RADIO EL CLUB DE LA PLUMA

viernes, 20 de marzo de 2026

A 50 AÑOS, QUE NADA SIGA IGUAL - PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

 

A 50 AÑOS, QUE NADA SIGA IGUAL


 

Desde Buenos Aires, les mando un gran abrazo a todos los oyentes de El Club de la Pluma

 

En pocos días se cumplirán 50 años del Golpe de Estado de 1976. Muchos marcharemos por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Pero la situación que vive la Argentina hoy amerita la reflexión; hace imprescindible pensar qué cosas hemos aprendido y qué otras nos faltan aprender.

La Historia no es una acumulación de hechos sin sentido ni relación. Por el contrario, teje un hilo conductor que vincula pasado, presente y futuro. Y esta es la primera advertencia sobre nuestra Memoria. Porque puede ocurrir que la Dictadura no haya terminado en 1983 y que 1976 tampoco haya inaugurado en nuestro país el Terrorismo de Estado.

La metalúrgica Vasena era, en 1919, la empresa más importante del sector y ocupaba a 2500 trabajadores. Era conocida por su postura abiertamente antisindical, por sus pésimas condiciones de trabajo, por sus bajos salarios y sus jornadas extensas. El 2 de diciembre de 1918 estalló una huelga. Los trabajadores presentaron un petitorio que incluía la reducción de la jornada de 11 a 8 horas, aumento salarial y respeto al descanso dominical. Pero Alfredo Vasena se negó a recibirlos. Su postura intransigente se apoyaba en la certeza de poder quebrar económicamente a los trabajadores. Contaba para ello con el apoyo de grupos rompehuelgas y civiles armados provistos por la Asociación Nacional del Trabajo, grupo de choque parapolicial tolerado por el Gobierno y creado un año antes por Joaquín Anchorena, presidente de la Sociedad Rural Argentina. El 7 de enero, en la esquina de Pepirí y Amancio Alcorta, más de 100 policías y bomberos armados, apoyados por rompehuelgas también armados, dispararon durante 2 horas sobre casas, huelguistas y vecinos. Mientras tanto, el embajador británico Tower y Joaquín Anchorena se entrevistaban con Yrigoyen para reclamarle medidas más enérgicas. Como respuesta, el presidente nombró a su amigo, Luis Dellepiane (miembro de la Liga Patriótica), Comandante Militar de Buenos Aires, demostrando que ya había decidido reprimir con el ejército y militarizar la ciudad. Dellepiane ordenó a todos los comisarios entregar armas y poner las comisarías a disposición de los grupos paramilitares para hacer arrestos.  

El 9 de enero, con la huelga paralizando Buenos Aires y extendida también en el interior del país, se realizaba el entierro de los trabajadores muertos. Pero ya en el cementerio de Chacarita, policías y bomberos, armados y atrincherados en los murallones, balearon impunemente a la multitud. El entierro terminó en una masacre, pero la violencia prosiguió.

El 11 de enero hubo una gran redada de dirigentes sindicales y socialistas. Casi 5000 personas fueron detenidas. Por la tarde, grupos de civiles armados se lanzaron contra los judíos, cuyos negocios fueron baleados e incendiados. Es el único pogromo registrado en América. También se persiguió y apaleó a rusos, polacos y alemanes, es decir, a todo extranjero que olía a “maximalismo revolucionario”.

Según la embajada de EEUU, La Semana Trágica dejó un saldo de 1356 muertos; 800, nunca fueron identificados. Se quemaron viviendas, cooperativas, sinagogas, locales sindicales y partidarios, periódicos y bibliotecas populares. Fuerzas policiales y parapoliciales ingresaron a domicilios particulares sin orden judicial, asesinaron y golpearon a sus habitantes, destruyeron bienes y violaron a mujeres y niñas. Estos hechos, junto con los fusilamientos de la Patagonia 2 años después, son considerados por muchos autores como el primer acto de Terrorismo de Estado en Argentina. El gobierno de Yrigoyen nunca informó sobre la represión ni publicó la lista de muertos.

Si a estos hechos sumamos la masacre de Napalpí, la ejecución de anarquistas, el bombardeo de Plaza de Mayo, los fusilamientos de Santos Lugares y la violencia antiperonista, el Plan Conintes, la represión del Cordobazo y la acción de la Triple A, debemos reconocer, como afirma Horowicz, que el hilo conductor de nuestra Historia es una cultura criminal de clase, creada y consolidada durante décadas, que nos lleva a la Dictadura de 1976 y que sigue operando, intacta en sus objetivos, aún en democracia. Así lo demuestran los muertos del 2001, Santiago Maldonado y Rafael Nahuel; los jubilados, discapacitados, trabajadores y despedidos, objetivos de la violencia represiva de Javier Milei.

