INDUSTRIALES
SÍ; RENTISTAS NO
Soy Lidia Rodríguez Olives y, desde Buenos Aires, saludo a todos los que
escuchan El Club de la Pluma
En febrero de este año y como ejemplo de un proceso de desindustrialización
que se profundiza, la fábrica de neumáticos Fate cerró su planta de San
Fernando, dejando en la calle a 920 empleados. Sus dueños, los Madanes
Quintanilla, anunciaban en paralelo que dejarían de producir en el país para
reorientar sus negocios hacia la importación.
Los Madanes Quintanilla no son una excepción. Son un ejemplo más entre los
tantos que nos muestran una burguesía fracasada en términos de desarrollo
nacional, y no por contextos adversos sino porque arrastra toda una historia
parasitaria, inclinada hacia las ganancias fáciles y sin riesgo, e insaciable
en su afán de acumulación. Y es esta patología (no el Estado, ni los
trabajadores, ni los sindicatos, ni los impuestos, ni las leyes laborales) la
que explica por qué estamos donde estamos.
En 1890, Carlos Pellegrini reunió a sus amigos de la oligarquía. Les dijo
que para salir de la crisis debían repatriar las divisas que se habían llevado
para atesoramiento, fruto de la especulación financiera. En 2020, Gustavo
Béliz, Secretario de Asuntos Estratégicos de Alberto Fernández, se reunía con
Miguel Acevedo, presidente de la UIA, y con los dueños de las principales
empresas argentinas, entre los que se encontraba Madanes Quintanilla. ¿Cuál fue
el mensaje? Traigan los dólares que compraron y fugaron durante el gobierno de
Macri. Es que nada menos que D86 mil millones habían salido de la economía
argentina para depositarse en paraísos fiscales y engrosar la fortuna de esos
empresarios. Sólo Madanes Quintanilla fugó D345 millones. Podemos recordar el
estallido hiperinflacionario con el que terminó el gobierno de Alfonsín,
ahogado por una deuda impagable de 45 mil millones de dólares, mientras esos
mismos empresarios tenían en paraísos fiscales D50 mil millones. O recordar que
la Convertibilidad voló por los aires cuando el FMI negó a Domingo Cavallo una
ayuda financiera de D1600 millones cuando, a lo largo del 2001, entre grandes
empresas y particulares, habían fugado casi 30 mil millones de dólares. Y sería
bueno que los ciudadanos de a pie que perdieron sus ahorros con esa crisis,
pero salieron en 2008 para oponerse al gobierno de Cristina Kirchner bajo la
consigna “el campo somos todos”, se dieran cuenta que los dólares que a ellos
les faltan los tiene Vicentín, que a lo largo del 2001 fugó D131.118.755.
También los tiene Madanes Quintanilla, cuyas empresas y familiares se llevaron
del país D204 millones. Entre todos, vaciaron las reservas del Banco Central y
los ahorros de miles de argentinos, precipitándonos a una crisis que, por
supuesto, nunca asumirán como consecuencia de su conducta ni estarán dispuestos
a pagar.
Ya en los albores de la formación del Estado, nuestras clases dominantes
mostraron la distancia existente entre ellos y las clases dominantes que en
otros países y para la misma fecha, lograron construir bases sólidas para el
desarrollo nacional. El Ferrocarril Transcontinental de Canadá, por ejemplo, se
construyó con capitales nacionales provenientes de una burguesía que no dudó en
invertir y arriesgar; que no vaciló a la hora de transformar sus ahorros en
inversión productiva. Fueron capitales canadienses los que financiaron las
fundiciones de hierro, la industria textil, las refinerías de azúcar, los
bancos, los ferrocarriles, la electricidad y la industria pesada. Y también
fueron capitales canadienses los que fundaron Massey – Harris, de Ontario, que
a principios del SXX producía una gran variedad de maquinarias y tractores, y
que revolucionó la producción del agro, en 1923, con el primer tractor con
ruedas propulsado por motor diésel. Para comparar baste decir que, en nuestro
país, hasta 1946 (fecha en que Perón comenzó a subsidiar la importación de
tractores) se seguía utilizando el arado de mancera impulsado por caballos. Es
que nuestra oligarquía terrateniente, prebendaria, holgazana y rentista, no
puso un peso para impulsar el desarrollo nacional. Hasta los frigoríficos
fueron ingleses, inversión que les hubiese permitido una integración vertical
en la cadena productiva. Prefirieron dilapidar improductivamente sus fortunas
construyendo palacetes en Recoleta, viajando a Europa “con la vaca atada” y a
tirar “manteca al techo”, mientras impulsaban desde el Estado que controlaban leyes
que acrecentaban sin esfuerzo sus fortunas en la misma medida que consagraban
la ruina del país.
