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viernes, 17 de abril de 2026

DE LA DICTADURA A MILEI LOS CAMINOS DIVERGENTES DE LA REALIDAD Y EL DISCURSO - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

 

DE LA DICTADURA A MILEI

 LOS CAMINOS DIVERGENTES

 DE LA REALIDAD Y EL DISCURSO

 



Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma

Los argentinos tenemos la dudosa virtud de tropezar no una sino varias veces con la misma piedra. Todavía parece no haber madurado una crítica social profunda que ponga el foco en un electorado que vota, una y otra vez, un modelo de destrucción. Sin duda Carlos Menem mintió en 1989, pero ya en 1995 quedaba claro que su modelo económico era una profundización del de Martínez de Hoz. No obstante, ganó las elecciones. También lo hizo Macri en 2015, aunque ningún argentino medianamente informado puede alegar desconocimiento ni de su prontuario ni de las principales medidas que conformaban su plan de gobierno. Para rematar, en 2023 ganó Milei y acá estamos, soportando otra vez el fracaso de políticas que se remontan a 1976. Cumplidos ya 50 años, la Dictadura no debería ser analizada como un hecho puntual sino como el inicio de un proceso que se profundiza en cada gobierno neoliberal.

El modelo que impusieron (aceptado acríticamente por gran parte de la sociedad) se justificó en un discurso que contiene tanto un diagnóstico como un conjunto de recomendaciones. Afirmaron antes y afirman ahora que la intervención estatal impide que la iniciativa privada despliegue su vocación creativa y de inversión. Por lo tanto, menos Estado y más mercado es el camino al desarrollo. Para que haya inversión, debemos fomentar el ahorro; es decir, dejar de despilfarrar en consumo. También, debemos achicar el Estado y recortar sus gastos como único camino para derrotar definitivamente la inflación. A sabiendas del impacto social negativo que estas políticas acarrean, el discurso neoliberal aporta un toque de esperanza para los golpeados y excluidos: el sacrificio presente es la garantía del bienestar futuro. O “hay luz al final del túnel”; o “estamos mal, pero vamos bien”. El andamiaje discursivo que acepta la sociedad incluye una promesa que justifica el desolado presente: con menos intervención, más mercado, menos regulación, mucha privatización, bastante apertura y menos pretensiones de distribución del ingreso, vendrá primero la inversión, después el crecimiento y, finalmente, la distribución, es decir, el desarrollo. Como expresó Milei en su campaña: “en 15 años seremos Italia o Francia; en 20, Alemania; y si me dan 35, EEUU”. Parece que ni a la sociedad ni al neoliberalismo les preocupa demasiado la célebre frase de Keynes: “A largo plazo, estaremos todos muertos”. Aunque puede que lo estemos antes como efecto de la sífilis, la lepra, la viruela y la tuberculosis, enfermedades medievales que están avanzando con el ajuste libertario.

Pero también parece que, a pesar de tanto diagnóstico y recomendaciones repetidos hasta el hartazgo, una persistente y no menos tozuda realidad se niega a convalidarlos. ¿Qué pasa si confrontamos todo ese discurso con los resultados?, actividad intelectual más que pertinente si tenemos en cuenta que el presidente acaba de afirmar que su programa está respaldado por la evidencia empírica.

Pese a los sucesivos recortes y al desfinanciamiento que el modelo implica para sectores clave (como educación, salud y ciencia y tecnología), la realidad nos dice que ninguno de estos experimentos (salvo durante la Convertibilidad, que ya sabemos cómo terminó) ha logrado controlar la inflación. En los 15 años anteriores al Golpe del 76, la tasa anual acumulativa promedio de aumento de los precios al consumidor se ubicó en el 34,3%. En los 15 años posteriores, en 169,7%. Y hoy, después de haber dejado sin presupuesto a nuestros científicos, a nuestras universidades y a los profesores; de haber puesto a las provincias al borde de la bancarrota; de hambrear a los jubilados y desproteger la discapacidad; de ajustar a los trabajadores y destruir la industria; de rifar empresas y recursos naturales…Después de toda esta destrucción los números de inflación que se proyectan para 2026 serán similares al promedio anual de los 15 años que van de 1960 a 1975, y muy lejos del 8,5% promedio anual de la presidencia de Néstor Kirchner.

También la realidad se muestra esquiva ante la promesa de una “lluvia de inversiones”. Desde Martínez de Hoz hasta Caputo, todos los ministros de economía neoliberales (o, más bien, neoconservadores) han tenido el mismo discurso: “La inversión se retrasa porque los salarios son excesivos”; o, “no puede haber inversión con aumentos irresponsables de salarios”; y también “Nadie está dispuesto a invertir cuando los salarios crecen demasiado”. Pero desde 1976, con cada aplicación de este modelo, los salarios caen y la inversión no aparece. En 1993, el salario real era 50,9% menos que en 1975. Y al asumir Milei, en 2023, una devaluación que implicó una suba del 118% en el valor del dólar, pulverizó el poder adquisitivo de los salarios, marcando una caída mensual sin precedentes en los últimos 30 años: 10% en un solo mes. Hay que remontarse a la hiperinflación de fines de los 80 o al estallido de la Convertibilidad, en 2001, para encontrar cifras similares. Sin embargo, entre 1976 y 1993 tanto el Producto Bruto por habitante como la tasa de inversión cayeron. El menemismo exhibe las privatizaciones como un ejemplo de que el retroceso del Estado y la caída de los salarios incentivan la inversión privada.

