LA
ASIMETRÍA TEMPORAL DE IRÁN COMO VERDADERA ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.
¿DE QUÉ LADO ESTÁS?
Un cálido abrazo a toda la querida audiencia
de EL CLUB DE LA PLUMA. Otro día más, nos encontramos aquí en este espacio de
reflexión compartida. ¡Quédate, que lo de hoy, también te va a interesar! Los
invitamos a una mirada diferente sobre lo que ocurre en Oriente Medio, una
lectura del filósofo surcoreano Byung Chul Han, como una manera de cortar la
información que no se detiene nunca y nos ahoga y satura, para profundizar en
aspectos que diferencian a la población de la República Islámica de Irán que
resiste y sigue resistiendo desde las primeras sanciones en 1979 y ver cómo
Occidente tiene otra percepción y comprensión de lo real, algo así, como que
los iraníes y los occidentales no habitan un mismo planeta. Es más, podríamos
pensar que Irán no necesita ganar la guerra para derrotar al imperio.
En el año 2002, el Pentágono ejecutó el
Milennium Challenge, el Desafío del Milenio, el ejercicio militar más costoso y
complejo de la historia humana. Con un presupuesto de 250 millones de dólares,
Estados Unidos simuló una invasión a un adversario en el Golfo Pérsico que,
aunque no se nombró explícitamente, tenía todas las huellas dactilares de Irán.
El despliegue tecnológico era absoluto. Algoritmos de predicción, vigilancia
satelital total y una capacidad de fuego capaz de borrar naciones enteras del
mapa, en segundos. Sin embargo, en menos de 24 horas, la superpotencia fue
humillada. El general Paul Van Riper, un exoficial del Cuerpo de Marines de los
Estados Unidos, lideró las fuerzas “rojas” en representación de Irán, contra
las fuerzas “azules”, en representación de los Estados Unidos. El general saltó
a la fama por su papel en ese ejercicio militar. Apagó los radares, ignoró las
comunicaciones digitales y coordinó la defensa mediante mensajeros en
motocicleta y señales de luz desde mezquitas. Utilizó una lógica que el sistema
americano no pudo procesar porque sencillamente no estaba en el código. La
derrota no fue una falla técnica, sino una grieta ontológica. Estados Unidos
intentó mapear el caos como si fueran datos procesables, pero se encontró con
lo que el filósofo Byung Chul Han denomina la negatividad, aquello que se
resiste a ser visto, medido o consumido. El problema no es que el imperio
carezca de ojos, el problema es que sus ojos sólo pueden ver lo que brilla bajo
la luz de la transparencia. El conflicto entre Irán y Occidente no es una
guerra de armas, sino un choque entre la sociedad del rendimiento, que exige
visibilidad y velocidad total y, la sociedad del ritual, que utiliza la
opacidad como arma de resistencia.
Entenderás que cada dron barato
que Irán lanza no es sólo una amenaza a la infraestructura, sino un ataque
directo al sistema nervioso de Occidente. Comprenderás por qué el país que
domina el espacio físico está perdiendo la batalla contra un enemigo que ya ha
conquistado el tiempo. Esta no es una historia de estrategia militar, sino de
cómo lo invisible derrota a lo evidente. Estados Unidos quiere ganar el
espacio. Irán ya ganó el tiempo. La narrativa convencional reduce este
conflicto a una hoja de cálculo. Portaaviones en el Estrecho de Ormuz o la
efectividad de las sanciones económicas. Es la lógica de lo que el filósofo surcoreano
define como la sociedad del rendimiento, donde el poder sólo se reconoce si es
visible, cuantificable y productivo, pero esta lente es peligrosamente
superficial. El error de Occidente radica en asumir que el adversario es un
sujeto de rendimiento, idéntico a nosotros.
