DE LA
DICTADURA A MILEI
LOS CAMINOS DIVERGENTES
DE LA REALIDAD Y EL DISCURSO
Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma
Los argentinos tenemos la dudosa virtud de tropezar no una sino varias
veces con la misma piedra. Todavía parece no haber madurado una crítica social
profunda que ponga el foco en un electorado que vota, una y otra vez, un modelo
de destrucción. Sin duda Carlos Menem mintió en 1989, pero ya en 1995 quedaba
claro que su modelo económico era una profundización del de Martínez de Hoz. No
obstante, ganó las elecciones. También lo hizo Macri en 2015, aunque ningún
argentino medianamente informado puede alegar desconocimiento ni de su
prontuario ni de las principales medidas que conformaban su plan de gobierno.
Para rematar, en 2023 ganó Milei y acá estamos, soportando otra vez el fracaso
de políticas que se remontan a 1976. Cumplidos ya 50 años, la Dictadura no
debería ser analizada como un hecho puntual sino como el inicio de un proceso
que se profundiza en cada gobierno neoliberal.
El modelo que impusieron (aceptado acríticamente por gran parte de la
sociedad) se justificó en un discurso que contiene tanto un diagnóstico como un
conjunto de recomendaciones. Afirmaron antes y afirman ahora que la
intervención estatal impide que la iniciativa privada despliegue su vocación
creativa y de inversión. Por lo tanto, menos Estado y más mercado es el camino
al desarrollo. Para que haya inversión, debemos fomentar el ahorro; es decir,
dejar de despilfarrar en consumo. También, debemos achicar el Estado y recortar
sus gastos como único camino para derrotar definitivamente la inflación. A
sabiendas del impacto social negativo que estas políticas acarrean, el discurso
neoliberal aporta un toque de esperanza para los golpeados y excluidos: el
sacrificio presente es la garantía del bienestar futuro. O “hay luz al final
del túnel”; o “estamos mal, pero vamos bien”. El andamiaje discursivo que
acepta la sociedad incluye una promesa que justifica el desolado presente: con
menos intervención, más mercado, menos regulación, mucha privatización,
bastante apertura y menos pretensiones de distribución del ingreso, vendrá
primero la inversión, después el crecimiento y, finalmente, la distribución, es
decir, el desarrollo. Como expresó Milei en su campaña: “en 15 años seremos
Italia o Francia; en 20, Alemania; y si me dan 35, EEUU”. Parece que ni a la
sociedad ni al neoliberalismo les preocupa demasiado la célebre frase de
Keynes: “A largo plazo, estaremos todos muertos”. Aunque puede que lo estemos
antes como efecto de la sífilis, la lepra, la viruela y la tuberculosis, enfermedades
medievales que están avanzando con el ajuste libertario.
Pero también parece que, a pesar de tanto diagnóstico y recomendaciones
repetidos hasta el hartazgo, una persistente y no menos tozuda realidad se
niega a convalidarlos. ¿Qué pasa si confrontamos todo ese discurso con los
resultados?, actividad intelectual más que pertinente si tenemos en cuenta que
el presidente acaba de afirmar que su programa está respaldado por la evidencia
empírica.
Pese a los sucesivos recortes y al desfinanciamiento que el modelo implica
para sectores clave (como educación, salud y ciencia y tecnología), la realidad
nos dice que ninguno de estos experimentos (salvo durante la Convertibilidad,
que ya sabemos cómo terminó) ha logrado controlar la inflación. En los 15 años
anteriores al Golpe del 76, la tasa anual acumulativa promedio de aumento de
los precios al consumidor se ubicó en el 34,3%. En los 15 años posteriores, en
169,7%. Y hoy, después de haber dejado sin presupuesto a nuestros científicos,
a nuestras universidades y a los profesores; de haber puesto a las provincias
al borde de la bancarrota; de hambrear a los jubilados y desproteger la
discapacidad; de ajustar a los trabajadores y destruir la industria; de rifar
empresas y recursos naturales…Después de toda esta destrucción los números de
inflación que se proyectan para 2026 serán similares al promedio anual de los
15 años que van de 1960 a 1975, y muy lejos del 8,5% promedio anual de la
presidencia de Néstor Kirchner.
También la realidad se muestra esquiva ante la promesa de una “lluvia de
inversiones”. Desde Martínez de Hoz hasta Caputo, todos los ministros de
economía neoliberales (o, más bien, neoconservadores) han tenido el mismo
discurso: “La inversión se retrasa porque los salarios son excesivos”; o, “no
puede haber inversión con aumentos irresponsables de salarios”; y también
“Nadie está dispuesto a invertir cuando los salarios crecen demasiado”. Pero
desde 1976, con cada aplicación de este modelo, los salarios caen y la
inversión no aparece. En 1993, el salario real era 50,9% menos que en 1975. Y
al asumir Milei, en 2023, una devaluación que implicó una suba del 118% en el
valor del dólar, pulverizó el poder adquisitivo de los salarios, marcando una
caída mensual sin precedentes en los últimos 30 años: 10% en un solo mes. Hay
que remontarse a la hiperinflación de fines de los 80 o al estallido de la
Convertibilidad, en 2001, para encontrar cifras similares. Sin embargo, entre
1976 y 1993 tanto el Producto Bruto por habitante como la tasa de inversión
cayeron. El menemismo exhibe las privatizaciones como un ejemplo de que el
retroceso del Estado y la caída de los salarios incentivan la inversión
privada.
