, a la de que romper huevos es una señal de militancia. Salimos limpios del problema y no aprendemos nada. La “objetividad” y la “necesidad” se convierten en los disfraces del instrumentalismo más cínico. [3]

La segunda afirmación, tomada también por sí sola, puede conducir a apartarse, a la conclusión de que el socialismo es una quimera ingenua que inevitablemente desemboca en hechos horrorosos, así que es mejor cuidar de uno mismo. O al descubrimiento de que como el socialismo no tiene el aspecto que se esperaba, es normal sentirse traicionado y desilusionado, y se justifica sumarse al bando contrario. Muchos de quienes han renegado del socialismo han recorrido este camino. Ambas interpretaciones, tomadas por separado, conducen al cinismo.

(Continuará)

[2] Bill McKibben, Deep Economy (Nueva York: Times Books, 2007), 41.

[3] Este es un ejemplo de una pareja de afirmaciones que, tomadas por separado son falsas, pero que, si se toman en conjunta, son verdaderas. Otro ejemplo es el siguiente: “La salud está socialmente determinada… cada persona es responsable de su propia salud”.

Texto íntegro en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=106870



Imagen agregada: RCBáez_Estudiantes de Secundaria

lunes, 28 de junio de 2010

El voto regionalizado y la pelea por enmiendas presupuestarias

Análisis Político y Social Nacional e Internacional de Venezuela y el Resto del Mundo
Director: Diego Olivera. Jefe De Redacción: Miguel Guaglianone

Brasil
El voto regionalizado y la pelea por enmiendas presupuestarias

Bruno Lima Rocha [1] y Rafael Cavalcanti [2]

El mayor motivo para producir artículos de análisis institucional con la intención aparente de mejorar la democracia representativa, no es apoyar un mecanismo que consideramos injusto. Como defensores y teóricos de la democracia directa y participativa, nosotros, junto a algunos compañeros del ala contrahegemónica de la politología brasilera, somos acusados de defender la democracia del pueblo, simplemente porque no montamos esquemas del tipo de ingeniería política, el mismo que se da en las campañas electorales. Sí, sabemos fabricar salchichas y racionalizar su producción, pero no queremos hacerlo. Este artículo y los anteriores muestran la justeza de estas afirmaciones.

En las vísperas de una nueva elección parlamentaria y del poder Ejecutivo del gobierno federal (así como en los 26 estados y el distrito federal), es común que el debate político en torno a la democracia representativa se resuma al pragmatismo inmediato, a anuncios públicos de “pre-candidaturas” y a la defensa de la importancia del voto en la urna burguesa, a través de los medios comerciales. En este artículo, vamos a hacerlo diferente. Trabajaremos elementos de análisis político poco o nada recordados en el actual proceso democrático brasileño, tales como distribución de recursos oriundos del fisco y el voto distrital (y distrital mixto).

Es preciso distribuir

Entendemos que el interés pragmático es una forma de supervivencia de los políticos profesionales o de los aspirantes a tales. La noción de tribuno del pueblo se confunde con la del captador de recursos, por dentro y con rúbrica. Esto ocurre así porque la retribución de la confianza -en un país donde el debate estructural es tan familiar en el Brasil como el fútbol australiano- viene en forma de prebendas (relación de clientela entre electores y electo).

La moneda de cambio del voto lícita y dentro de la ley, es la saña por las enmiendas, beneficios y obras, reiterando un mecanismo injusto. Esa práctica existe sólo porque los niveles de gobierno subnacionales (26 estados, 5.565 municipios y un distrito federal), no están dotados de recursos relevantes para cumplir con la función social del Estado como promotor y garante de derechos sociales garantizados en la Constitución Federal de 1988. Es una consecuencia obvia. La ausencia de un federalismo fiscal refuerza el papel del intermediario con mandato parlamentario.


Como la Unión concentra más del 60% del total de los recursos recaudados en tributación y su cajero equivale a casi la mitad del Producto Bruto Interno (PIB) del Brasil, o se peregrina rumbo a Brasilia (capital del país) con plato en la mano y sonrisa estampada en la faz, o se vive de limosnas. En el caso de los municipios, idas y venidas a las respectivas capitales de los estados también implica pelear por transferencias.
En las comitivas de alcaldes, gobernadores y secretarios de todo orden, se encuentran diputados defendiendo su región, o sea, su base electoral. Cabe una digresión. Dependiendo de la relación y del control de los mapas de votación, aún cabe el término “corral electoral”. La expresión se hizo común en algunas regiones brasileñas, como el Nordeste, donde por mucho tiempo existió el llamado coronelismo, que correspondía a una práctica arcaica de la política, basada en el personalismo y en la violencia del líder político regional conocido por “coronel”.

Aunque el término “corral electoral” aún sea válido como concepto, ya no es generalizable. La relación de clientela de tan fuerte se hizo institucional. Convocan a votar a quien hizo o puede hacer por sus munícipes o coterráneos. Esto no es obra del azar. Si los recursos estuvieran más próximos a los electores, la capacidad de presión de la sociedad organizada estaría en menor desventaja.

En la práctica, cualquier estructura federalista aumentaría el poder del pueblo ante los adversarios, hasta porque el blanco de la disputa se hace visible. Tal vez por eso nunca va a ocurrir.

La regla distrital para disminuir el vale-todo

Es un hecho que el papel de los dirigentes políticos en año electoral es aplicar el calendario de resultados. Ya el papel de la ciencia política (o politología) es debatir estructura, forma y contenido de la organización del poder, yendo además muy a la carrera de obstáculos o a los hechos consumados.

Partiendo de la perspectiva estructuralista de matriz libertaria, es la vez de analizar el problema de las candidaturas parlamentarias que atraviesan cualquier delimitación de territorio y espacialidad.

Traduciendo. El límite entre el bajo y el alto clero en las casas parlamentarias, con la distinción de pertenecer al colegio de líderes, de integrar comisiones estratégicas (cómo las de Constitución y Justicia y Presupuesto) o sólo hacer del gabinete una oficina de reclamaciones y pedidos tiene su génesis en la base electoral y en la forma como se organizan las campañas.

Comprendemos que la división de peso y jerarquía entre diputados (tanto estaduales como federales) surge de la división de tareas y “nichos” electorales. Mientras unos son reconocidos por estar en muchos locales simultáneamente y hasta recibir una sobrecarga mediática; otros (la mayoría) son poco o nada mediatizados, y trabajan la identificación regional, fortaleciéndose en el arraigo, en las relaciones de tipo familiar y societarias y en el trueque de tipo clientelar.

Este verdadero modus vivendi de la política localista ultrapasa las responsabilidades de los políticos parroquianos haciéndose verdadero mecanismo de supervivencia en lo interno de los partidos. Toda regla de competencia de la democracia representativa tiene fallos. Las reglas electorales, por ejemplo, son escogidas no por ser las mejores, pero sí las que menos perjudican.

Tampoco concordamos con científicos políticos y militantes sociales que intercambian la participación por el “formulismo”, creyendo más en la ingeniería procedimental que en la política como organización social. Considerada esa ponderación, afirmamos que el sistema distrital mixto, con un porcentaje de candidatos concursando por lo proporcional (regla universal vigente) y dos tercios de las listas vinculadas a los distritos electorales, sería perfectamente viable.

Por esa forma de elección, los candidatos distritales sólo pueden pelear por los votos del colegio electoral compuesto por sus distritos. Estos podrían ser compuestos de una a dos micro-regiones, buscando cierto equilibrio entre el número de votantes, la matriz productiva y la identidad socio-histórica

Y los proporcionales, a pesar de mantenerse como caciques de las direcciones ejecutivas partidarias, casi siempre vinculadas a los consorcios económico-electorales, no se atravesarían en las campañas de los propios correligionarios, evitando el hueco hoy existente.

