CONCEPTOS Y
DISTORSIONES “MODELO SIGLO 21”
Queridos compañeros, amigos y
oyentes de El Club de la Pluma, desde Colombia los saluda Mauricio Ibáñez, con un
fuerte abrazo por la libertad de Palestina, la paz en Oriente Medio y la Unidad
Latinoamericana.
Hace poco más de un año,
Norberto y Gaby me encontraron divagando por Bluesky y me invitaron a hacer
parte de este proyecto maravilloso, en el que he aprendido muchas cosas y he tenido
la oportunidad aportar un granito de arena. En mi primera columna de este
espacio, titulada “palabras perdidas en la memoria rota”, hicimos una
revisión de varios conceptos cuyo significado se ha perdido por el camino de
las interpretaciones y manipulaciones, en especial el concepto de Democracia,
que ha sido secuestrado, violentado y torturado por la ultraderecha global,
especialmente por los gobiernos de los Estados Unidos, uno tras otro, hasta
dejarlo irreconocible.
Hoy vamos a hablar de cuatro
conceptos que están enredados en un caldo confuso de ideas mezcladas, historias
manipuladas, interpretaciones ciertas y erradas, visiones borrosas y
definiciones acomodadas: Izquierda, Derecha, Liberalismo y Conservatismo.
Hace muchos años, éramos
capaces de diferenciar todos estos conceptos y establecer límites definidos
entre ellos, al punto que asumir una posición política era más o menos claro.
Se podían identificar, incluso, las posiciones extremas, las moderadas y las de
los que los griegos identificaban como “idiotas”, es decir, aquellos que no
tenían ningún interés de participar en las decisiones sobre el destino de los
ciudadanos. Aclaro que, en tiempos de la democracia griega, “idiota” no era un
insulto sino una definición que identificaba a quien no participaba en
política.
La imagen más primitiva de la
distribución de poderes y derechos se forjó a partir de quién quería gobernar a
quién, y esto estaba estrechamente relacionado con quién asumía el monopolio
del conocimiento, el manejo del miedo y la culpa a través de la idea de lo
divino o lo espiritual (los sacerdotes) y la acumulación de riquezas en una
sola dirección y no para el colectivo: de la unión de conocimiento y religión
surgió un modelo de dominio capaz de reclutar la fuerza bruta y someter al
resto de la población, convenciéndola incluso de que nunca tendría la
oportunidad de asumir el poder para manejar su propio destino.
El miedo a la muerte, la
soledad, el abandono, la falta de reconocimiento, la intrascendencia, la no
existencia después de la muerte, fueron cuidadosamente manejados por los
corruptos “sacerdotes” del pasado para establecer, a través de la culpa,
alianzas con los acumuladores de riquezas, y generar dinastías de poder y
fuerzas opresoras capaces de dominar pueblos enteros y llevarlos, incluso, a
pelear sus guerras para conquistar territorios y acumular mas riquezas que
nunca beneficiarían al común de la gente, siempre ayudados por sus respectivos
“sacerdotes” y el control de la culpa y el miedo. Eventualmente, el cansancio
de los oprimidos se convirtió en revoluciones, muchas de ellas sangrientas,
donde los opresores tuvieron que revisar sus modelos de poder y otorgar algunas
“concesiones” para apaciguar los ánimos. Pero el problema de fondo nunca se
solucionó, y sobre esas bases se configuró toda la historia de la humanidad.
El origen de los términos
“izquierda” y “derecha” no fue ideológico sino espacial y accidental: en 1789
el pueblo francés convocó a una asamblea nacional constituyente para decidir
cuánto poder debía conservar el rey Luis XVI, quien en ese tiempo tenía poder
de veto absoluto sobre cualquier ley que aprobara el parlamento, lo cual había
generado un fuerte descontento en la ya atribulada población francesa.
Para facilitar el conteo de
votos, la asamblea fue separada en dos grupos: a la derecha de su presidente se
sentaron los miembros de la nobleza y el clero, que apoyaban al rey, con su
poder de veto, y a la iglesia, por supuesto. A la izquierda se sentaron
aquellos que buscaban cambios radicales en el modelo de gobierno, se oponían al
veto real y apoyaban la idea de la soberanía popular.
