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viernes, 29 de mayo de 2026

1810: UNA REVOLUCIÓN PARA POCOS - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

 

1810: UNA REVOLUCIÓN PARA POCOS

 


Desde Buenos Aires, saludo a todos los que escuchan El Club de la Pluma

Decíamos en la columna anterior que comprender Mayo de 1810 significa poder insertarlo en un todo donde distintos procesos se desarrollan e influyen mutuamente.

Siguiendo este principio, diremos hoy que las reformas borbónicas, tardías e insuficientes según Marcos Kaplan, no lograron frenar el colapso del imperio español y las invasiones inglesas, en 1806 y 1807, fueron su epílogo en el Río de la Plata. A la incapacidad de España para mantener abastecidas sus colonias se sumará ahora la de defenderlas. Durante estos trascendentes años se produjeron en Buenos Aires una serie de acontecimientos que trastocaron las bases sociales y políticas de la capital virreinal. Por un lado, ante el vacío de poder generado por España, fueron sus habitantes, organizados en milicias, los que tomaron a su cargo la defensa. Los jefes de estos cuerpos, elegidos por la misma tropa, competirán a partir de entonces con los grupos más encumbrados de altos funcionarios y grandes comerciantes por prestigio y poder y, hasta 1810, serán los árbitros de todos los conflictos. No es un dato menor que, en una ciudad relativamente pequeña, casi el 13% de su población fueran milicianos. Tampoco que Cornelio Saavedra, Comandante del recientemente creado Regimiento de Patricios, termine como presidente de la futura Primera Junta. Por otro lado, también la jerarquía institucional se vio alterada. La defensa de la ciudad descansaba sobre los recursos que, provenientes del Cabildo, financiaban los cuerpos armados. No es casual entonces que fuese esa institución la protagonista de hechos inéditos en el orden político. El 14 de agosto de 1806, fue el Cabildo el que despojó del mando político y militar al Virrey para delegarlo en Santiago de Liniers, jefe de la defensa y reconquista de Buenos Aires, y quien lo convirtió en Virrey en febrero de 1807, luego de ordenar la destitución de Sobremonte. Tampoco es casual la centralidad que esta institución tendrá en 1810.

Si a alguna ciudad había beneficiado las Reformas Borbónicas, esa era Buenos Aires. La orientación de la economía hacia el eje Atlántico que impuso la corona, habilitó en la ciudad la aduana y el puerto y, con ello, le otorgó el dominio sobre los circuitos comerciales que remataban en el Alto Perú, Tucumán, Cuyo y Chile. Su clase comercial se enriqueció y amplió con la inmigración desde la península de nuevos integrantes. Articulada con el sector ganadero, exportaba cueros, tasajo y sebo y era, a la vez, la puerta de entrada de bienes provenientes de la Inglaterra industrial, de la cual España sólo era una onerosa intermediaria.

Pero también es una ciudad atravesada por profundos desequilibrios sociales que las reformas no hicieron más que profundizar. En palabras de Halperin Donghi, “… una sociedad rica en desigualdades”. Y lo era porque su estructura económica no lograba dar ocupación plena a una población relativamente reducida. Recordemos que, para esa fecha, Londres tenía cerca de un millón de habitantes; Madrid, 160.000; México, 140.000, en tanto que Buenos Aires apenas llegaba a los 40.000 habitantes. La introducción de españoles europeos en este espacio ya limitado no hará otra cosa que agudizar las luchas por la supervivencia social y profundizar el enfrentamiento entre peninsulares y el resto de la población.

Mucho se ha hablado de la difusión de la Ilustración como causa del movimiento de 1810. En este punto, no debemos olvidar que la vida cultural del Río de la Plata se desarrolló sobre el fondo de la cultura hispánica y católica. El Despotismo Ilustrado de los Borbones se limitó a la modernización de la economía y del aparato estatal, y obturó la difusión de las ideas que cuestionaban la autoridad de la corona o entraban en colisión con la fe católica. Baste recordar que, entre 1747 y 1807, la Inquisición en España condenó cerca de 600 obras, entre las que se encontraban El espíritu de las Leyes, de Montesquieu, las obras completas de Voltaire y Rousseau, La Riqueza de las Naciones, de Smith y el Ensayo sobre el Entendimiento Humano, de John Locke. Se difundirá entonces en América una Ilustración dirigida desde el Estado sobre la base de una sociedad pasiva, que limita su carácter crítico ante el poder político de la monarquía y el religioso de la Iglesia. Y esto lo explica Juan Baltasar Maziel, responsable de introducir algunas ideas ilustradas en el Río de la Plata, quien en un texto afirmaba: “La falibilidad del príncipe, que es propia de su humana condición, no deroga la autoridad de su supremo poder ni sustrae al vasallo de la obediencia que le debe (…) Es preferible, al nuestro, el juicio del soberano, que recibe con más abundancia las luces del cielo”. Esto no significa negar que los textos más críticos fueran conocidos a principios del SXIX. Significa dejar en claro que su difusión quedó reducida a los llamados “elementos cultos” de la sociedad (el clero, los letrados y el sector dedicado a la edición de periódicos) y que de ninguna manera puede afirmarse que la Ilustración haya sido la ideología que preparó la Revolución de Mayo.

