COMPRENDER
1810
Desde Buenos Aires, saludo a todos los oyentes de El Club de la Pluma
Estamos en Mayo y, en Argentina, a escasos días de recordar nuevamente la
Revolución de 1810. No será la primera vez que me escuchen decir que la
Historia no es una simple acumulación de hechos. Tampoco, que su objetivo no es
sólo el conocimiento del pasado sino su comprensión. Sólo hay Ciencia Histórica
cuando se logran establecer relaciones explicativas entre los fenómenos; cuando
una progresiva inteligibilidad reemplaza a la simple enumeración de hechos. Y
mayo de 1810 no escapa a estos requisitos. Entonces, sólo comprenderemos el
significado y el alcance de ese movimiento si lo consideramos como parte de un
todo donde el devenir de Europa, la situación del Imperio Español, las
características de la América Hispana y el particular proceso vivido en el Río
de la Plata se articulan e influyen mutuamente.
El SXVII fue para España el del estallido de una crisis largamente gestada.
El Reino de Castilla, sobre el que había recaído el esfuerzo de la conquista,
se hallaba despoblado y sumido en la miseria. El flujo de la plata americana se
reducía y minaba las bases del imperio. Sin embargo, nada impidió el accionar
irracional de una corona que gastaba en guerras por encima de sus recursos y
que otorgaba mercedes y privilegios que sólo lograron llenar la Corte de
parásitos. Tal vez sea la propuesta de reformas que el Consejo elevó al rey
Felipe III y que este ignoró, el más temprano reconocimiento de la gravedad de
la situación. También lo fue el programa del Conde Duque de Olivares, valido de
Felipe IV, que naufragó entre guerras, rebeliones, resistencias regionales y
conspiraciones de la nobleza. Programa que incluyó una medida que podría
señalar hasta qué punto somos dignos herederos de ese imperio decadente.
Olivares ordenó una investigación sobre las fortunas de todos los ministros, de
1603 en adelante; pero los orígenes de tales fortunas fueron tan oscuros y
misteriosos que la investigación debió ser abandonada.
En 1640 era clara la disolución del sistema político y económico del que
había dependido la monarquía, con la dislocación del sistema comercial de
Sevilla y la disgregación de la organización política de la península. A
mediados del SXVII, España asistirá a la pérdida de Portugal, a la invasión
francesa al Rosellón, a un proceso inflacionario que llegó al 200% en 1675 y a
una sucesión de levantamientos, donde bandas rebeldes saquearon casas de
funcionarios dejando como saldo un importante número de apuñalados. Es en este
contexto de colapso político y económico, pero también de decadencia moral de
las clases dirigentes, en que se produce el cambio de dinastía.
La muerte, en 1700, del rey Carlos II sin descendencia, desencadenó un
conflicto que involucró tanto a Inglaterra como a Francia y al emperador
austríaco por el control de un imperio que, aunque en crisis, aún conservaba su
dominio sobre los Países Bajos, gran parte de Italia y América. Con la Paz de
Utrech, en 1713, Felipe de Anjuo, nieto de Luis XIV de Francia, fue reconocido
como Rey de España con el nombre de Felipe IV, aunque no sin antes renunciar a
cualquier aspiración a heredar la corona francesa.
Hasta la llegada de los Borbones, el sistema colonial español impuesto en
América tendía a desarrollar una economía cerrada con centro en España. Sin
embargo, con el inevitable crecimiento y diversificación de la economía
colonial, resultó imposible para una metrópolis decadente satisfacer las
necesidades de su imperio americano, y el tráfico ultramarino se hizo cada vez
más dependiente de las manufacturas, la comercialización y el financiamiento de
potencias extranjeras en ascenso. A la muerte de Carlos II, la casi totalidad
de los productos exportados desde Sevilla eran extranjeros. A la vez, las
relaciones coloniales se ven permanentemente erosionadas por Gran Bretaña, que
presiona a través de agresiones formales, de la piratería, el comercio legal,
la trata de esclavos y el contrabando, este último a gran escala, facilitado
por la debilidad militar de España, por la extensión de las costas, la
venalidad de los funcionarios y las necesidades de la población. A principios
del SXVIII, la incapacidad de España por mantener la vigencia del pacto
colonial quedaba ya al desnudo.
La nueva dinastía implementará, a lo largo de ese siglo, una serie de
reformas que afectarán tanto a la metrópolis como a sus colonias. Medidas
destinadas a enfrentar las amenazas emergentes de su decadencia, de la
agresividad de las potencias rivales y de la posible pérdida de América. Las
reformas, que abarcaron los campos político, administrativo, económico y
militar, buscaron la transformación de los territorios en un imperio comercial
moderno, siguiendo el modelo de Gran Bretaña. Con el reemplazo de una
organización ya vetusta se esperaba superar la crisis, reforzar los dominios
transoceánicos y maximizar los beneficios para la metrópolis a partir de una
explotación más racional de los recursos.
