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viernes, 12 de junio de 2026

1810: LA REVOLUCIÓN QUE PENSARON LAS MENTES BRILLANTES - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

 

1810:

LA REVOLUCIÓN QUE PENSARON LAS MENTES BRILLANTES

 


Desde Buenos Aires, saludo a los oyentes de El Club de la Pluma

En columnas anteriores nos dedicamos a lo que fue la Revolución de Mayo. Decíamos entonces que, más allá del proyecto conservador que triunfó y que tanto celebraron los hacendados y comerciantes vinculados al puerto de Buenos Aires, las mentes más brillantes de esa Revolución nos legaron otro modelo de país. Y aunque fueron derrotados, hoy como ayer nos muestran que otro sendero no sólo es posible sino deseable para todos los que queremos un país más justo, más equitativo, menos fragmentado y con una riqueza mejor distribuida.

En 1810, nadie pensaba en el Río de la Plata en una ruptura con España. Para una revolución producida por causas exógenas, nacida sin teoría y sin programa, el desafío es poder explicarla, darle sentido y, sobre todo, legitimarla. Y eso hizo Mariano Moreno.

Uno de sus escritos más conocidos es la “Representación de los Labradores y Hacendados de las Campañas de la Banda Oriental y Occidental del Río de la Plata”, escrito apenas 7 meses antes de la Revolución. El texto ha sido utilizado en innumerables ocasiones para justificar la adhesión de Moreno al libre cambio y hasta para señalarlo como “espía” y defensor de los intereses de Gran Bretaña. Sin embargo, una lectura atenta nos propone otra interpretación.

No es ajeno al texto el contexto en el que se produce la demanda: “Hallándose agotados los fondos y recursos de la Real Hacienda por los enormes gastos que ha sufrido (…), debieran cubrirse de ignominia los que creen que abrir el comercio a los ingleses en estas circunstancias es un mal para la Nación y la Provincia”. Y agrega: “No tratamos de una absoluta proscripción del sistema prohibitivo, sino que, en la imposibilidad de continuarlo a que está reducida nuestra metrópolis, solicitamos provisoriamente un remedio”. Tampoco es una apertura indiscriminada la que propone sino una acotada a todo aquello de que carece el territorio: “Hay verdades tan evidentes que se injuria a la razón con pretender demostrarlas. Tal es la proposición de que conviene al País la importación de efectos que no produce ni tiene, y la exportación de los frutos que abundan hasta perderse por falta de salida”. Para Moreno, la apertura comercial es circunstancial, se justifica en los apremios económicos y debe limitarse a aquello que no produce el país. Sería bueno entonces que la sociedad argentina deje de practicar ese patriotismo barato de colgar banderas en un balcón y se entere que, ya en 1809, una de las mentes más lúcidas que tuvo la Revolución pensó un país muy distinto a este que destruye las economías regionales con tomates, manzanas y hasta limones importados, y que aniquila nuestra industria y los puestos de trabajo que genera abriendo, sin excepción alguna, las puertas del comercio.

Frente a una Revolución impensada que debe legitimarse a sí misma uno no puede dejar de preguntarse qué tipo de orden imaginaba Moreno. Sirve para esto uno de sus textos menos conocidos: la “Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios”, escrita en 1802. Junto a una férrea defensa de los naturales de América, Moreno introduce el concepto de “nativa libertad”, afirmando la existencia de derechos naturales de los que son propietarios innatos los seres humanos y entre los cuales está la libertad. A partir de allí, condena la codicia europea que legitimó el derecho a someter a los americanos al trabajo obligatorio, hasta el punto de imponerles “algunos servicios que sólo pudieron ser propios de verdaderos esclavos”. Al tiempo que sostiene que la conquista no legitima la dominación, encarga a los mineros contratar, sobre la base del pago de jornales, sólo a aquellos que se ofrezcan libremente. Es que para Moreno el nuevo orden revolucionario debía sostenerse sobre el principio del igualitarismo. Y este igualitarismo por el que luchó sólo puede darse en el marco de una república regida por la virtud, entendida como la cualidad que somete al bien público los intereses personales; que destina la energía a la conservación y subsistencia del Estado, de la cosa pública. Sólo una República virtuosa puede defender la libertad frente a la tiranía y el despotismo. Es que, como bien afirma José Chiaramonte, para Moreno la República precedió a la Nación. De ahí su enfrentamiento con Saavedra en el seno de la Primera Junta. De ahí su insistencia en que los diputados del interior integren un Congreso a fin de garantizar la división de poderes. De ahí, también, la fundación de la Gazeta, que asegura la publicidad de los actos de gobierno, poniendo el control de los funcionarios en manos de la sociedad: “…Que en todas partes el funcionario tema la censura pública y el empleado encuentre en la opinión del pueblo el único garante de su sueldo”. Y será su marcado republicanismo el que lo impulse a firmar el Decreto de Supresión de Honores, que garantiza que no son los títulos sino la virtud la que ordena la selección de los funcionarios públicos: “Que un hombre desconocido, pero con virtudes y talentos, no sea jamás (desplazado) por otro en quien el lustre de su casa no sirve sino para hacer más chocante la deformidad de sus vicios”.

Los conservadores de la Junta, sostenedores del modelo autoritario que se impondrá, que consagrará las desigualdades de la colonia y un mal entendido liberalismo, serán detractores permanentes de Moreno, pero también de Juan José Castelli, a los que acusarán de “jacobinos”. Siempre dispuestos a justificar la violencia cuando ellos la practican con la misma pasión con que condenan la ajena, mostrarán la radicalización como una patología personal, sin enmarcarla en un contexto donde la confrontación interna y con los españoles será cada vez más crispada y violenta.