Esta regla, la del distrital mixto, sumada a la financiación pública de campañas, puede venir al encuentro de la necesaria redistribución de recursos impositivos y la consecuente aproximación de la ciudadanía para con los representantes. Cualquier norma que aproxime el ciudadano al representante profesional aumenta el poder de presión de quien elige y condiciona un poco más ael electo.

Cabe observar que este artículo, aunque sea crítico de la democracia representativa existente en el Brasil, también se aplica en parte o en el todo, a la gran mayoría de los regímenes democráticos latinoamericanos. Adoraríamos estar equivocados, pero infelizmente, las evidencias nos muestran que no. Ese es uno de los motivos de por que defendemos de forma ardorosa, tanto el federalismo de tradición artiguista, como la democracia directa con base en los mecanismos de los pueblos originarios.

[1] politólogo (phd), docente universitario y periodista profesional; milita en el frente de medios del Elaopa.org
Email: blimarocha@gmail.com / www.estrategiaeanalise.com.br / http://twitter.com/estanalise / skype: bruno.lima.rocha / msn: blimarocha@hotmail.com

[2] Estudiante de Periodismo e investigador de la comunicación popular, también es parte del frente de medios del Elaopa.org
Email: butigahn@gmail.com


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Cómo visitar un país socialista (I parte)