En su libro “El Desarrollo Ausente”, Hugo Nochteff escribió: “El Golpe Militar (de 1976) no fue dirigido contra el gobierno o la situación social inmediatamente anterior, sino contra todo el proceso iniciado en los treinta, el período de la ISI, proceso que había llevado a una constante erosión del poder económico, social y político de la elite económica local”. A la vez, para Azpiazu, Basualdo y Khavisse, el modelo aplicado trascendió el marco de lo económico para convertirse en un programa de reestructuración integral de la propia organización social.

En sintonía con Richard Gillespie, quien fue contundente a la hora de señalar que las organizaciones armadas ya habían sido diezmadas durante el gobierno anterior y que su poder de fuego era, en 1976, irrelevante, estos textos nos advierten sobre los verdaderos objetivos del Golpe, a la vez que permiten ver con claridad la alianza existente entre el poder económico civil y los militares. Represión y plan económico marchan entonces de la mano, resultan inseparables. El Terrorismo de Estado se articula así con los intereses de las grandes empresas que conforman la elite económica. Martínez de Hoz no hubiese podido nunca llevar adelante su plan contra una sociedad movilizada, organizada y con poderosos sindicatos que nucleaban a los trabajadores en la defensa de sus derechos. No es casual, entonces, que la mayor cantidad de desaparecidos hayan sido trabajadores y delegados sindicales.

A través de la violencia ejercida desde el Estado se aseguró el disciplinamiento de la sociedad que hizo posible a las grandes empresas romper los condicionamientos que les imponían la existencia de derechos sociales. Se aseguraron así la posibilidad de obtener amplios márgenes de ganancias a través de actividades financieras y de la transferencia de ingresos desde los trabajadores hacia el capital concentrado. El modelo tiene nombre: es la valorización financiera, inseparable del endeudamiento y la fuga de capitales.

Con el argumento de atraer inversiones extranjeras se estableció una gran suba de intereses en el mercado financiero, intereses mucho más altos que los pagados en el mercado internacional. A la vez, y bajo la justificación de hacer más competitivas a las empresas, se abrió la economía a la importación de productos extranjeros. Pero los resultados no fueron los que decían buscar, sino que ocurrió todo lo contrario.

La opción más rentable dejó de ser la producción para pasar a ser la especulación financiera. Las ganancias obtenidas se dolarizaron y, no existiendo impedimento alguno, se fugaron. Así, el Estado se endeudó para satisfacer la permanente demanda de divisas de estos capitales especulativos. Valorización financiera y endeudamiento también marchan de la mano.

Las pequeñas y medianas empresas no pudieron resistir la competencia exterior y quebraron, dejando tras de sí un tendal de desocupados. Esto permitió que la producción industrial quedara a cargo de grandes empresas y conglomerados nacionales y extranjeros, a quienes también se benefició con una serie de privilegios, como la aceptación de sobreprecios en los productos que vendían al Estado, rebajas impositivas, baja considerable del precio de los servicios que recibían del Estado (como la energía eléctrica y el gas) y la denominada “promoción industrial”.

En un modelo que se aleja de la producción y que no depende ya del consumo del mercado interno, el salario deja de ser una variable importante, mucho más si se acompaña de un crecimiento de la desocupación. En 1982, el salario había perdido el 46,4% de su poder adquisitivo respecto del de 1975. La pérdida de derechos laborales implicó un aumento de la tasa de explotación que permitió a las empresas aumentar en un 56,1% sus márgenes de ganancia. De más está decir que el modelo no llevó a un aumento de la competitividad sino a un verdadero aniquilamiento del tejido industrial. En este contexto, la pobreza pasó del 10% de los hogares en marzo del 76 al 27,8% en 1983.  

La reelección de Menem en 1989 y los triunfos de Macri y Milei sólo pueden significar dos cosas. O los argentinos no hemos desarrollado la capacidad para pensar históricamente, para establecer rupturas y continuidades, para conceptualizar un modelo y aplicarlo a una realidad distinta; o somos la continuidad de esa cultura criminal de la que nos habla Horowicz, aceptando y aplaudiendo la violencia, la persecución, la destrucción de las instituciones y del Estado de Derecho. A 50 años del Golpe deberíamos tener en claro que en esas presidencias pueden cambiar los nombres, pero el modelo es el mismo. También que, al igual que en la Dictadura, valorización financiera y represión siempre vienen juntas.

Para Immanuel Kant, las personas pueden vivir en una minoría de edad autoculpable que los hace dependientes, influenciables y sometidos a la voluntad de otros. Su consejo, “Atrévete a pensar”. Y tal vez sea esto lo que como sociedad nos debemos para romper los hilos que nos atan a la violencia y al fracaso. Se lo debemos a las abuelas a las que arrebataron sus nietos, a los que fueron perseguidos y torturados, a los que perdieron amigos y familiares, y a nuestros 30 mil desaparecidos.

A todos los oyentes de El Club de la Pluma, los saludo desde Buenos Aires.

 

PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES

Profesora de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

 

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