A contrapelo de la Historia entre mitológica y romántica que nos narrara Mitre, no soplaban, para 1810 en el Río de la Plata, vientos de libertad. No existía un malestar profundo, sino que los reclamos giraban en torno a lograr un nuevo pacto colonial que asegurase el contacto directo con la pujante Inglaterra industrial. Napoleón había invadido España y tomado prisionero al rey, pero en 1810, esto no parecía irreversible.  Mientras que la nueva alianza con Gran Bretaña auguraba que el viejo monopolio estaba muerto, los puntos reales de disidencia se reducían a las relaciones futuras entre la metrópolis ya liberada y sus colonias y al lugar que ocuparían en este nuevo orden los peninsulares. Habrá que esperar la sanción de la Constitución española de 1812, que reducía la representación de los americanos en el gobierno y la restauración de Fernando VII, con su absolutismo intacto, para que el Río de la Plata abandone su lealtad al monarca e inicie el camino de la independencia.

La pregunta es entonces, ¿Por qué es tan relevante en Argentina el 25 de Mayo de 1810? O mejor, ¿Para quiénes es importante esa fecha? O, mejor todavía, ¿Quiénes sostuvieron que ese día nació la Patria y de qué Patria están hablando?

Los sectores que vieron sus esperanzas cumplidas con la Revolución de 1810 fueron los de la producción ganadera y del comercio de ultramar, y toda la red comercial que procedía de Buenos Aires o pasaba por ella, que respondieron rápidamente al intercambio con el extranjero. Tanto en Buenos Aires como en el Litoral, se amplió el mercado de cueros y otros productos de la ganadería, aumentó el valor de la tierra y los comerciantes y hacendados prosperaron. Para ellos, 1810 no sólo consolidó las conquistas de décadas anteriores, sino que preparó el terreno para su constitución en “clase dominante”. Es el puntapié inicial del modelo agro-exportador.

Para el resto del territorio que luego será la Argentina, 1810 marcó el inicio de su posición marginal dentro de un modelo que terminará imponiéndose a fines del SXIX. Con mayor variedad de recursos naturales, disponibilidad de mano de obra y bajo un régimen protector, las provincias del interior habían conseguido durante la colonia un alto grado de integración. Aunque escasamente desarrolladas, sus industrias no sólo abastecían las necesidades regionales, sino que sus excedentes se exportaban a distintos puntos del imperio español. La erosión del contrabando, las Reformas Borbónicas y el posterior libre comercio impuesto por la Junta de Buenos Aires, abrieron paulatinamente las puertas del comercio a una inundación de productos extranjeros que, sin bien enriqueció a un reducido sector, empobreció al resto y terminará por empantanar el desarrollo del país. En su defensa, los partidarios del libre comercio y el modelo agro exportador dirán que esas industrias, atrasadas como eran, no podían competir ni en calidad ni en precio con las provenientes del exterior. Habría que recordarles que tampoco Inglaterra producía, en el SXVII, paños de lana de calidad ni a buen precio. Esto no impidió que el gobierno prohibiese su importación a fin de estimular el desarrollo de esa industria. Los ingleses consumieron durante más de un siglo paños malos y caros, pero, ya en el siglo XIX, la industria textil se había convertido en el motor de la Revolución Industrial.

1810 significó entonces el triunfo de un modelo de país que se irá consolidando a lo largo del SXIX, pensado para pocos y que, lejos de corregir las falencias coloniales, las profundizará; un modelo rico en desigualdades. En la década revolucionaria, el transporte de vino de San Juan a Salta implicaba para arrieros y mulas 40 días de marcha sin encontrar agua. Un siglo después, una red ferroviaria construida sólo para comunicar la región pampeana y el Litoral con el puerto de Buenos Aires nos señala hasta qué punto el triunfo de esos sectores en 1810, imponiendo sus privilegios, nos legó un país desintegrado, desigual y con un profundo atraso estructural. Robando palabras a Alejandro Bercovich, un páramo con algunos islotes de prosperidad, similar a la Argentina libertaria de hoy donde, en medio de la pauperización general, sólo florecen el agro, la minería y la intermediación financiera.

Pero esa Argentina ganadera, más vinculada al extranjero que articulada con el interior, la de “las vacas y la bosta”, según Sarmiento, debió, para imponerse, derrotar a todos aquellos que se cuadraron contra la tiranía del puerto, contra la primarización económica y la centralización de Buenos Aires. Y las primeras luchas se dieron en el seno mismo de la Primera Junta. Allí encontramos a las mentes más brillantes de la Revolución que se atrevieron a pensar otro país posible. Pero Belgrano, Moreno y Castelli bien merecen nuestra próxima columna.

Saludo a todos los oyentes de El Club de la Pluma

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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