Por Richard Levins
Richard Levins es un subversivo de tercera generación, antiguo granjero, ecologista y veterano de varios movimientos: el independentista puertorriqueño, Science for the People, contra la guerra, por la educación marxista y otras buenas causas. Es profesor de Ecología Humana en la Harvard School of Public Health e investigador extranjero adjunto del Instituto de Ecología y Sistemática de Cuba.  Es coautor, junto a Richard Lewontin, de Biology Under the Influence (Monthly Review Press, 2007).
Quienes viajan de los Estados Unidos a Cuba atraviesan más de noventa millas de mar: recorren décadas de historia. Puede que se tengan que atener a la restricción de llevar consigo una sola maleta, pero cargan baúles llenos de equipaje ideológico, que incluye prejuicios sobre Cuba, creencias acerca de los comunistas, compromisos contraídos a partir de lo que creen que es una sociedad justa y un conjunto de fórmulas convencionales extraídas de la ciencia política acerca del poder, el gobierno y la conducta humana.
Un comentarista cubano señala:
turistas-argentinas.JPGAl llegar procedente de Norteamérica o Europa a un típico barrio cubano, la primera impresión del visitante puede ser de pobreza: edificios a punto de derrumbarse o faltos de mantenimiento, calles llenas de baches, autos antiquísimos, hogares donde hay pocos extras, etc. Por otro lado, si el viajero procede de la América Latina o de otro país en vías de desarrollo, es posible que llamen su atención otros aspectos de la vida cubana: la ausencia de niños de la calle, de rostros desnutridos y de mendigos; o la casi total carencia de temor de las personas que caminan por las calles de noche. [1]
O puede que al ser fácilmente identificados como extranjeros, los visitantes se vean acosados por anunciantes de pequeñísimos restaurantes privados, ofertas de recorridos turísticos guiados o jineteras (eufemismo cubano para referirse a las prostitutas, por lo general no profesionales).
Los miembros de delegaciones suelen tener itinerarios planificados que incluyen visitas a diversas instituciones y eventos culturales. Reciben información sobre la salud pública, la educación, las instalaciones culturales y deportivas, el compromiso con una vía ecológica al desarrollo, la agricultura urbana, la distribución equitativa mediante el sistema de racionamiento, el pleno empleo, aspectos formales de los sistemas político y judicial, los logros en el terreno de la igualdad de género y raza. Todo ello es real, y es una muestra de cuánto puede lograr un país pobre con muy pocos recursos. Pero es obvio que no se trata de toda la historia. No hay nada siniestro en ello. Son las cosas en las que Cuba ha sido pionera y de las que Cuba se siente más orgullosa y deseosa de mostrar ante el mundo.
Una vez que se conoce mejor a la gente, las descripciones se hacen más matizadas. Dada la plataforma de logros existente, las dificultades e insatisfacciones son las que ocupan su atención en el día a día. La igualdad básica ha sido erosionada, no por el socialismo, sino por las concesiones realizadas al capitalismo. No hay personas sin hogar, pero alrededor de un 16% de las viviendas está clasificada como en mal estado. No hay desempleo, pero sí empleos innecesarios, como los de parqueadores, que sólo han aparecido debido a las desigualdades. Se ha producido una incorporación masiva de maestros para reducir el número de alumnos por aula, pero la enseñanza no es sólo un empleo, sino que constituye una vocación. Hay quienes ingresan a ella llevados por el entusiasmo y después advierten que no les gusta, y ello lleva a que haya una gran movilidad en el magisterio. Y hay quienes se las ingenian para vivir sin trabajar. Hay pocos delitos, comparado con la situación en los Estados Unidos, pero hay que pasarle llave al auto.
Según mi experiencia personal, son los revolucionarios comprometidos los que hacen las críticas más serias, complejas y profundas, mientras que los contrarrevolucionarios por lo general se quejan de dificultades específicas o incidentes desagradables.
Los turistas que andan por su cuenta están menos expuestos a los logros que se muestran con orgullo y más a las insatisfacciones. Los cubanos son un pueblo dado a quejarse. Un viejo chiste habanero decía que, en Cuba, “todos los planes económicos se sobrecumplen. Todos los planes se cumplen, pero las tiendas están vacías. Las tiendas están vacías, pero todos tienen lo que necesitan. Todos tienen lo que necesitan, pero todos se quejan. Todos se quejan, pero son fidelistas”.
Quienes simpatizan con el proceso cubano, así como algunos anticomunistas de izquierda, en ocasiones portan una tablilla y un formulario para evaluar a Cuba en los terrenos de la salud pública, el sexismo, el racismo, la contaminación, la homofobia, las elecciones, el número de partidos políticos, la libertad de prensa, las huelgas o cualquier otra cosa que se les ocurra. Al final, en dependencia de la calificación promedio acumulada, deciden si Cuba "es" o "no es" socialista (o si el socialismo es o no algo bueno). Después, al volver a casa, escriben sus elogios o sus denuncias. Los temas que aparecen en el formulario pueden ser liberales, una relación de derechos por los que luchamos en el capitalismo y después convertimos en principios universales. O pueden provenir de esquemas apriorísticos acerca de lo que es el socialismo, principios como "de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo" o "consejos obreros al frente de las fábricas".
En Cuba viven también algunos expatriados que encuentran que la tranquilidad y el sentimiento de colectividad y de propósito compartido bien valen las dificultades de la vida cotidiana. Otros están allí porque se han casado con cubanos, y unos pocos son refugiados políticos. Son especialmente capaces de explicarles Cuba a los norteamericanos y de poner a disposición de los cubanos las observaciones amistosas de los extranjeros. Y los norteamericanos que dividen su tiempo entre los dos países pueden ofrecer una visión singular “desde adentro” y “desde afuera” de ambos.
El abordaje del formulario está sujeto a muchos errores. Quienes evalúan no hablan con una muestra representativa de los cubanos. Sus descripciones están influidas por lo que piensan que sus lectores ya saben o por lo que creen importante que conozcan, lo que les preocupa más en ese momento, las cosas sobre las que quieren convencer a su público. Imagine que lo aborda un marciano en Harvard Square y le hace la siguiente pregunta: "¿Cómo andan las cosas por acá
por la Tierra?" Recuerdo que en un ómnibus habanero me abordó una mujer bien vestida que me dijo en inglés y en voz muy alta: "¡Aquí no se puede decir nada!" Su afirmación desató un bullicioso seminario sobre política, Miami y cualquier otro tema en el que participaron todos los viajeros.
Las cosas que ven o sobre las que oyen hablar los visitantes no están ubicadas en un contexto. Una vez asistí a una reunión internacional en la que una delegada estadounidense se paró para preguntar por qué el gobierno cubano no les permitía a los extranjeros ver los mismos canales de televisión que veían los cubanos. Había ido a la habitación de su hotel, sintonizado el canal 6 (Cubavisión), y la pantalla había permanecido en blanco. No podía acceder a la programación nacional cubana, sólo a CNN y el canal turístico. A partir de sus imágenes previas del totalitarismo, asumió que se trataba de un acto de censura. Pero en esa época del Período Especial, debido a la severa escasez de combustible, la televisión cubana sólo transmitía unas pocas horas al día en las mañanas y en las noches, y durante el resto del día la pantalla en blanco era el canal nacional que compartía todo el pueblo cubano. Mi crítica no es que esa delegada estuviera equivocada -es fácil cometer errores en un medio que no nos resulta familiar-, sino que cometiera un tipo específico de error: llenar las lagunas de su información con prejuicios traídos de su propia sociedad.
Otra equivocación proviene de aplicar juicios acertados a la sociedad equivocada. Por ejemplo, los visitantes se enteran por la prensa cubana de que muchos militares ocupan puestos en el gobierno, y de que algunos son delegados a la Asamblea Nacional. En Cuba, eso no significa que “los militares” hayan asumido el poder. En la isla no existen “los militares” como una casta separada, como sí sucede, por ejemplo, en Pakistán. Lo que vemos en realidad es a comunistas designados por la sociedad para asumir la tarea de la defensa. Con los problemas económicos que Cuba enfrenta no tiene sentido tener unas grandes fuerzas armadas dedicadas únicamente a esperar una invasión, aunque el país tiene que estar preparado para esa eventualidad. Parte de la solución ha consistido en emplear a las fuerzas armadas en la actividad económica, en empresas que suelen estar mejor administradas que las demás y que cuentan con oficiales experimentados en temas económicos. Son esos juicios fuera de contexto, derivados de otras situaciones, los que confunden a muchos de los que quisieran ser aliados de la Revolución cubana.
Pero más allá de estos errores simples, el concepto general de calificar la revolución mediante un formulario previamente elaborado es equivocado.
El socialismo no es una cosa, sino un proceso: aquel mediante el cual las clases trabajadoras de la ciudad y el campo, junto a sus aliados, toman en sus manos las riendas de la sociedad para satisfacer sus necesidades compartidas. Con el uso de un telescopio podemos vislumbrar la importancia histórica mundial de los primeros esfuerzos por reemplazar no sólo al capitalismo, sino a toda sociedad de clases, por un modo de vida más generoso, justo y sostenible. En otras palabras, intentamos superar un desvío de diez mil años de duración durante los cuales nuestra especie adoptó la agricultura; deforestó buena parte del planeta; creció en número y aumentó su esperanza de vida, sus conocimientos y su capacidad de destrucción; se dividió en clases de modo que dejamos de ser un “nosotros”; y expandió su capacidad productiva hasta el punto de que pudiéramos librarnos de las clases y volver a ser ese “nosotros”.   
Al examinar el primer siglo de innovación socialista lo anterior es más importante que evaluar el éxito de los revolucionarios, las decisiones específicas y los cambios inesperados que ocurren sorpresivamente, e incluso las enormes dificultades y experiencias de esos empeños. Pero al mirar a través del microscopio de la vida cotidiana, todos esos detalles cobran una enorme importancia, y la historia mundial no compensa la falta de proteínas en la dieta. Necesitamos tanto el telescopio como el microscopio.
El socialismo es una senda compleja, zigzagueante y contradictoria, porque quienes participan en él tienen intereses diferentes, responden de maneras diversas a los acontecimientos que se producen a lo largo del camino, difieren en cuanto a conocimientos y objetivos, sentido de la urgencia y perspectivas a largo plazo. Las mismas experiencias pueden producir transformaciones muy diversas de sus aspiraciones, a veces en sentido convergente, y en otras ocasiones divergente.
La expresión “junto a sus aliados” tiene una enorme importancia, porque la lucha por el socialismo es muy heterogénea. Esa heterogeneidad le impone muchas de sus características a la trayectoria. Los individuos se suman a la lucha por el socialismo por muchas razones, pero, por lo general, comienzan porque aborrecen las injusticias más sentidas que perciben en sus sociedades. Esas injusticias son diferentes para los diferentes grupos que componen el bloque revolucionario. Algunos de sus miembros son conservadores que luchan para defender sus derechos consuetudinarios cuando la clase dominante intenta negárselos. En la América Latina, las comunidades indígenas se levantan para defender su derecho a la tierra contra la explotación de las empresas transnacionales y la degradación ambiental. En países cuyas culturas han permanecido más intactas, como Bolivia, Ecuador, Venezuela y el estado mexicano de Chiapas, tradiciones como la toma de decisiones comunitaria, la colectividad, y los esfuerzos para encontrar consensos se trasladan a las formas políticas del socialismo que allí evoluciona. En ocasiones, sectores de las clases medias se suman a la lucha por la independencia nacional.
