1810: UNA
REVOLUCIÓN PARA POCOS
Desde Buenos Aires, saludo a todos los que escuchan El Club de la Pluma
Decíamos en la columna anterior que comprender Mayo de 1810 significa poder
insertarlo en un todo donde distintos procesos se desarrollan e influyen
mutuamente.
Siguiendo este principio, diremos hoy que las reformas borbónicas, tardías
e insuficientes según Marcos Kaplan, no lograron frenar el colapso del imperio
español y las invasiones inglesas, en 1806 y 1807, fueron su epílogo en el Río
de la Plata. A la incapacidad de España para mantener abastecidas sus colonias
se sumará ahora la de defenderlas. Durante estos trascendentes años se
produjeron en Buenos Aires una serie de acontecimientos que trastocaron las
bases sociales y políticas de la capital virreinal. Por un lado, ante el vacío
de poder generado por España, fueron sus habitantes, organizados en milicias,
los que tomaron a su cargo la defensa. Los jefes de estos cuerpos, elegidos por
la misma tropa, competirán a partir de entonces con los grupos más encumbrados
de altos funcionarios y grandes comerciantes por prestigio y poder y, hasta
1810, serán los árbitros de todos los conflictos. No es un dato menor que, en
una ciudad relativamente pequeña, casi el 13% de su población fueran milicianos.
Tampoco que Cornelio Saavedra, Comandante del recientemente creado Regimiento
de Patricios, termine como presidente de la futura Primera Junta. Por otro
lado, también la jerarquía institucional se vio alterada. La defensa de la
ciudad descansaba sobre los recursos que, provenientes del Cabildo, financiaban
los cuerpos armados. No es casual entonces que fuese esa institución la
protagonista de hechos inéditos en el orden político. El 14 de agosto de 1806,
fue el Cabildo el que despojó del mando político y militar al Virrey para
delegarlo en Santiago de Liniers, jefe de la defensa y reconquista de Buenos
Aires, y quien lo convirtió en Virrey en febrero de 1807, luego de ordenar la
destitución de Sobremonte. Tampoco es casual la centralidad que esta
institución tendrá en 1810.
Si a alguna ciudad había beneficiado las Reformas Borbónicas, esa era
Buenos Aires. La orientación de la economía hacia el eje Atlántico que impuso
la corona, habilitó en la ciudad la aduana y el puerto y, con ello, le otorgó
el dominio sobre los circuitos comerciales que remataban en el Alto Perú,
Tucumán, Cuyo y Chile. Su clase comercial se enriqueció y amplió con la
inmigración desde la península de nuevos integrantes. Articulada con el sector
ganadero, exportaba cueros, tasajo y sebo y era, a la vez, la puerta de entrada
de bienes provenientes de la Inglaterra industrial, de la cual España sólo era
una onerosa intermediaria.
Pero también es una ciudad atravesada por profundos desequilibrios sociales
que las reformas no hicieron más que profundizar. En palabras de Halperin
Donghi, “… una sociedad rica en desigualdades”. Y lo era porque su estructura
económica no lograba dar ocupación plena a una población relativamente
reducida. Recordemos que, para esa fecha, Londres tenía cerca de un millón de
habitantes; Madrid, 160.000; México, 140.000, en tanto que Buenos Aires apenas
llegaba a los 40.000 habitantes. La introducción de españoles europeos en este
espacio ya limitado no hará otra cosa que agudizar las luchas por la
supervivencia social y profundizar el enfrentamiento entre peninsulares y el
resto de la población.
Mucho se ha hablado de la difusión de la Ilustración como causa del
movimiento de 1810. En este punto, no debemos olvidar que la vida cultural del
Río de la Plata se desarrolló sobre el fondo de la cultura hispánica y
católica. El Despotismo Ilustrado de los Borbones se limitó a la modernización
de la economía y del aparato estatal, y obturó la difusión de las ideas que
cuestionaban la autoridad de la corona o entraban en colisión con la fe
católica. Baste recordar que, entre 1747 y 1807, la Inquisición en España
condenó cerca de 600 obras, entre las que se encontraban El espíritu de las
Leyes, de Montesquieu, las obras completas de Voltaire y Rousseau, La Riqueza
de las Naciones, de Smith y el Ensayo sobre el Entendimiento Humano, de John
Locke. Se difundirá entonces en América una Ilustración dirigida desde el
Estado sobre la base de una sociedad pasiva, que limita su carácter crítico
ante el poder político de la monarquía y el religioso de la Iglesia. Y esto lo
explica Juan Baltasar Maziel, responsable de introducir algunas ideas ilustradas
en el Río de la Plata, quien en un texto afirmaba: “La falibilidad del
príncipe, que es propia de su humana condición, no deroga la autoridad de su
supremo poder ni sustrae al vasallo de la obediencia que le debe (…) Es
preferible, al nuestro, el juicio del soberano, que recibe con más abundancia
las luces del cielo”. Esto no significa negar que los textos más críticos
fueran conocidos a principios del SXIX. Significa dejar en claro que su
difusión quedó reducida a los llamados “elementos cultos” de la sociedad (el
clero, los letrados y el sector dedicado a la edición de periódicos) y que de
ninguna manera puede afirmarse que la Ilustración haya sido la ideología que
preparó la Revolución de Mayo.
