DEL PALACIO A LA CALLE
Después de mirar el gobierno desde el palacio y pensar
en la derrota, creo que ha llegado la hora de volver a la calle. Porque el
futuro de la izquierda no se decidirá primero en las urnas, sino en su
capacidad de reconstruirse entre la gente.
Seguiremos mal si les hacemos caso a esas voces tibias
que no se la jugaron por las reformas en el gobierno de Petro y ahora salen a
llamarnos a fijarnos única y exclusivamente en las elecciones regionales.
Es como si las personas de la izquierda no pensaran,
sino que fueran simplemente votos para llamarlos antes de las elecciones. No es
así. Las elecciones son importantes, pero las organizaciones que solo existen
durante las elecciones ya empezaron a perder las siguientes.
La gente no es un depósito de votos. La gente no
aparece cada cuatro años ni cada vez que alguna dirigencia necesita cubrir
plazas, cuidar mesas o poner la cara en los territorios. No se puede llamar
ahora a mirar las elecciones regionales sin antes abrir un debate de fondo.
Precisamente porque queremos volver al gobierno en
2030, no podemos saltarnos las discusiones difíciles. Creer que se puede pasar
directamente a candidaturas, avales y alianzas regionales, sin discutir
previamente la organización, la agenda, el sujeto político y la democracia
interna, es el primer paso para asegurar la derrota de 2030. Y después, por
supuesto, vendrán los análisis brillantes que dirán que la culpa fue de la
gente.
Considero fundamental tener los siguientes debates:
Reconstruir la herramienta
¿Es el Pacto Histórico la organización más adecuada?
Estamos en el momento de pensarnos y es en este momento. El Pacto no es más que
una suma de fuerzas, que no es poca cosa, pero no ha tenido un congreso
fundacional que lo trascienda y lo identifique mucho más allá de la mera suma
de intereses.
Esa coalición es un conjunto de buenas, pero también
de malas prácticas políticas con las que se llegó a enfrentar a las elecciones
pasadas. Eso implica que discutamos, por ejemplo, si ese nuevo partido es lo
suficientemente sólido como organización para gestionar el proceso o si apenas
estamos cambiando de nombre para seguir haciendo lo mismo.
Hay que discutir si queremos un partido, un movimiento
o una simple coalición electoral. Porque no es lo mismo una herramienta para
ganar elecciones que una organización para construir poder popular. No es lo
mismo una lista que un proyecto. No es lo mismo una sigla que una militancia. Y
tampoco es lo mismo una organización que una maquinaria electoral.
¿Quiénes son los líderes? Hay que preguntarse cuál
será el régimen democrático dentro de ese partido y si será un partido
realmente democrático o si se repetirán las viejas prácticas clientelares de
las que la izquierda no es ajena.
Hay que preguntarse también si va a haber derecho a la
autocrítica, porque si se impone el silencio como norma y la complacencia
estalinista, es muy difícil avanzar y hablar de un partido realmente
democrático. También habría que preguntarse cómo evitar que el partido termine
por reemplazar a la sociedad que pretende representar. La organización debe ser
un instrumento del cambio, no el fin del cambio.
También vale la pena discutir cuáles son los
mecanismos de rendición de cuentas de esa nueva bancada ante las bases que la
eligieron. Eso es fundamental para entender qué tipo de organización se tiene
para enfrentar, desde la oposición y de manera decente, lo que corresponde.
Hay que hablar de burocratización, aunque a algunos
les moleste. Porque una cosa es construir organización y otra muy distinta es
convertir la política en el reparto de puestos, cuotas, direcciones y pequeñas
vanidades.
La izquierda no puede denunciar la politiquería de los
demás para después practicarla con lenguaje progresista. Una organización
política debe medirse menos por la cantidad de cargos que controla y más por la
cantidad de sociedad que es capaz de organizar.
También hay que retomar la formación de cuadros. La
izquierda se acostumbró demasiado a las redes sociales, a la administración
pública y a los cargos, pero descuidó el estudio, la discusión de ideas, la
pedagogía política y la formación de nuevos liderazgos. No basta con tener
influenciadores, funcionarios o candidatos; se necesita gente formada para
pensar, organizar y resistir.
Los cuadros no se forman en las oficinas ni en las redes
sociales. Se forman en los barrios, las universidades, los sindicatos, las
veredas y las discusiones con la gente. Esa tarea debió resolverse antes de
llegar al Gobierno. Si no es así, resulta fácil decepcionar a la gente.
Resolver lo de la agenda
Hay una agenda pendiente del gobierno de Petro que hay
que analizar de manera crítica y profundizar ahora desde la oposición, tanto en
las calles como en el congreso. Y eso implica, primero, la identificación de
esa agenda y la coherencia entre lo que dice la calle y lo que dicen la bancada
y el partido. Una agenda no puede ser el producto de los despachos; debe ser el
resultado de una conversación permanente con la sociedad.
Porque es muy difícil avanzar si, como en el paro
nacional de 2021, las bases, los muchachos y la gente de la calle iban por un
lado mientras la dirigencia, en ese caso, del Comité Nacional del Paro, iba por
otro.
Esa agenda implica discutir con rigor las grandes
reformas sociales, no para defenderlas acríticamente ni para abandonarlas, sino
para corregir sus errores y fortalecer sus aciertos. Pero también implica
discutir el trabajo cotidiano de millones de personas, el acceso a la tierra,
la educación, el transporte, los servicios públicos, el abandono de las
regiones y el futuro de los jóvenes. Eso no requiere tecnicismos; requiere
escuchar.