En China, incluso muchos de los terratenientes se aliaron a los comunistas, porque estos eran los defensores más militantes y coherentes de la independencia china contra la invasión japonesa. Por otro lado, los empresarios chinos deseaban eliminar las restricciones feudales a su libertad para ejercer la explotación. Más tarde se convirtieron en una fuerza que contribuyó a minar los objetivos socialistas a favor del capitalismo. Algunos intelectuales aspiraban al establecimiento de una meritocracia libre de corrupción, pero los campesinos les resultaban indiferentes. Todos contribuyeron a hacer la revolución y presionaron sobre la dirección que esta tomaría.
En el seno del Movimiento 26 de Julio había profesionales indignados por el régimen corrupto y represivo del presidente Batista. Sólo algunos de ellos se oponían a la subordinación del gobierno cubano al imperialismo estadounidense. Entre quienes sí lo hacían, sólo algunos deseaban una mayor justicia social. La clase trabajadora compartía esos objetivos con sus aliados de la clase media, pero también aspiraba a la justicia social. Esa justicia social significaba, en primer lugar, empleos con un salario decoroso, atención médica adecuada, agua potable y educación. Para algunos, la justicia social incluía también la igualdad de géneros, la abolición del racismo e incluso de la homofobia. Unos pocos soñaban con revertir la deforestación y la erosión de Cuba.
Los socialdemócratas suelen favorecer una redistribución del consumo, como se aprecia en las sociedades escandinavas y en Brasil, con un diferencial salarial estrecho y un amplio consumo social, pero sin una redistribución de la propiedad y el poder estatal, aunque sí con una participación de los trabajadores en el gobierno. Los aliados pequeñoburgueses de las clases trabajadoras por lo general son más educados, tienen mayor confianza en sí mismos, formulan mejor sus ideas, hablan y escriben con más soltura, han tenido más experiencias de liderazgo y dirección. Por tanto, a menudo están sobrerrepresentados en los rangos de la dirigencia durante las primeras etapas de los movimientos revolucionarios. A partir de los primeros años del proceso, los componentes del bloque revolucionario se influyen mutuamente. Los individuos, con independencia de su origen de clase, contemplan cómo se despliegan ante su vista las perspectivas de transformación, ven retados sus prejuicios, cambian sus conceptos acerca de cómo debe ser la vida.
En los años sesenta viajé en un avión que iba de La Habana a España con varias mujeres de la alta clase media. Eran desafectas a la revolución, porque para ellas esta significaba sobre todo dificultades y temían por la educación religiosa de sus hijos, mientras que sus esposos veían en la construcción de una nueva sociedad la compensación por las privaciones materiales. En la elaboración de un programa revolucionario pueden converger corrientes políticas muy diversas, y sus orígenes pueden ser visibles en las demandas tempranas de la revolución. Cuando las cosas no resultan como deseaban, los individuos pueden volverse contra el proceso en su conjunto.
Pero las ambiciones y el individualismo de la sociedad capitalista son capaces de adaptarse a nuevas circunstancias. Se puede aspirar a un puesto en busca de influencias, y expresar los prejuicios en nuevas condiciones. Quienes han sufrido privaciones pueden entender la liberación como el acceso a los privilegios de quienes mandaban antes. Quienes trabajaban en exceso pueden imaginar que el socialismo es una liberación del trabajo. Las necesidades urgentes pueden imponerse a los objetivos a largo plazo, y las improvisaciones que resultan útiles en un momento pueden ser desastrosas a la larga. Rosa Luxemburgo advertía que tratamos de construir el futuro con los materiales del pasado, incluidos nosotros mismos. El heroísmo y el sacrificio pueden coexistir en un mismo individuo con la avaricia y la ambición, la solidaridad con el sexismo. (Las mujeres cubanas solían decir en los setenta que sus esposos eran “revolucionarios en la calle y reaccionarios en la casa”. La tasa de divorcios en Cuba es alta. La Federación de Mujeres Cubanas plantea que los hombres sueñan con mujeres que ya no existen, mientras que las mujeres sueñan con hombres que todavía no existen.)
Hay incluso quienes ven los privilegios como la recompensa por años de riesgos y sacrificios, como sucedió en Nicaragua durante la famosa piñata. Un trepador social sudafricano dijo con toda franqueza que no había arriesgado su vida en la clandestinidad para ser pobre. Un dirigente de la juventud comunista en los Estados Unidos me confesó unos años después, cuando ya se había transformado en un liberal en vías de convertirse en un economista conservador, que durante los años de su militancia, cuando la persecución contra los izquierdistas comenzaba a arreciar, esperaba que la revolución triunfara no sólo en el curso de su vida, sino durante su juventud, y que ocuparía en ella un lugar prominente.
Las revoluciones pueden ser derrotadas en el curso de la lucha con sus enemigos de clase externos e internos, y hundirse de nuevo en el capitalismo, de la misma forma que los primeros pasos hacia el desarrollo capitalista se vieron frustrados en la China de la dinastía Sung, las ciudades estados del Renacimiento italiano, Bohemia durante la Reforma y Egipto bajo la conducción de Mohammed Ali en el siglo XIX. El feudalismo polaco experimentó una especie de reavivamiento en fecha tan tardía como el siglo XVI, como consecuencia del capitalismo mercantil de Europa Occidental, sobre todo de la demanda de granos. Las concesiones al capitalismo pueden no ser meramente medidas de emergencia para garantizar la sobrevivencia, sino que también pueden minar la moral y el compromiso.
Debido a los conflictos entre los sectores revolucionario y contrarrevolucionario, debido a los enemigos externos, debido a la heterogeneidad del movimiento, debido a la inexperiencia y debido a los enormes problemas que supone encontrar el camino correcto para superar el atraso, no todo lo que sucede durante un proceso revolucionario es resultado de los deseos de un grupo específico o de los dirigentes. Y no todo cambio de política es resultado de una lucha en el seno del liderazgo, o de una tendencia “reformista”, o del auge o la caída de los dirigentes “de línea dura”.
El léxico de la ciencia política suele apelar con regularidad a falsas dicotomías para explicar los cambios que se observan en las políticas o las prácticas. Entre ellas, algunas de las más frecuentemente invocadas son las dicotomías entre “reformistas” versus “dirigentes de línea dura”, y “pragmáticos” versus “ideólogos”. Se supone que a los pragmáticos no les importan los principios, sino que sólo quieren que “las cosas se hagan”. Por supuesto, esto omite la pregunta: “¿Qué cosas?” Si las “cosas” son indicadores de crecimiento económico, algunas políticas tienen sentido; pero si el objetivo es satisfacer las necesidades de la población o reforzar su capacidad de resistencia, son otras las medidas que resultan prácticas.
De manera similar, el compromiso con la satisfacción de las necesidades del pueblo puede calificarse de “ideológico” por contraste con el compromiso liberal con el mercado, que se califica de “no ideológico”. Si las creencias de alguien son similares a las nuestras, las consideramos apegadas a los principios; si son contrarias, podemos tildarlas de “ideológicas”. Y las medidas que aprobamos son “pragmáticas”, mientras que si no nos gustan, son “oportunistas”.
Otra explicación favorita para los cambios de política, tomada del léxico de la ciencia política burguesa, es la famosa cita de Lord Acton: “El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente”. Su corolario también es muy popular: El objetivo fundamental de quienes detentan el poder es permanecer en el poder. Eso casi nunca es verdad. Ni siquiera el presidente Bush promovería la salud pública universal y gratuita, subsidiaría a Venezuela o renunciaría a Cristo sólo para conservar el poder. Los gobernantes del pasado erigieron monumentos sólo para conmemorar su poder y su éxito militar, y los tributos obtenidos sobre la base del pillaje; pero hoy en día, detrás de cada fachada de ansias de poder se esconde un individuo con principios, incluso si se trata de principios malsanos.
Si Lord Acton hubiera vivido en un país del Tercer Mundo con una clase dominante y un gobierno supeditados a la embajada de los Estados Unidos, quizás habría añadido: “La impotencia corrompe; la impotencia absoluta corrompe absolutamente.” Esa es la tragedia del gobierno puertorriqueño en la actualidad. Tal vez entonces Acton habría entendido mejor la corrupción de las capas gobernantes de una parte tan sustancial de la periferia global, a la que se culpa de la pobreza supuestamente causada por su “falta de responsabilidad”.
Las políticas cambian porque las circunstancias cambian o porque los individuos aprenden. El racionamiento en Cuba ha sido, en los períodos más duros, la garantía de una igualdad al menos mínima en el acceso a los alimentos. En otros momentos, cuando se dispone de una mayor variedad de bienes, puede convertirse en un obstáculo para la distribución y crear un espacio para los “intermediarios”. Los mercados campesinos ofrecen más productos del agro, pero también permiten el enriquecimiento ilícito de algunos. El turismo puede proporcionar la entrada de divisas, pero también convertirse en un foco de corrupción y socavar la igualdad. Las políticas cambian para reconciliar demandas opuestas en un sistema que trabaja bajo una severa presión. Internet puede estar limitada fundamentalmente a los usuarios institucionales cuando el costo en dólares del acceso al satélite es demasiado grande, o puede resultar más accesible cuando se dispone de recursos: ello es expresión de un orden de prioridades y no de una “reforma”.
La política cubana de limitar el acceso a los hoteles fundamentalmente a los extranjeros era muy injusta, pero resultaba necesaria para captar las divisas que se requerían con urgencia. Para contrapesar esa política, se reserva cierto número de habitaciones para cubanos que las ocupan según prioridades socialmente determinadas. Por ejemplo, los recién casados son la primera prioridad (esto ha cambiado en los últimos tiempos a favor de salarios más altos), y también acceden a ellas personas a quienes se premia por un trabajo destacado. Como el trabajo destacado suele significar una combinación de trabajo productivo y contribución social, esta política tiene sentido para los cubanos, pero sería considerada una forma de discriminación política por los críticos de la isla. Un hermoso atlas de Cuba cuesta alrededor de $100 en las tiendas para turistas, lo que obviamente está fuera del alcance de los cubanos. Pero mis amigos cubanos lo compraron por $10, lo que todavía no es barato, pero sí un precio manejable. Ha menudo ha sucedido que medidas muy comentadas que socavan los valores socialistas son contrarrestadas parcialmente por otras medidas menos conocidas cuyo objetivo es mitigar el daño.
Cualquier estudio del socialismo debe examinar esos procesos históricos reales y no comenzar con una serie de imperativos abstractos para evaluar el socialismo de determinado país. En los acápites que siguen me basaré sobre todo en mi experiencia de participante/observador del proceso cubano, pero haré referencia a otros movimientos revolucionarios y quizás le daré un peso excesivo a los temas de la democracia, porque suelen ser los más polémicos.
(Continuará)
Texto íntegro en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=106870