A contrapelo de la Historia entre mitológica y romántica que nos narrara
Mitre, no soplaban, para 1810 en el Río de la Plata, vientos de libertad. No
existía un malestar profundo, sino que los reclamos giraban en torno a lograr
un nuevo pacto colonial que asegurase el contacto directo con la pujante Inglaterra
industrial. Napoleón había invadido España y tomado prisionero al rey, pero en
1810, esto no parecía irreversible.
Mientras que la nueva alianza con Gran Bretaña auguraba que el viejo
monopolio estaba muerto, los puntos reales de disidencia se reducían a las
relaciones futuras entre la metrópolis ya liberada y sus colonias y al lugar
que ocuparían en este nuevo orden los peninsulares. Habrá que esperar la
sanción de la Constitución española de 1812, que reducía la representación de los
americanos en el gobierno y la restauración de Fernando VII, con su absolutismo
intacto, para que el Río de la Plata abandone su lealtad al monarca e inicie el
camino de la independencia.
La pregunta es entonces, ¿Por qué es tan relevante en Argentina el 25 de
Mayo de 1810? O mejor, ¿Para quiénes es importante esa fecha? O, mejor todavía,
¿Quiénes sostuvieron que ese día nació la Patria y de qué Patria están
hablando?
Los sectores que vieron sus esperanzas cumplidas con la Revolución de 1810
fueron los de la producción ganadera y del comercio de ultramar, y toda la red
comercial que procedía de Buenos Aires o pasaba por ella, que respondieron
rápidamente al intercambio con el extranjero. Tanto en Buenos Aires como en el
Litoral, se amplió el mercado de cueros y otros productos de la ganadería,
aumentó el valor de la tierra y los comerciantes y hacendados prosperaron. Para
ellos, 1810 no sólo consolidó las conquistas de décadas anteriores, sino que
preparó el terreno para su constitución en “clase dominante”. Es el puntapié
inicial del modelo agro-exportador.
Para el resto del territorio que luego será la Argentina, 1810 marcó el
inicio de su posición marginal dentro de un modelo que terminará imponiéndose a
fines del SXIX. Con mayor variedad de recursos naturales, disponibilidad de
mano de obra y bajo un régimen protector, las provincias del interior habían
conseguido durante la colonia un alto grado de integración. Aunque escasamente
desarrolladas, sus industrias no sólo abastecían las necesidades regionales,
sino que sus excedentes se exportaban a distintos puntos del imperio español. La
erosión del contrabando, las Reformas Borbónicas y el posterior libre comercio
impuesto por la Junta de Buenos Aires, abrieron paulatinamente las puertas del
comercio a una inundación de productos extranjeros que, sin bien enriqueció a
un reducido sector, empobreció al resto y terminará por empantanar el
desarrollo del país. En su defensa, los partidarios del libre comercio y el
modelo agro exportador dirán que esas industrias, atrasadas como eran, no
podían competir ni en calidad ni en precio con las provenientes del exterior.
Habría que recordarles que tampoco Inglaterra producía, en el SXVII, paños de
lana de calidad ni a buen precio. Esto no impidió que el gobierno prohibiese su
importación a fin de estimular el desarrollo de esa industria. Los ingleses
consumieron durante más de un siglo paños malos y caros, pero, ya en el siglo
XIX, la industria textil se había convertido en el motor de la Revolución
Industrial.
1810 significó entonces el triunfo de un modelo de país que se irá
consolidando a lo largo del SXIX, pensado para pocos y que, lejos de corregir
las falencias coloniales, las profundizará; un modelo rico en desigualdades. En
la década revolucionaria, el transporte de vino de San Juan a Salta implicaba
para arrieros y mulas 40 días de marcha sin encontrar agua. Un siglo después,
una red ferroviaria construida sólo para comunicar la región pampeana y el
Litoral con el puerto de Buenos Aires nos señala hasta qué punto el triunfo de
esos sectores en 1810, imponiendo sus privilegios, nos legó un país desintegrado,
desigual y con un profundo atraso estructural. Robando palabras a Alejandro
Bercovich, un páramo con algunos islotes de prosperidad, similar a la Argentina
libertaria de hoy donde, en medio de la pauperización general, sólo florecen el
agro, la minería y la intermediación financiera.
Pero esa Argentina ganadera, más vinculada al extranjero que articulada con
el interior, la de “las vacas y la bosta”, según Sarmiento, debió, para
imponerse, derrotar a todos aquellos que se cuadraron contra la tiranía del
puerto, contra la primarización económica y la centralización de Buenos Aires.
Y las primeras luchas se dieron en el seno mismo de la Primera Junta. Allí
encontramos a las mentes más brillantes de la Revolución que se atrevieron a
pensar otro país posible. Pero Belgrano, Moreno y Castelli bien merecen nuestra
próxima columna.
Saludo a todos los oyentes de El Club de la Pluma
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia - Posgrado
en Ciencias sociales por FLACSO

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