La entonces denominada
“derecha” era fácilmente identificable, primero por su composición: los ricos,
las élites herederas, los grandes comerciantes, la monarquía y la corte, los
militares de alto rango, la iglesia, en fin, los poderosos. Ellos no deseaban
ningún cambio en el orden establecido y, por el contrario, buscaban conservar
sus privilegios. Allí fue tomando forma lo que hoy conocemos como la ideología
“conservadora”: un estado fuerte opresor, la defensa de la propiedad
privada, la preservación de las “tradiciones”, y la restricción total del
acceso de las “clases bajas” a oportunidades de generación de riqueza, salvo en
los casos en que los emprendimientos industriales o comerciales beneficiaran o
enriquecieran a las élites.
La llamada “izquierda” no era
tan fácil de identificar o encapsular en un solo grupo ideológico, porque era
mucho más amplio y variado. En las épocas de la constituyente y la revolución
francesa, su composición era muy heterogénea: había burgueses de mentalidad
progresista, intelectuales, defensores de los beneficios sociales y una
ciudadanía ávida de la aplicación de una democracia directa y participativa.
La ideología progresista tomó
una serie de vertientes y variables que estaban más relacionadas con las
coyunturas socio políticas de cada continente, y reaccionaban al ejercicio del
poder por parte de estados y religiones opresoras. El liberalismo, como
su nombre lo indica, favorecía la evolución del pensamiento y su aplicación en
una política fuertemente dinámica, sensible al aprendizaje conceptual, a los
nuevos conocimientos, capaz de adaptarse a novedosos métodos de interpretación
del mundo, las relaciones, los comportamientos, las ideas, y de cuestionarlo
todo.
Del liberalismo y la amplitud
de su espectro de acción surgieron conceptos e ideas de desarrollo social,
cultural y económico que derivaron en nuevas ideologías que iban desde propuestas
de pequeñas variaciones o cambios moderados para “insertar” los derechos
sociales y la participación ciudadana mediante el ejercicio democrático, pasando
por cambios más profundos planteados a través de las mayorías incuestionables
del voto popular, hasta revoluciones radicales producto del cansancio ante
gobiernos opresores y asesinos que ahogaban cualquier tipo de manifestación
popular mientras mantenían, a la fuerza, sus sistemas de gobierno y su economía
de la desigualdad.
También el conservatismo
adquirió, por lo menos, dos matices que podemos identificar hoy: la derecha
moderada y la ultraderecha. Colombia, por citar el ejemplo más cercano, ha sido
gobernada por una derecha con apariencia de “moderada” durante 200 años de vida
republicana, donde los ciudadanos hemos visto cómo la violencia contra la
sociedad, la opresión, la corrupción y el reparto de poder han estado siempre
disfrazados de una aparente “democracia representativa” que nos ha llevado,
históricamente, a ser el país más desigual (mayor distancia social entre ricos
y pobres) de América Latina.
El segundo matiz, el de la
“ultraderecha”, se manifestó en nuestro país de forma mucho más evidente y
descarada, con la llegada al poder del narcotráfico y el paramilitarismo, de la
mano de los presidentes Julio Cesar Turbay Ayala y Alvaro Uribe Vélez, como
reacción al surgimiento de movimientos que reclamaban justicia social desde escenarios
políticos, y de grupos radicales que vieron en la movilización armada la
alternativa de solución del cansancio popular contra los constantes abusos de
los poderosos y sus gobiernos.
Hoy en día hay una confusión
conceptual donde la “ultraderecha” se llama a sí misma “liberal”, exige la
reducción de los estados y el desmonte de la regulación para ejercer sin
restricciones la extracción de recursos naturales sin importar las
consecuencias para el medio ambiente. Se llaman a si mismos “libertarios” para
eliminar el estado de derecho, desmontar la democracia participativa, reducir
al mínimo los derechos y garantías laborales, y están montados en una
plataforma supuestamente “conservadora” donde defienden unos valores fabricados
desde la religión, basados en la culpa y el miedo, para mantener un statu-quo
que sólo beneficia a las élites y no tiene ningún interés en acabar la pobreza,
proteger el medio ambiente ni evitar el cambio climático en el que, además, no
creen. Es una ideología con visión de corto plazo y ninguna preocupación por el
futuro. Es como los deportes extremos de los jóvenes de ahora, donde “si nos
matamos, no importa”.
Pero desde la democracia de
verdad seguimos y seguiremos insistiendo en nuestra revolución pacífica y
masiva, porque somos más. Cada vez más.
Hasta la próxima semana
compañeros, un fuerte abrazo.
Desde Colombia -Biólogo
Especialista
En Estudios Socio-Ambientales

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