Imagen agregada RCBáez_Turistas en La Habana

El Pensamiento Nacional; ¿una epistemología de la periferia?

Transcripción textual de la conferencia dictada por Francisco José Pestanha en el 3º Congreso Nacional del Pensamiento Argentino organizado por la Asociación Mutual de Trabajadores del Arte, la Cultura y actividades afines (AMTAC) el 10 y 11 de junio de 2010, en la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales (Escuela Normal), Paraná, Entre Ríos.

El Pensamiento Nacional; ¿Una Epistemología de la Periferia?
Por Francisco José Pestanha
fpestanha@hotmail.com
Antes de emprender esta conferencia, quiero expresar un caluroso reconocimiento a la labor de la Asociación Mutual de Trabajadores del Arte, la Cultura y Afines (A.M.T.A.C), al amigo Néstor Forero, y muy especialmente, a Eduardo “Lobo” Espiro, mentor y hacedor de este proyecto.
Probablemente – aunque observo que la mayoría de este masivo auditorio está compuesto por jóvenes – alguno de ustedes haya escuchado cierta referencia a una corriente de pensamiento argentino que se autodenomina como corriente “de” o “del pensamiento nacional”, y cuyos referentes mas reconocidos son – entre otros - Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y por supuesto vuestros co- provincianos Julio y Rodolfo Irazusta y Fermín Chávez.
Esta corriente que no ha sido ni receptada, ni estudiada, ni mucho menos difundida en nuestros ámbitos académicos – paradójicamente - es la que ha producido la doctrina y en cierto sentido la cosmovisión que nutrió a los dos grandes movimientos políticos acontecidos durante el siglo pasado: me refiero al Yrigoyenismo y al Peronismo. He aquí una primer paradoja que quiero dejar expresamente planteada: los dos movimientos políticos y por que no culturales (en el amplio sentido de la palabra) que acontecieron en nuestro país durante el siglo pasado han sido nutridos por una modalidad epistemológica que es sistemáticamente ignorada en los ámbitos escolarizados y ni siquiera constituye objeto estudio en la mayoría de nuestras universidades, salvo honrosas excepciones.
Nos interrogamos en primera instancia respecto cuales son las razones de esta paradoja, pero además, sobre los fundamentos por las cuales esta corriente de pensamiento se autodefine como “nacional”, cuando todos sabemos que el pensamiento en si mismo, es un fenómeno de carácter universal.
Voy a intentar a partir de breves cavilaciones transmitirles a ustedes ciertos elementos conceptuales que los ayuden a develar estos interrogantes, y también, algunos de de los fundamentos que sustentaron y aún sustentan la existencia de ésta epistemología, con las lógicas limitaciones que me impone el tiempo asignado.
A tal fine procederé citar textualmente tres reflexiones pertenecientes a pensadores argentinos - lamentablemente no muy difundidos - pero nítidamente integrados a una corriente que, por sus lógicos matices y por razones históricas, nunca se constituyó orgánicamente como tal;
“para estudiar el ser colectivo que constituye una sociedad, sea que se considere o no a ésta como un organismo, es evidentemente indispensable conocer todos los elementos que la forman y sus modos de funcionar, con resultados varios en su vida anterior y su vida presente”
Wenceslao Escalante (filosofo)
“pensar desde sí, para ser uno mismo, es liberarse, es despojarse de lo ajeno, deseducarse. el pensamiento ajeno, cuando uno no es libre, no ayuda, ocupa desalojando nuestra posibilidad de pensar lo nuestro desde nosotros mismos”.
Gustavo F. J. Cirigliano (filósofo y pedagogo)
“Las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas"
Fermín Chávez (pensador y epistemólogo)
El pensamiento nacional como hemos señalado en numerosas oportunidades constituye nada mas ni nada menos que una verdadera “epistemología de la preriferia”, definición que no me corresponde, sino que ha sido acuñada definitivamente por nuestro maestro Fermín Chávez, aunque utilizada anteriormente, entre otros, por Arturo Jauretche.
Como ustedes saben los griegos diferenciaban la doxa de la epistéme. En términos simplificados mientras la doxa presuponía un conocimiento diríamos fragmentario, superficial y en tanto “aparente” de la realidad, la epistéme, era un conocimiento o saber profundo ya que “penetraba” en las causas y fundamentos de “lo conocido” en forma metódica, sistemática y en cierto sentido rigurosa. La epistemología por su parte no es solo aquella doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico - y en tanto- el estudio de su producción y validación, sino también la disciplina que aborda entre otras cuestiones los factores y las circunstancias históricas, psicológicas y sociológicas que llevan a la obtención del conocimiento.
Todas estas cuestiones nos llevan entonces a interrogarnos respecto al conocimiento, y en cierto sentido, creo que nos han mal enseñado al respecto, ya que suele asociarse el “conocer” al simple hecho de “percibir”. Pero el hecho de la percepción es solo uno de los componentes del conocimiento. Conocer como nos enseña Fermín Chávez no es solo percibir, es también a-percibir.
La a-percepción nos vincula al campo de la conciencia. La a- percepción presupone en cierto sentido que el sujeto cognoscente, para conocer efectivamente, “es” o “debe ser” plenamente consciente de su situación al momento de percibir, ya que si uno percibe sin una conciencia real de situación que ocupa como sujeto, el conocimiento que obtiene es parcial, es, diríamos, incompleto. En ese orden de ideas la simple absorción acrítica de ideas o doctrinas sin conciencia de los factores económicos, filosóficos, políticos, etc. que determinaron su creación, como asé también falta de conciencia de aquellos factores que nos determinan al momento de conocerlas nos puede conducir hacia lo que Ernesto Goldar – entre otros autores - denominan alineación. Esa conciencia que presupone el a -percibir es esencialmente histórica.
Tomemos un ejemplo. Si yo intento conocer una determinada doctrina política (por ejemplo el liberalismo) sin tener plena conciencia de las razones históricas, Políticas y Económicas que le dieron origen y por las se expandió por su región originaria - y además - de las razones y fundamentos por las cuales se difundió en otras regiones como la nuestra, y la considero simplemente como el producto de la “iluminación” o de la “razón pura” de uno o mas filósofos, o lo que es peor aún, como una cosmovisión que proviene de la misma “naturaleza humana” mi conocimiento respecto a ella no es completo. Fernández Baraibar suele recurrir para explicar esto a la película Matrix, un film donde la realidad esta compuesta por maquinas que se alimentan de los seres humanos, y otra realidad, la virtual – la de la Matrix - a la que están conectados todos los seres humanos mientras son consumidos – Los seres conectados creen que perciben la realidad pero esa es falsa es una realidad virtual creada para que los seres humanos no tomen conciencia de que están siendo consumidos.
Ahondemos un poquito en esta cuestión tomando como punto de Partida la dicotomía Civilización – Barbarie, que aunque nos resulte incomprensible, aún obnubila las conciencias de muchos compatriotas, e inclusive, de muchos “intelectuales y “comunicadores. La dicotomía Civilización y/o Barbarie esgrimida sobre todo después de la batalla de Caseros, constituyó una falsa antítesis (zoncera madre que las parió a todas según Jauretche) que sostenía que lo bárbaro era sinónimo de lo propio, de lo local, de lo telúrico, de lo vernáculo, de lo nativo, de la herencia indo –hispano – criolla, y lo civilizado, sinónimo lo ajeno, de lo Europeo, de lo clásico. Esa dicotomía para nuestros maestros resultaba alienante ya que partía de un prejuicio preexistente y a - histórico, ya que como todos sabemos, por un lado presuponía la exaltación acrítica de lo “otro” en función de la denigración de lo propio. Lo bárbaro, para los iluministas locales, no era solo el presente, lo era también un pasado indo - hispánico que había que suprimir, que había que olvidar.
Pero como enseña Jorge Bolívar, ni los civilizados eran tan civilizados, ni los bárbaros eran tan bárbaros y contra este y otros tantos prejuicios “fundantes” va a ir desarrollándose una epistemología que aspirará al conocimiento de la realidad no solo como percepción sino como apercepción - y en ese sentido – partiendo del hecho real de nuestra situación periférica y de la conciencia de que en el marco de las luchas de poder que se operan en la realidad se encuentra la cuestión conceptual e ideológica, intentará un abordaje de la realidad “sin anteojeras” es decir sin prejuicios acríticos.
Partiendo entonces del reconocimiento de las existencia de fuerzas exógenas que operan sobre las naciones en situación colonial o semi colonial, el pensamiento nacional se propondrá librar una batalla cultural que presupuso - entre otras acciones - el contribuir a despejar de las mentes de nuestros paisanos ciertos prejuicios iluministas o preconceptos como el mencionado precedentemente que Manuel Ortíz Pereyra en la década del `20 definirá como aforismos sin sentido, y que su discípulo, Arturo Jauretche difundirá luego bajo el mote de zonceras.
Respecto Ortíz Pereyra, dos son los libros que recomiendo para la comprensión del fenómeno descrito precedentemente: la “Tercera Emancipación” publicado en 1926; y “Por nuestra redención cultural y económica” publicado en 1928 (donde define y explicita los aforismos sin sentido, padres de las zonceras criollas de Jauretche).
El fenómeno de la a-percepción que – como señalamos – se encuentra en el campo del sujeto está presente en las definiciones de Ortíz Pereyra que leo textualmente:
“El hombre, frente a un objeto, ve, observa, analiza, interpreta y conoce hasta donde se lo permite su preparación y hasta lo conciente la cosa cuyo conocimiento procura”… y ….. “No basta que el sujeto sea uno. No basta que el objeto sea el mismo para que el juicio resulte siempre idéntico. Es necesario tener en cuanta la situación del observador. Cuanto mayor sea el número de sus puntos de vista mas se aproximara a la verdad”.
Desde una posición que presupone la relatividad de todo conocimiento ya que según él “no existe sujeto infinitamente dotado de inteligencia con infinitos puntos de vista”, y ni tampoco, un “objeto susceptible de presentarse a la observación en su infinitas posiciones de tiempo y lugar”, el mentor de Jauretche consideraba que en nuestro país mientras se estimulaba la inmigración de las personas se organizaba la “emigración de nuestras ideas”. No nos conformamos decía con empapar nuestros espíritus “en la fuentes de los pensadores y de los profetas de allende de océano y nos decidimos traerlos en persona para que acabaran de enseñarnos las ciencias de ellos, justo cuando mas necesitábamos estudiar y aprender las ciencias nuestras”. De esta forma para Ortíz Pereyra hubo sobresaturación de europeismo que impidió conducirnos hacia la satisfacción de nuestras necesidades que son locales, únicas y exclusivas. Nos formamos sostenía “Una verdadera cultura del recelo hacia lo nuestro y de fe en lo extranjero”.
Para esta autor y verdadero patriota era necesario recuperar la fe en el nosotros, y en ese sentido, concentrarnos definitivamente en la especulación sobre aquellos elementos que componen la realidad argentina, abordando detenidamente aquellas cuestiones que nos vinculan a nuestro propio ser colectivo - es decir - a aquellos aspectos geográficos, históricos, culturales, antropológicos, míticos y religiosos que componen nuestro propio ser, es decir, nuestra identidad colectiva.
Esa concentración en el propio ser debía orientarse a neutralizar una superestructura escolar, académica y cultural basada en prejuicios a- históricos y en el desconocimiento de lo propio, y tal sentido denunciaba que:
"el pueblo que ha concurrido a la escuela argentina ha aprendido una cantidad respetabilísima de conocimientos de historia, geografía, gramática y otras materias, pero ignora de un modo absoluto su situación real y actual de pueblo encadenado a una dictadura económica que lo hunde silenciosa e implacable en la miseria el hambre, la corrupción y el crimen”.