Omite decir que el negocio quedó
acotado a la compra de esas empresas a precio de remate y que la inversión posterior
no existió, motivo por el cual bajó la productividad y su tecnología terminó
obsoleta. Recordemos que la falta de inversión de Repsol, que puso en riesgo
nuestra soberanía energética, fue la principal causa de su reestatización en
2012. En este extremo, tampoco Milei (a pesar del RIGI) puede mostrar éxito alguno
en el campo de las inversiones. Según un informe del Centro Iberoamericano de
Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (por tomar un área relevante
para el crecimiento y el desarrollo), desde que asumió, el nivel de empleo en
este sector privado cayó 2,2%, contrastando notablemente con la gran expansión
registrada entre 2019 y 2023, donde creció un 35%.
Y con una tozudez que parece
empecinada en contrariar el discurso libertario, la realidad muestra que esa
caída del empleo se produjo en paralelo a la reducción de salarios. En 2025,
los salarios de este rubro se encontraban 2,1% por debajo del promedio anual de
2023. A la vez, la inversión privada del sector se ubicó en el 0,14% del PBI en
2024, retrocediendo respecto del año anterior y posicionando al país muy lejos
del promedio de la OCDE. También cayeron las exportaciones de sectores
intensivos en conocimiento, que no lograron contrarrestar el avance de las
importaciones.
Queda claro, entonces, que ni los
salarios “desbocados” ni las “pretensiones redistributivas” son la causa de la
caída de la inversión, como tampoco lo son de la caída del producto por
habitante, de la baja productividad ni de la profundización del atraso.
Otra de las afirmaciones presente en todos los gobiernos neoliberales
(desde la Dictadura hasta el actual) es que hay que frenar las pretensiones
distributivas (léase, el aumento de salarios) porque primero hay que crecer
para después distribuir. Con diferentes formatos discursivos (hay que agrandar
la torta para después repartirla; o hay que sacrificar el bienestar presente
para aumentar el bienestar futuro) se está diciendo lo mismo: no habrá mejora
en el ingreso de la mayoría de la población mientras se desarrolla el plan que
nos llevará (con suerte, en 50 años) a un futuro maravilloso.
Asombra el grado de adhesión boba
que en la sociedad tiene esta afirmación, que no percibe que, mientras se
desarrolla el modelo, se redistribuye y mucho. Entre 1976 y 1993, el 10% más
rico se quedó con el 34,8% del ingreso global, un 28,9% más que en 1974. En
cambio, la clase media redujo su participación un 11,2%, mientras que el 30%
más pobre se quedó con un 27,6% menos que en 1974. Hoy, mientras se quitan
impuestos a los autos y embarcaciones de lujo y se bajan hasta la inexistencia
los que afectan la propiedad, se condena a miles de trabajadores a viajar como
ganado dejando de pagar los subsidios al transporte. Bajo el lema “no hay
plata” se incumplen la Ley de Financiamiento Universitario y la de Emergencia
en Discapacidad. Pero sí hay plata para que el Estado, a través de un banco
público, otorgue créditos de privilegio a funcionarios que acumulan varias
propiedades. Y la diferencia entre la tasa que los bancos pagan por depósitos y
la que cobran por créditos no es otra cosa que una brutal transferencia de
riqueza desde los clientes y ahorristas hacia el sector financiero.
A pesar de declamar una y otra vez su incondicional adhesión a la ortodoxia
liberal, cuando se trata de distribuir el ingreso olvidan la “mano invisible” y
no dudan en recurrir a la intervención estatal. La “promoción industrial”, los
sobreprecios en las compras estatales (que incluye desde los caños de Paolo
Rocca hasta la trama de corrupción en la ANDIS), las licitaciones a medida para
algunos jugadores y la “socialización” de las deudas privadas de las empresas
fueron y son algunos de los mecanismos que, desde el Estado, “ayudan” a la mano
invisible a concentrar la riqueza y distribuir la pobreza. Parece entonces que,
cuando dejar las cosas en libertad no satisface el deseo desmedido de
acumulación de aquellos que apoyan a estos gobiernos, no resulta tan importante
tener libertad ni tan perjudicial intervenir en el mercado.
Paul Samuelson afirmó que, en una economía moderna, los individuos están
sometidos a dos coacciones: la del Estado y la del mercado. Y, siguiendo a
Galbraith, en épocas de capitalismo oligopólico, reducir la coacción del Estado
no significa otra cosa que aumentar la coacción económica de las grandes
empresas. No es libertad entonces lo que ofrece la ortodoxia liberal sino la
sujeción de los individuos a los intereses del gran capital. Este es el hilo
conductor que vincula a Milei con la Dictadura. Comprender esta continuidad y
votar en consecuencia resulta entonces vital para frenar a esta banda de
delincuentes que, siguiendo el mandato de una clase depredadora, está dispuesta
a arrebatarnos hasta la vida.
Desde Buenos Aires, les mando un gran saludo a todos los que escuchan El
Club de la Pluma.
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia -
Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

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