En 1809, siendo virrey del Perú Fernando de Abascal, se produjeron en Chiquisaca y La Paz los primeros movimientos revolucionarios que, adhiriendo a la teoría de retroversión del poder, formaron Juntas en nombre de Fernando VII. Pero Abascal, creyéndose súper virrey, rechazó esos movimientos sosteniendo que los “nuevos virreinatos” creados por las Reformas Borbónicas carecían de la autoridad y la autonomía necesarias para formar Juntas, debiéndose subordinar al Perú. Teoría estrafalaria, pero muy conveniente para convertirlo en amo y señor de toda América del Sur. Las tropas al mando José Manuel de Goyeneche, aplastaron sin piedad la revolución del Alto Perú, dejando un saldo de centenares de muertos. No faltaron ni los fusilamientos sumarios ni el ajusticiamiento de civiles, y muchos de los sobrevivientes sufrieron torturas públicas, mutilaciones y largos años de encierro en las casamatas del Callao. Moreno y Castelli comprendieron rápidamente que la derrota se paga con la vida. Y es esta convicción, extraída de la experiencia, la que explica las instrucciones que el Secretario de la Junta firmó al ordenar a Castelli la campaña al Alto Perú y a Belgrano la del Paraguay. Al primero le dirá: “Sólo el terror del suplicio puede servir de escarmiento (…) Vaya, pues doctor, usted que, como los revolucionarios franceses ha dicho alguna vez que, cuando lo exige la salvación de la Patria, debe sacrificarse sin reparos hasta al ser más querido”. Y en las instrucciones a Belgrano ordenaba: “Todo europeo armado deberá ser arcabuceado, bien se tome en función de guerra o de cualquier otro modo (…) La Junta no deja lugar a la compasión o sensibilidad, sino que lo constituye en ciego ejecutor de estas medidas, de cuyo puntual cumplimiento le pedirá la Patria estricta cuenta”.  

Pero no es la violencia (de la que no se privaron entonces como tampoco lo harán en el futuro) lo que horroriza a la revolución autoritaria y conservadora de Buenos Aires. Para estos reaccionarios disfrazados de patriotas, que nunca quisieron abolir el orden colonial sino encumbrarse en él, el verdadero espanto lo produce el discurso igualitario que se expresa en Moreno, en Castelli y en Belgrano. En su Proclama de Tiahuanaco, leída el 25 de mayo de 1811, Castelli decretaba la libertad e igualdad de los indios, y el fin del tributo y los servicios personales en el Alto Perú. Unos meses antes, su primo Belgrano había hecho lo propio con los naturales de las Misiones, expresando en su Proclama: “(…) Hacer saber a los naturales de los Pueblos de las Misiones que (vengo) a restituirlos de sus derechos de libertad, propiedad y seguridad de que por tantas generaciones han estado privados, sirviendo únicamente para la rapiña de los que han gobernado (…), tratándoles peor que a las bestias de carga, hasta llevarlos al sepulcro entre los horrores de la miseria y la infelicidad”. Y es aquí donde mejor resuenan los ecos jacobinos de un Maximiliano Robespierre quien, al abolir la esclavitud en las colonias francesas, gritó en la Convención de 1794 a todo el que quisiera oírle: “Que perezcan las colonias si hemos de sacrificarles nuestra gloria y nuestro honor”. Porque en este país de hipócritas mal ilustrados, lo que siempre indignó a las clases dominantes en 1810, en la rebelión de los caudillos degollados, en las huelgas reprimidas por Ramón Falcón, en los obreros fusilados de 1921, en la plaza bombardeada del 55, en los muertos del Cordobazo y los fusilados de Trelew; en los desaparecidos de la Dictadura, los muertos del 2001 y los perseguidos políticos desde 2015, nunca fue ni la violencia, ni el caos, ni la República: siempre fue la lucha de los oprimidos por más igualdad, por más derechos y por más dignidad.

Pero los conflictos engendrados en 1810 no se agotaron con la Revolución. No existía en la Hispanoamérica de principios del SXIX el concepto de individuo, sino que predominaba una cultura holística y comunalista. A diferencia de EEUU, no fue el individuo de Locke sino la Voluntad General de Rousseau la que selló el nuevo Pacto Social en estas tierras. Y es esta adhesión a un Contrato donde la comunidad está por encima del individuo y sus derechos; donde cada miembro es parte indivisible del todo y donde la República se identifica con la democracia porque la igualdad es un valor insustituible, la marca de nacimiento que nos legaron Moreno, Castelli y Belgrano y que retomaron gobiernos populares donde la Patria siempre fue el otro y donde la solidaridad vencía al egoísmo. Pero desde el primer golpe neoliberal, en 1976, asistimos a un avance de la derecha que, junto a sus políticas excluyentes, nos propone un cambio en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y a la sociedad, en nuestras prácticas sociales y nuestros modos de hacer política. Ya no es la igualdad de Rousseau sino la libertad de Locke la que ordena la sociedad. Una libertad sin restricciones que combate todo aquello que la limita: el Estado, el pueblo, la mayoría o la Nación. Y una República sin virtud, donde la ética del funcionario es desplazada por la búsqueda del interés y la riqueza personal. La última batalla de 1810 se está librando ahora. Es la ideológica. La del Pacto Social de Rousseau frente al individualismo anglosajón. Y sólo de nosotros depende tener una República de igualdad con libertad o una de libertad sin igualdad. 

Desde Buenos Aires, saludo a todos los que escuchan El Club de la Pluma

 

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

 

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