Estas y otras reflexiones presuponen que, para el autor, nuestra educación estaba sustentaba en un enciclopedismo universalista con escasísimo sustento en la realidad, hecho que condenaba al pueblo a la ignorancia respecto a las fuerzas reales que operaban silenciosamente en el país. Nótese que Scalabrini Ortiz en el Prólogo a Política Británica en el Río de la Plata, propone en plena sintonía el “volver a la realidad como imperativo inexcusable” para salir de ese idealismo alienante. El volver a la realidad no significaba de modo alguno someterse a un realismo pragmático, sino por el contrario, tomar conciencia de nuestra situación real para alejarnos de la alienación, y en consecuencia, comenzar a proyectar desde nosotros mismos.
Aunque parezca también paradójico, aún en la actualidad nuestra enseñanza continúa plagada de una orientación que, sido impulsada por cierto iluminismo filosófico presente en la generación del 80, aspiraba a crear un tipo específico de ciudadanía de tipo universal a partir de una educación que relegaba lo local y lo particular, y que se concentraba fundamentalmente el lo general e universal, a partir, entre otros fundamentos, de la adaptación en forma acrítica doctrinas y filosofías. Una educación concentrada en formar “ciudadanos del mundo”.
A pesar de ingentes esfuerzos individuales aún hoy no se promueve - como debería hacerse - el conocimiento de lo propio como principio rector. Quiero aclarar que cuando me refiero a lo local incluyo también a lo Suramericano. En muchos ámbitos educativos desgraciadamente instrucción, y la formación siguen siendo sinónimos de conocimiento (admirado y acrítico) de lo universal – de lo clásico- en detrimento del saber de lo particular de lo local.
Este tipo de método ha generado un profundo déficit en nuestro autoconocimiento y constituye el principal “defecto” de nuestro sistema educativo. Causa verdadera pena que cada tanto se realizan congresos “pedagógicos” que se en vez de concentrarse en las cuestiones de fondo se preocupan por las formas. La educación de un país es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de los pedagogos ya que lo importante son los contenidos. Los contenidos definen el proyecto de ciudadano y de país al que se aspira.
Nuestra corriente sostiene que debe partirse del conocimiento ex – ante del propio ser, para fortalecer el campo de la a-percepción - y por ello, nuestro proceso de formación debe ir de lo particular a lo general. La referencia anterior no presupone en modo alguno menoscabar el conocimiento de lo otro, ni mucho menos despreciarlo, significa, prepararse para asimilarlo, y en ese sentido promovemos el establecimiento de un nuevo orden de prioridades diferente al que opera actualmente .