Un actor que busca desesperadamente el
crecimiento, la visibilidad y el consumo inmediato como fines últimos. Bajo
esta premisa, la estrategia estadounidense actúa como un algoritmo de redes
sociales que entra en una crisis de procesamiento cuando un usuario se niega a
interactuar. El sistema sabe qué hacer con el odio, con la competencia y con el
ruido, pero colapsa ante el silencio absoluto. La inteligencia técnica del
imperio está diseñada para optimizar respuestas frente a estímulos constantes,
pero se vuelve ciega ante la ausencia de esos estímulos. Irán no es un usuario
que intenta mejorar su perfil en el orden global: es un actor que ha decidido
salirse de la red manteniendo su presencia física en el servidor. Por eso, las
sanciones fallan. Sistemáticamente, intentan asfixiar el consumo en una cultura
que, a diferencia de la occidental, aún conserva estructuras profundas de
ritual y sacrificio. Mientras la transparencia moderna ha eliminado la
negatividad del dolor en favor de una positividad anestésica, el mundo del
ritual utiliza la privación como un motor de cohesión simbólica. Para el
imperio, un ciudadano que no consume es un ciudadano que se revela. Para la
sociedad del ritual, la escasez es el combustible de una identidad que no
depende de lo que posee, sino de lo que es capaz de resistir. El desajuste es
total. Intentan doblegar una voluntad milenaria usando las herramientas de un
ciclo de consumo de 24 horas. No es una falla diplomática, es una ceguera
sistémica que ignora que el verdadero campo de batalla no es el mercado, sino
la propia estructura de la realidad. Para comprender la profundidad de este
abismo, debemos abandonar la superficie de los mapas militares y adentrarnos en
la estructura misma de nuestra realidad.
Vivimos en lo que el filósofo surcoreano llama
la sociedad de la transparencia: un ecosistema donde todo lo que existe debe
ser expuesto, medido y procesado para ser considerado real. En Occidente, la
transparencia no es una virtud moral, es una coacción sistémica. Se nos exige
ser legibles, estar hiperconectados y convertir cada fragmento de identidad en
un dato consumible. En este mundo de positividad total, el secreto es visto
como una patología, una falla en el código. Sin embargo, es precisamente en esta
grieta ontológica donde Irán ha construido su fortaleza más inexpugnable. Bajo
la lente de la filosofía occidental, Irán no es sólo un adversario geopolítico,
es el OTRO ABSOLUTO. Mientras Estados Unidos busca eliminar lo distinto para
convertirlo en lo igual, una mercancía uniforme que los algoritmos puedan
digerir, la cultura del ritual iraní se mantiene como un cuerpo extraño que el
sistema no puede metabolizar. Esta resistencia nace de una estructura temporal
y psíquica que Han describe como el aroma del tiempo. Occidente habita un
tiempo atómico, fragmentado en noticias de última hora, tendencias efímeras y
ciclos electorales de cuatro años.
Es un tiempo sin duración, una sucesión de
instantes vacíos donde nada permanece porque todo debe ser reemplazado para
mantener el flujo del capital. El imperio es extremadamente veloz, pero carece
de memoria y de paciencia. Frente a esto, la sociedad del ritual opera en un
tiempo narrativo. Para ellos, el tiempo no es un recurso que se gasta, sino una
atmósfera que se desprende de la repetición y de la permanencia. Teherán mide
su estrategia en décadas y milenios. Esa asimetría temporal es la verdadera
arma de destrucción masiva contra una superpotencia que sufre de trastorno de
déficit de atención sistémico. La opacidad de Irán no es un síntoma de atraso,
sino una sofisticada decisión política de preservación. En la era de la
infocracia en el que la era digital pretende iluminar cada rincón del
pensamiento humano para predecir conductas, el secreto es la única forma de
soberanía real. Ser invisible es la única manera de ser libre frente al
algoritmo.
Y ahora continuamos con reflexiones
personales. En esta sociedad iraní de lo ritual frente a la visibilidad
occidental de los algoritmos, la muerte física cobra otra significación. El
martirio es una instancia que Occidente no comprende y es la sustancia de la
que está impregnada la resistencia y la revolución iraní. Pero no sólo pensemos
en los mártires asesinados por Occidente en Irán, sino en los mártires que Israel
y parte de Occidente provocaron en Gaza, Cisjordania, el Líbano, Siria y Yemen.
Y como estamos en el mes de la memoria en Argentina, pensemos -aunque sea por
un instante-. en nuestros mártires, porque el algoritmo no se detiene y no nos
deja tiempo para los nuestros. Porque es el pueblo quien pone los cuerpos,
quien es martirizado de todas las formas imaginables, porque en este mes de
marzo se unen los mártires de Oriente Medio y los argentinos en un mismo
símbolo de resistencia. ¿De qué lado estás? ¿Te lo preguntaste? ¿Estás del lado
de un gobierno demoníaco que apoya la matanza de 150 niñas o pudiste detener tu
flujo de la conciencia y reflexionar un poquito sobre el martirio de los
inocentes?
Me despido de nuestra querida audiencia,
agradeciendo su amable atención e invitándola a otra nueva emisión de EL CLUB
DE LA PLUMA, el próximo domingo.
¡Hasta la victoria siempre, compañeros!
¡Palestina libre! ¡Irán, presente!
Desde Islas Canarias
Profesora en Letras, ex catedrática de la
Universidad Nacional de Mar del Plata

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