El 24 de marzo recordaremos los 50 años del golpe de 1976. Civiles y
militares usaron el Terrorismo de Estado para romper una sociedad de empate y
asegurarse ganancias extraordinarias con la especulación financiera y la
transferencia de ingresos desde los trabajadores hacia el capital concentrado. Sólo
en 1982, el salario sufrió una caída del 20%. Pero en el mismo año Domingo
Cavallo, desde el BCRA (a través de los seguros de cambio), estatizó la deuda
privada de las empresas, es decir, hizo recaer su pago en toda la sociedad, lo
que condicionó nuestro futuro y es una de las principales causas de la pobreza
estructural que padecemos. Del monto total de esa transferencia (D15.647
millones) corresponden a Aluar D163 millones y a Fate D223 millones, ambas de
los Madanes Quintanilla, esos que acaban de cerrar Fate y de dejar en la calle
a más de 900 familias, olvidándose que D383 millones de los tantos que hoy
engrosan su fortuna los pagaron esos trabajadores que acaban de despedir.
Son muchos los autores que afirman con fundamento que no tenemos ni hemos
tenido burguesía nacional. Nuestros empresarios no han sido capaces en toda
nuestra Historia de motorizar un desarrollo sostenible y hoy configuran una
casta de millonarios en un país empobrecido. Nacieron y crecieron como
parásitos de un Estado al que mantienen cautivo y del que reciben beneficios
extraordinarios. Promoción industrial, exenciones impositivas, asignaciones
directas, compras sobrevaluadas, condonaciones de deudas y protecciones
arancelarias son algunos de los canales a través de los cuales se apropian, sin
que nadie les exija nada a cambio, de los recursos del Estado. Como ejemplo
podríamos recordar a Techint, que sólo en 2001 recibió beneficios por D940,3
millones por seguros de cambio, pesificación de deudas y una devaluación que
aumentó considerablemente el valor de sus exportaciones. Y estos beneficios los
recibió a pesar de su responsabilidad en esa crisis por haber fugado durante
ese año D81.463.022, según consta en el Informe de la Comisión Especial de la
Cámara de Diputados sobre Fuga de Divisas, conformada a principios del 2002.
El 12 de mayo de 2016 el diario norteamericano especializado The Wall
Street Journal analizaba los balances presentados por las empresas chinas que
cotizan en la bolsa de Nueva York. Concluía que habían recibido, en 2015,
subsidios por D18.300 millones. Es la famosa “competencia desleal” o dumpig de
la que se quejaba en todos los medios Paolo Rocca, cuando fue desplazado de la
licitación de Vaca Muerta por cotizar los caños 45% por encima del precio
ganador. Lo que Rocca no dice es que, mientras los chinos invertían esos
recursos y mejoraban su competitividad, él y otros como él fugaban de Argentina
en los años macristas un promedio de D21.500 millones anuales. Si consideramos
sus permanentes fugas de divisas, las transferencias y beneficios que recibió
del Estado, los sobreprecios en sus ventas, sus deudas que terminamos pagando
todos y la adquisición de Somisa al 10% de su valor real luego que el menemismo
la hiciera quebrar, deberemos concluir no sólo (como afirma Zait) que Techint
ya debe pertenecer a todos los argentinos, sino que está más subsidiada que los
chinos, pero es incapaz de producir caños competitivos a un precio razonable.
Los grandes empresarios argentinos se enriquecen, pero no invierten. Y los
Madanes Quintanilla son un ejemplo de ello. Entre 2001 y 2010, a pesar de los
beneficios recibidos a la salida de la crisis de la Convertibilidad, de la
promoción industrial y de los sobreprecios facturados en un mercado interno en
expansión, la tasa de inversión de las grandes empresas fue sólo del 10%,
cuando sus ganancias promedio fueron del 40%. Y el caso más emblemático fue
Fate, que presentó en sus balances inversiones netas negativas y cuyos dueños
omiten informar que casi la mitad de la inversión que en 2012 les permitió expandir
su planta de San Fernando y duplicar la producción de neumáticos radiales la
puso el Estado, a través de los créditos subsidiados del Bicentenario, que los
benefició con una tasa fija del 9,9%. Entre 2020 y 2024, mientras el resto de
la sociedad sufríamos las consecuencias de la pandemia, Marcos Galperín duplicó
su fortuna, al igual que Pérez Companc. Hugo Sigman, los Hurquía y Sebastián
Bagó, la multiplicaron por 3, en tanto que la de Paolo Rocca pasó de D3400 a
D4100 millones y la de Jorge Brito de D360 a D1450 millones.
Desde el golpe de 1976, las ganancias fáciles provienen de la especulación.
Y nuestros grandes empresarios tienen bien aceitados los mecanismos para salir
siempre ganando, aunque el costo sea hundirnos al resto en la pobreza. Durante
los gobiernos neoliberales amasan fortunas con el festival de bonos y con el
Carry Trade, mientras permiten la pulverización del aparato productivo. No hay
desarrollo sin industria. Milei puede ser un mal nacido, pero no es idiota.
Sabe lo que la cúpula empresaria viene haciendo desde 1976. Sabe muy bien que
sus fortunas se multiplican al calor de la valorización financiera y la
precarización laboral. Sabe, también, que no es a ellos a los que destruirá
sino a las PYMES, ancladas en las clases medias y generadoras de empleo. Nuestro
proyecto debe distinguir, entonces, los unos de los otros. Unos son
empresarios; los otros, rentistas. Y una cosa es defender la industria nacional
y otra muy distinta alimentar parásitos y depredadores.
Les mando un gran abrazo a los oyentes de El Club de la Pluma.
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia -
Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

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