Como primera conclusión entiendo, deberíamos impulsar modificación del método de enseñanza: reitero debemos comenzar de lo local y lo regional y para luego abordar lo universal ya que lo que no se conoce no se aprecia, no se valora y en tanto no se asume. No se trata entonces de incluir en la normativa educativa cambios en las estructuras formales, sino un cambio radical el en método de abordaje de la realidad. En esta labor es vital la actitud de los docentes quienes deberán cobrar mayor autonomía respecto de las “líneas” que suelen “bajar” ministerios y academias.
El revisionismo histórico en plena sintonía con el pensamiento nacional, se constituyó en una corriente historiográfica que no surgió en función de aspiraciones narciscísticas de sus exponentes, sino, muy por el contrario, para suplir ese déficit en el autoconocimiento al que me referí precedentemente, ya que la historiografía oficial de cuño mitrista en función del modelo de ciudadanía que promovía, había omitido ex profeso incluir en el relato histórico destinado a la formación de las futuras generaciones de argentinos, hechos sustanciales y fundantes de nuestro devenir histórico. Hoy un nuevo revisionismo aspira que este relato se extienda hacia los remotos principios de la existencia humana en nuestra región, ya que como enseña Cirigliano “toda la historia es nuestra historia” y en esa línea hace poco tiempo hemos publicado una verdadera “provocación” que se denomina “Proyecto Umbral”, editado por la Editorial Ciccus.
La dicotomía Civilización Barbarie quiero resaltar, no solamente afecto el proceso de autoconocimiento, sino además, afectó los mecanismos de autoestima colectiva. Plenamente concientes de ello, tanto Manuel Ortiz Pereyra como Jauretche, se concentraron en la incidencia autodenigratoria de los aforismos sin sentido, luego, Zonceras. El manual de las Zonceras Argentinas, texto señero como pocos, constituye una denuncia sobre la existencia de verdaderos dispositivos autodenigratorios de incidencia colectiva Mas que de sociología criolla, el manual de zonceras argentinas es un texto de psicología social, o si se, quiere colectiva.
La revolución educativa y cultural que proponemos y que debe operarse en el campo del autoconocimiento, debe estar acompañada por la puesta en funcionamiento de mecanismos autoestima colectiva que en modo alguno pueden ser a- críticos, pero que deben orientarse hacia el establecimiento de una relación afectiva entre el sujeto cognoscente y lo conocido, es decir su propio país, su propia comunidad, su propia nación. Si en términos individuales consideramos el amor propio (autoestima) es un ejercicio de virtudes reconocidas, en términos colectivos lo es el amor por lo propio. El Pensamiento Nacional es una corriente impulsada a por un profundo sentimiento de amor hacia lo propio tal cual es y tal cual manifiesta en la realidad.
Para ir concluyendo me interrogo y dejo expresamente planteado este interrogante; ¿Cómo pretender encarar el estudio de la historia argentina del siglo pasado sin un profundo y desprejuiciado abordaje respecto a modalidad epistemológica extraacadémica que nutrió e influyó sobre los dos movimientos políticos más importantes de la argentina durante el siglo pasado? Y otro; ¿Como lograr esa conciencia nacional o autoconciencia (apercepción) de la que hablaban Hernández Arregui y Fermín Chávez sin el conocimiento cabal de la realidad, de lo que “realmente fuimos y pensamos” y de lo que “realmente somos” para entonces, como comunidad, evaluar en forma equilibrada y desprejuiciada nuestras potencias y fortalezas, y nuestras debilidades - y desde allí - determinar nuestros intereses y establecer nuestros objetivos y metas.
Finalmente y a fin de responder una de las preguntas quiero manifestarles que “la cultura popular” es el espacio, quizás el único ámbito que se ha preservado históricamente de la alienación. Si ustedes observan con atención la historia de nuestro país, podrán concluir que es a través del arte y la cultura popular, entendiendo por arte y cultura popular, todo producto de la expresión y creación no institucionalizada, que el espíritu nacional fue preservado por este medio. Fermín Chávez ha estudiado esta cuestión con profundidad y ha acreditado como, a través de la poesía gauchesca sobrevivió el espíritu facúndico. Les recomiendo un texto de este autor que se encuentra en Internet, que demuestra como lo gauchesco se reencarnó primero en el tango orillero, y posteriormente, en ciertos exponentes del rock Nacional. Les recomiendo además que observen detenidamente como la revolución cultural operada entre los años 1920-1940, influyó sobre la revolución política económica, política y social operada entre 1945 y 1955. Miren además las expresiones de cultura popular durante la dictadura, además, observen detenidamente lo que esta pasando en la actualidad con las nuevas generaciones. En los países sujetos a la acción colonial o semi - colonial el verdadero espacio de resistencia es definitivamente la cultura popular.
Quiero despedirme haciendo entrega a las autoridades de la AMTAC tres libros de Fermín Chávez que gentilmente ha obsequiado su hijo Simón, y que constituyen a mí entender la matriz del pensamiento de nuestro maestro: Historicismo e Iluminismo en la Cultura Argentina Editorial País, Bs. As, 1977; Porque Esto Tiene Otra Llave. De Wittgenstein a Vico. De Editorial Pueblo Entero, Bs. As, 1994; La Conciencia Nacional: Historia de su Eclipse y Recuperación de la Editorial Pueblo Entero, Bs. As., 1996;
Muchísimas gracias a todos.
* Se permite la reproducción citando fuente.