La modernización de la burocracia fue acompañada, en España, por otras
medidas destinadas a estimular y diversificar la producción, a fin de abastecer
a América y cortar la dependencia con el extranjero. Pero, luego de una corta
mejoría, las reformas se enfrentaron al fracaso. Tal vez fue, como dice John
Elliott, porque “era difícil, para una sociedad educada en la guerra, hallar un
sustituto de las glorias de la batalla en las tediosas dificultades de los
libros de cuenta, o elevar a una posición de preeminencia el duro trabajo
manual que había aprendido a despreciar”. Demasiado conformistas y faltas de
visión, las clases dominantes españolas carecieron de la fuerza necesaria para
romper con el pasado.
Y también el fracaso coronó las reformas en América. Los intentos de
centralización del poder en la corona, que implicaron el trasplante de
funcionarios españoles y la limitación del poder de los criollos, no lograron
contrarrestar los amplios márgenes de autonomía y el influjo de las familias
locales más poderosas, que habían acumulado grandes riquezas y cuya posición
social les abría las puertas a cargos y oficios en las principales
corporaciones del mercado colonial.
Por otra parte, el nuevo diseño territorial, que implicó la creación de 2
Virreinatos (entre ellos, el del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires)
y 5 Capitanías Generales, trastocó el equilibrio y las jerarquías preexistentes,
generando nuevas tensiones y conflictos que tendrán, en el futuro,
consecuencias disruptivas. En el Alto Perú, por ejemplo, dueño de las riquezas
de Potosí y poseedor de un denso entramado institucional, no sólo se esfumaron
los sueños virreinales, sino que la dependencia de Buenos Aires fue percibida
como humillante. Humillación reforzada por el destino de la plata de Potosí,
que pasó a solventar los gastos de instalación y mantenimiento de las nuevas
autoridades de Buenos Aires.
Las necesidades financieras de la corona derivaron en una mayor presión
impositiva sobre las colonias. A esto respondieron los criollos de 2 formas
complementarias. Por un lado, con el ya famoso “se acata, pero no se cumple”,
que les permitió continuar con sus prácticas de evasión, contando para ello con
el beneplácito de los funcionarios españoles que, lejos de mantenerse
distantes, establecieron rápidamente vínculos y alianzas con los grupos
poderosos y con los intereses locales. Por otro lado, también aumentaron la
explotación sobre las poblaciones indígenas. Y esta fue una de las causas de la
rebelión encabezada por Tupac Amaru que, entre 1780 y 1781, conmovió el
altiplano peruano boliviano y cuyo desenlace brutal dejó bien en claro quiénes
quedarían al margen del nuevo orden que se estaba gestando. La suerte de
Castelli, unos años después, da cuenta de ello.
En el Río de la Plata, las reformas borbónicas tuvieron un impacto
heterogéneo. Buenos Aires, que hasta ese momento había ocupado un lugar
marginal, se vio favorecida por su condición de capital y con la instalación de
la Audiencia y el Consulado, del que será secretario Manuel Belgrano, en 1794,
y desde donde producirá sus Escritos Económicos. Por otra parte, la
legalización de su puerto permitió captar cuantiosos recursos desde una aduana
que, beneficiada por el Reglamento de Comercio Libre de 1778, pudo comerciar
esclavos, exportar cueros, tasajo y sebo e importar cualquier producto
proveniente del imperio. En las 3 décadas que duró el virreinato, su población
se duplicó y los grupos mercantiles vieron crecer sus fortunas al tiempo que
ascendían hasta la cumbre de la escala social. Sin embargo, la situación no era
la misma hacia el interior del virreinato. El ingreso de mercancías desde el
puerto de Buenos Aires aumentó la ruina de unas economías regionales ya
erosionadas por el constante contrabando, mientras que los impuestos aplicados
por la Aduana porteña encarecían en mucho los productos. Es el inicio de un
conflicto que nos llevará a 50 años de guerras civiles. Deberemos esperar al
desastre de Trafalgar, en 1805, que implicó para España la pérdida de casi toda
su flota frente a Inglaterra y la incapacidad para mantener un comercio fluido
con sus colonias, para que Buenos Aires deje de lado su tibieza frente al nuevo
orden de los Borbones.
Pero serán las Invasiones Inglesas, ocurridas en el Río de la Plata en 1806
y 1807, las que dejarán al descubierto una nueva incapacidad de la metrópolis:
la de defender sus territorios de un ataque extranjero. Conmoverán de raíz el
orden institucional impuesto y nuevos actores, como el Cabildo y las milicias, ocuparán
la vacancia de poder. Estamos a las puertas de un proceso revolucionario que se
acelerará cuando Napoleón invada la península y tome prisionero al rey. Pero de
eso hablaremos en la próxima columna.
Les mando un gran abrazo a todos los que escuchan de El Club de la Pluma
PROF. LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora de Historia - Posgrado
en Ciencias sociales por FLACSO

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