 Omite decir que el negocio quedó acotado a la compra de esas empresas a precio de remate y que la inversión posterior no existió, motivo por el cual bajó la productividad y su tecnología terminó obsoleta. Recordemos que la falta de inversión de Repsol, que puso en riesgo nuestra soberanía energética, fue la principal causa de su reestatización en 2012. En este extremo, tampoco Milei (a pesar del RIGI) puede mostrar éxito alguno en el campo de las inversiones. Según un informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (por tomar un área relevante para el crecimiento y el desarrollo), desde que asumió, el nivel de empleo en este sector privado cayó 2,2%, contrastando notablemente con la gran expansión registrada entre 2019 y 2023, donde creció un 35%.

 Y con una tozudez que parece empecinada en contrariar el discurso libertario, la realidad muestra que esa caída del empleo se produjo en paralelo a la reducción de salarios. En 2025, los salarios de este rubro se encontraban 2,1% por debajo del promedio anual de 2023. A la vez, la inversión privada del sector se ubicó en el 0,14% del PBI en 2024, retrocediendo respecto del año anterior y posicionando al país muy lejos del promedio de la OCDE. También cayeron las exportaciones de sectores intensivos en conocimiento, que no lograron contrarrestar el avance de las importaciones.

 Queda claro, entonces, que ni los salarios “desbocados” ni las “pretensiones redistributivas” son la causa de la caída de la inversión, como tampoco lo son de la caída del producto por habitante, de la baja productividad ni de la profundización del atraso.

Otra de las afirmaciones presente en todos los gobiernos neoliberales (desde la Dictadura hasta el actual) es que hay que frenar las pretensiones distributivas (léase, el aumento de salarios) porque primero hay que crecer para después distribuir. Con diferentes formatos discursivos (hay que agrandar la torta para después repartirla; o hay que sacrificar el bienestar presente para aumentar el bienestar futuro) se está diciendo lo mismo: no habrá mejora en el ingreso de la mayoría de la población mientras se desarrolla el plan que nos llevará (con suerte, en 50 años) a un futuro maravilloso.

 Asombra el grado de adhesión boba que en la sociedad tiene esta afirmación, que no percibe que, mientras se desarrolla el modelo, se redistribuye y mucho. Entre 1976 y 1993, el 10% más rico se quedó con el 34,8% del ingreso global, un 28,9% más que en 1974. En cambio, la clase media redujo su participación un 11,2%, mientras que el 30% más pobre se quedó con un 27,6% menos que en 1974. Hoy, mientras se quitan impuestos a los autos y embarcaciones de lujo y se bajan hasta la inexistencia los que afectan la propiedad, se condena a miles de trabajadores a viajar como ganado dejando de pagar los subsidios al transporte. Bajo el lema “no hay plata” se incumplen la Ley de Financiamiento Universitario y la de Emergencia en Discapacidad. Pero sí hay plata para que el Estado, a través de un banco público, otorgue créditos de privilegio a funcionarios que acumulan varias propiedades. Y la diferencia entre la tasa que los bancos pagan por depósitos y la que cobran por créditos no es otra cosa que una brutal transferencia de riqueza desde los clientes y ahorristas hacia el sector financiero.

A pesar de declamar una y otra vez su incondicional adhesión a la ortodoxia liberal, cuando se trata de distribuir el ingreso olvidan la “mano invisible” y no dudan en recurrir a la intervención estatal. La “promoción industrial”, los sobreprecios en las compras estatales (que incluye desde los caños de Paolo Rocca hasta la trama de corrupción en la ANDIS), las licitaciones a medida para algunos jugadores y la “socialización” de las deudas privadas de las empresas fueron y son algunos de los mecanismos que, desde el Estado, “ayudan” a la mano invisible a concentrar la riqueza y distribuir la pobreza. Parece entonces que, cuando dejar las cosas en libertad no satisface el deseo desmedido de acumulación de aquellos que apoyan a estos gobiernos, no resulta tan importante tener libertad ni tan perjudicial intervenir en el mercado.

Paul Samuelson afirmó que, en una economía moderna, los individuos están sometidos a dos coacciones: la del Estado y la del mercado. Y, siguiendo a Galbraith, en épocas de capitalismo oligopólico, reducir la coacción del Estado no significa otra cosa que aumentar la coacción económica de las grandes empresas. No es libertad entonces lo que ofrece la ortodoxia liberal sino la sujeción de los individuos a los intereses del gran capital. Este es el hilo conductor que vincula a Milei con la Dictadura. Comprender esta continuidad y votar en consecuencia resulta entonces vital para frenar a esta banda de delincuentes que, siguiendo el mandato de una clase depredadora, está dispuesta a arrebatarnos hasta la vida.

Desde Buenos Aires, les mando un gran saludo a todos los que escuchan El Club de la Pluma.

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

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