Saber la verdad a tiempo

Saber la verdad a tiempo

27 Junio 2010  
Cuando escribía cada una de mis Reflexiones anteriores, a medida que una catástrofe para la humanidad se aproximaba aceleradamente, mi mayor preocupación era cumplir el deber elemental de informar a nuestro pueblo.
Hoy estoy más tranquilo que hace 26 días. Como siguen ocurriendo cosas en la corta espera, puedo reiterar y enriquecer la información a la opinión pública nacional e internacional.
Obama se comprometió en asistir el dos de julio al partido de cuartos de final, si su país obtenía la victoria en los octavos de final. Él debiera saber más que nadie, que esos cuartos de final no podrían realizarse ya que antes ocurrirán gravísimos acontecimientos, o al menos debiera saberlo.
El pasado viernes  25 de junio, una agencia internacional de noticias de conocida minuciosidad en los detalles de las informaciones que elabora, publicó las declaraciones del “…comandante de la Armada del cuerpo élite de los Guardianes de la Revolución Islámica, general Ali Fadavi…” -advirtiendo­- “…que si Estados Unidos y sus aliados inspeccionan a los barcos iraníes en aguas internacionales ‘recibirán una respuesta en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz’”.
La información fue tomada de la agencia local de  noticias Mehr, de Irán.
Dicha agencia, según el despacho, comunicó: “Fadavi añadió que ‘la Armada de los Guardianes de la Revolución cuenta actualmente con centenares de embarcaciones dotadas con lanzaderas de misiles’.”
La información elaborada casi a la misma hora de lo publicado en Granma, o tal vez antes, parecía en algunos puntos una copia al carbón de los párrafos de la Reflexión elaborada el jueves 24 de junio y publicada en ese periódico el viernes 25.
La coincidencia se explica por el uso elemental que siempre aplico del razonamiento lógico. Yo no conocía una palabra de lo que publicó la agencia local iraní.
No albergo la menor duda de que tan pronto las naves de guerra de Estados Unidos e Israel ocupen sus puestos ­-junto al resto de las embarcaciones militares norteamericanas ubicadas en las proximidades de las costas iraníes­- e intenten inspeccionar el primer buque mercante de ese país, se desatará una lluvia de proyectiles en una y otra dirección. Será el momento exacto en que se iniciará la terrible guerra. No es posible prever cuántas naves se hundirán ni de qué bandera.
Saber la verdad a tiempo es para nuestro pueblo lo más importante.
No importa que casi todos por natural instinto, podría decirse que el 99,9 por ciento o más de mis compatriotas, conserven la esperanza y coincidan conmigo en el deseo sincero de estar equivocado. He conversado con personas de los círculos más cercanos y a la vez recibido noticias de tantos ciudadanos nobles, abnegados y cumplidores de su deber, que al leer mis Reflexiones no impugnan en lo más mínimo sus consideraciones, asimilan, creen y tragan en seco los razonamientos que expongo, sin embargo, dedican de inmediato su tiempo a cumplir con el trabajo, al que consagran sus energías.
Eso es precisamente lo que deseamos de nuestros compatriotas. Lo peor es que repentinamente se conozcan las noticias de gravísimos acontecimientos, sin haber escuchado antes noticia alguna sobre tales posibilidades, entonces cundirá el desconcierto y el pánico, que sería indigno de un pueblo heroico como el cubano, que estuvo a punto de ser objetivo de un ataque nuclear masivo en octubre de 1962, y no vaciló un instante en cumplir el deber.
En el desempeño de heroicas misiones internacionalistas, combatientes y jefes valientes de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias estuvieron a punto de ser víctimas de ataques nucleares contra las tropas cubanas que se aproximaban a la frontera sur de Angola, donde las fuerzas racistas sudafricanas habían sido desalojadas tras la batalla de Cuito Cuanavale y se atrincheraban en la frontera con Namibia.
El Pentágono, con el conocimiento del Presidente de Estados Unidos, suministró a los racistas sudafricanos alrededor de 14 armas nucleares a través de Israel, más poderosas que las que fueron lanzadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, como hemos explicado en otras reflexiones.
No soy profeta ni adivino. Nadie me informó una palabra de lo que iba a ocurrir; todo ha sido fruto de lo que hoy califico como el razonamiento lógico.
No somos novatos ni entrometidos en este complicado tema.
En la poscrisis nuclear, se puede augurar lo que ocurrirá en el resto de América de lengua iberoamericana.
En tales circunstancias, no se podrá hablar de capitalismo o socialismo. Sólo se abrirá una etapa de administración de los bienes y servicios disponibles en esta parte del continente. Inevitablemente seguirán gobernando cada país los que hoy están al frente del gobierno, varios muy cercanos al socialismo y otros llenos de euforia por la apertura de un mercado mundial que hoy se abre para los combustibles, el uranio, el cobre, el litio, el aluminio, el hierro, y otros metales que hoy se envían a los países desarrollados y ricos que desaparecerá repentinamente.
Abundantes alimentos que hoy se exportan a ese mercado mundial también desaparecerán de forma abrupta.
En semejantes circunstancias, los productos más elementales que se requieren para vivir: los alimentos, el agua, los combustibles y los recursos del hemisferio al sur de Estados Unidos, abundan para mantener un poco de civilización, cuyos avances descontrolados han dirigido la humanidad a semejante desastre.
Hay, sin embargo, cosas muy inciertas todavía, ¿podrán abstenerse las dos más poderosas potencias nucleares, Estados Unidos y Rusia, de emplear una contra la otra sus armas nucleares?
Lo que no cabe la menor duda es que desde Europa, las armas nucleares de Gran Bretaña y Francia, aliadas a Estados Unidos e Israel -que impusieron con entusiasmo la resolución que inevitablemente desatará la guerra, y ésta, por las razones explicadas, de inmediato se volverá nuclear-, amenazan el territorio ruso, aunque el país al igual que China ha tratado de evitar en la medida de las fuerzas y las posibilidades de cada una de ellas.
La economía de la superpotencia se derrumbará como castillo de naipes. La sociedad norteamericana es la menos preparada para soportar una catástrofe como la que el imperio ha creado en el propio territorio de donde partió.
Ignoramos cuáles serán los efectos ambientales de las armas nucleares, que inevitablemente estallarán en varias partes de nuestro planeta, y que en la variante menos grave, se van a producir en abundancia.
Aventurar hipótesis sería pura ciencia ficción de mi parte.

Fidel Castro Ruz
Junio 27 de 2010
2 y 15 p.m.

domingo, 27 de junio de 2010

Junio 27-2010
escrito por Nelson Vilca.
El día 17 de julio del 2010 se cumplirá 30 años de impunidad, injusticia y dolor para los familiares de los desaparecidos en la dictadura militar y para todos aquellos que defendemos la vida y la libertad.








El artículo 3 de la Declaración Universal de los derechos humanos señala que “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Pero esto en Latinoamérica es difícil de cumplir, tanto en el pasado como en el presente.
Un ejemplo de ello es que este 17 de julio se cumpliría 30 años de impunidad que tienen los militares en Bolivia.
En la lista de víctimas, se encuentran argentinos, chilenos y de otras naciones, no solamente bolivianos
Han pasado 30 años y todavía no se tiene un número cerrado de detenidos, secuestrados, torturados y asesinados en las dictaduras militares, pues la justicia de Bolivia es incompetente en todos los sentidos para poder lograr justicia, Esta, les pide a todos comprobantes oficiales de su detención, aun habiendo otras pruebas que confirman esta tortura, puesto que muchas de las víctimas no tuvieron la oportunidad de pedirles a sus torturadores una declaración oficial y sellada de que eran violadores de los derechos humanos, esto conlleva a que las victimas no pueden tener a un verdadero acceso a la justicia por este detalle.
También en Bolivia uno puede morir y seguir esperando sentencia de los juicios, puesto que su sistema es desgastante, corrupta y bastante complicada en si misma.
Dirigido totalmente a no lograr absolutamente nada, tendiendo a que caigan los juicios por fallas técnicas en presentaciones de documentos.
Todo estas aseveraciones son repetidas constantemente por todo aquel que quiera realizar un proceso judicial en Bolivia.
30 años que los familiares hacen un llamado a no olvidar a los desaparecidos, a no olvidar los crímenes impunes de los gobiernos militares, a la reparación, a la devolución de los restos de su familia, que se habrán los archivos militares y se condene a todos los culpables de los crímenes de lesa humanidad.
Hasta ahora el poder ejecutivo emitió una orden ministerial para habrir los archivos militares, pero el estado mayor de las fuerzas armadas, no hace caso a este pedido, igual que a los pedidos de la justicia para la apertura de los archivos y el legislativo todavía no lo pidió oficialmente a esto.
Lo cierto es que de los 156 desaparecidos que se tiene registro y de los cientos de personas asesinadas en la mina o en el campo que no se tienen datos, no se logra aún investigar y condenar a todos los culpables.
Pero algunos familiares y amigos de desaparecidos reclamaran este 17 de julio en un una concentración para pedir justicia y no mas impunidad.
Para ellos la justicia es: reparación, reivindicación y desclasificación.
Lo que recalcan ellos mucho, es que las marchas y concentraciones siempre son de pocas personas y esto es algo que no se entiende, pues son los derechos a la vida, a la libertad y a la justicia lo que reclaman y no otra cosa, pareciera que la comunidad boliviana no le presta mucha atención a esto.
Por mi parte como comunicador me comprometo a estar presente en esta concentración, así como las mujeres por justicia, estas comprenden un comité que busca solo la verdad y justicia.
El 17 de julio se concentraran en la sede de la COB (Central Obrera Boliviana, en la Paz Bolivia), a las 10:30 hs.

Para contactarse con la area de prensa de la organización.
escribir o llamar a estos contactos

Tel: (00591)-79651586-La Paz -Bolivia (area de prensa)
Email:

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videos sobre la lucha por la verdad y justicia de los desaparecidos en Bolivia:

 
 
 
 
 
 
 










 

 



Gracias por todo……………..Nelson Vilca

Celular  0054-351-155485305 (Córdoba Arg.)
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EN EL PROGRAMA “El Club de la Pluma”
26-6-2010 –PROGRAMA ANIVERSARIO-

DIALOGAMOS CON:

PROF. FRANCISCO PESTHANA………………Historia – Masacre de Avellaneda

DR. RAÚL LÓPEZ……………………………….Saud Mental –Mundial y Realidad

DR. NÉSTOR FORERO……………… "Geopolítica y Empréstitos" 3º parte

MIGUEL LONGARINI………………. Poeta Pueblo

ROBERTO LANCELLOTTI…………. Ciencia y Algo más –Nuevos Mundos

LIC. CARLOS PEREYRA MELE…………….Geopolítica –El avance del imperio…