Los debates sobre paz y seguridad también son
urgentes. El debate de la seguridad urbana, del señor al que le roban el
celular, de la señora a la que asaltan en su tiendita no son problemas de la derecha.
No podemos evadir estos asuntos sangrantes por estar solo pensando en los temas
identitarios.
Eso también es un problema de la izquierda y, en buena
parte, no se puede responder simplemente hablando de la paz total o de
abstracciones que no cogen cuerpo. Es decir, si la seguridad humana no coge
carne en las propuestas cotidianas de la gente, no deja de ser un discurso. La
seguridad también consiste en que la gente pueda caminar tranquila por su
barrio. Renunciar a ese debate es regalárselo a la derecha.
Otro debate es el de la política exterior. Ya se ha
dicho claramente que estamos en contra del genocidio. El problema es que,
dentro del gobierno de Petro, desafortunadamente —y hay que admitirlo—, la
burocracia de la Cancillería no permitió avanzar en un proyecto de solidaridad
real.
La política exterior del país ahora sí que va a estar
mucho más a favor del sionismo, en parte porque tampoco hicimos la tarea de
solidaridad internacional que había que hacer en la dimensión que se
necesitaba, por ejemplo, con Cuba, con Haití o con la misma Palestina.
Otro debate muy complejo es el de las Fuerzas Armadas.
No son las Fuerzas Armadas del cambio. Se requiere la capacidad de analizar la
doctrina militar, el vínculo reportado desde el territorio entre militares y
paramilitares y, por supuesto, la influencia de los Estados Unidos.
Mientras no seamos capaces de enfrentar a las Fuerzas
Armadas no como enemigo estructural, porque todos los Estados tienen Fuerzas
Armadas por definición, sino como aliadas de unas élites, entonces no vamos a
avanzar en el proceso democrático porque, la verdad, a veces el poder no hay
que buscarlo tanto en el Palacio de Nariño, sino en los clubes de las élites y
en el Ministerio de Defensa.
Y también hay que preguntarse cómo someter el poder
militar al control efectivo de la democracia, porque no hay república posible
cuando las armas terminan teniendo más poder que los ciudadanos.
Y, por supuesto, el debate sobre impuestos, porque se
requieren recursos y ese debate tributario debe ser claro, pero el pueblo lo
debe tener aún más claro para estar informado de por dónde dar los debates.
Fijémonos en que los análisis que aparecen muestran
que, en las elecciones pasadas, la gente votó con perspectiva de clase y fue la
clase la que determinó la agenda. Fueron los sectores más pobres quienes
votaron y quienes no votaron, desde la cotidianidad, no desde la
intelectualidad.
Entonces la agenda que se construya, sea la que sea,
debe reflejar la postura de clase de quienes votaron. Y eso nos mete en otro
debate: el del sujeto político.
El desafío no es escoger entre la lucha de clases y
las demás luchas, sino construir un proyecto político capaz de articularlas sin
que ninguna pretenda borrar a las demás. Como decía aquel famoso
multimillonario estadounidense, la lucha de clases existe y lo que pasa es que
los ricos la van ganando, lo cual es diferente.
Eso del sujeto político hay que mirarlo en función de
si se quiere hablarle al país o a un sector. No es el obrero de Marx, porque
además el grado de sindicalización en Colombia es muy bajo y nuestra economía
es profundamente informal. Tampoco es el campesino de Mao, pero mucho menos el
indígena de los zapatistas.
El sujeto político no está dado de antemano. Se
construye. No es una identidad, una profesión ni una categoría social; es una
mayoría capaz de reconocer intereses comunes y organizarse para defenderlos.
Y solo después, hablar de elecciones
Sin duda, las elecciones regionales y locales son
importantes. La pregunta que hay que hacerse es si esas elecciones van a
recoger la agenda regional y local, porque estamos ante una izquierda que no
tiene propuestas regionales concretas y sigue montada en un modelo centralista.
La selección de candidatos debe partir de las bases,
porque son esas las que finalmente van a movilizar al electorado, porque
sienten identidad y porque han elegido a alguien de los suyos. Porque el
problema no es simplemente ganar unas regionales. El problema es si estamos
construyendo un proyecto político capaz de volver al gobierno.
Claro, entonces, por lo menos para mí, el debate no
tiene nada que ver, simplemente, con quién ponemos de candidato regional, sino
con quemar unas etapas necesarias, entre las cuales la primera es permitir la
evaluación crítica de lo que pasó.
La evaluación crítica no es una concesión que las
dirigencias hagan a las bases. Es una obligación democrática. Evaluar no es
hacer rabieta. Criticar no es sabotear. Pensar no es traicionar. Una
organización que teme a la crítica termina temiendo también a su propia
militancia.
Una campaña hecha fundamentalmente por la gente en la
calle le corresponde y le pertenece a la gente, y es a ella a quien se debe
oír, y no a nadie con nombre propio. La verdad es que el poder no siempre está
en el Palacio de Nariño. Y por eso, para volver al gobierno, primero hay que
volver a la calle.
Una izquierda que confunde la lealtad con el silencio
o reemplaza el debate por la cancelación, termina pareciéndose demasiado a
aquello que dice combatir. Si no somos capaces de defender la libertad de
expresión, el debido proceso y el derecho a la crítica dentro de nuestras
propias organizaciones, difícilmente podremos convencer al país de que sabemos
defenderlos para todos.
Hasta la próxima semana compañeros, un fuerte abrazo.
MAURICIO IBÁÑEZ – Desde Colombia -Biólogo
Especialista
En Estudios Socio-Ambientales
PARA SABER MÁS
· El autor: Víctor de Currea-Lugo: enlace
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