MÁS
HISTORIA PARA COMPRENDER QUÉ ESTÁ PASANDO
Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma
A fines de enero, el Ministro de Justicia Cúneo Libarona fue recibido y
elogiado en Israel, en el marco de la Conferencia Anual contra el Antisemitismo,
en Jerusalén. Según sus palabras, fue un “evento espectacular”, al que
asistieron representantes de países y organizaciones de todo el mundo para
tratar el combate a “toda forma de discriminación”. Y el mismo Netanyahu
calificó a Milei de “increíble amigo”, remarcando las coincidencias ideológicas
que entre ambos existen. Mientras tanto, miles de Palestinos siguen siendo
masacrados por un Israel genocida ante la pasividad, indiferencia o complicidad
de muchos de los que se reunieron allí, demostrando una vez más que esa lucha que
encarnan no alcanza a todos; que algunos deben ser protegidos mientras hay
consenso para que otros sean eliminados.
Algunos autores ven el surgimiento del capitalismo en las pujantes ciudades
italianas del Renacimiento. Para Jacques Le Goff, por ejemplo, los Médici
comandaban, en Florencia, verdaderas empresas capitalistas. Pero de lo que no
hay duda es que, a pesar del discurso liberal basado en una distorsionada
lectura de Smith, nunca en estos largos siglos de existencia, el capitalismo
derramó riqueza. Muy por el contrario, y como lo muestran diversas
investigaciones (entre ellas la de Maddison), su tendencia fue hacia una
profunda concentración, concentración que se acentúa desde los inicios del SXXI.
En 1820, Inglaterra era el país más rico y su PBI per cápita era 3,3 veces
superior al de Pakistán, en ese momento el país más pobre. Para 1913, la
diferencia entre los extremos ya era de 9,9 veces. Entre EEUU, el país más rico
en 1992, y Etiopía, el más pobre, la diferencia fue de 71,85 veces. Hoy, entre
Luxemburgo, que tiene un PBI per cápita de D109.602 y Afganistán, con un PBI
per cápita de sólo D445, la diferencia ya es de 246,20 veces. Y en historiadores
sociales ingleses (como Hobsbawm) encontraremos abundante información sobre
otra característica que el capitalismo ha mantenido en su avance y en todas sus
metamorfosis a lo largo de los siglos: para acumular y crecer, mata. Lo hizo en
la América española y portuguesa, donde miles de nativos murieron por la
explotación y la conquista; lo hizo en las fábricas inglesas, explotando al
proletariado hasta la extenuación y la muerte; lo hizo también en África, en su
etapa imperialista, donde consumió la vida de miles de personas para acrecentar
la fortuna de unos pocos. Y lo sigue haciendo hoy, bajo otras modalidades, en
su etapa actual, que Pilar Calveiro denomina de capitalismo criminal.
Tanto el nazismo como el fascismo y el estalinismo de la primera mitad del
SXX, se caracterizaron por la implementación de prácticas tanatopolíticas y
biopolíticas organizadas y dirigidas desde el Estado, que tuvieron como
víctimas a minorías frágiles y debilitadas, como demuestran las purgas, las persecuciones
y los campos de concentración, todas ellas formas explícitas de administrar la
muerte. La población se organizó en base a una clasificación jerárquica de las
personas y gran parte de ella fue considerada amenazante y, por ello,
desechable. Perdida la condición de sujeto jurídico, las prácticas de
aislamiento comunicacional y control social permitieron hacer cualquier cosa
sobre una población indefensa.
La Historia es un ejercicio de la memoria que se interroga no sólo por el
sentido de lo vivido sino también por sus conexiones con el presente. Y es ese
ejercicio de la memoria el que nos permite establecer que las soluciones
totalitarias aplicadas en la primera mitad del SXX, desarrolladas por un Estado
policíaco en permanente ilegalidad, que se propuso el control político, social
y hasta del pensamiento de los individuos, con un bombardeo permanente de
propaganda que ya no permitía distinguir la verdad de la mentira, se han
reciclado en nuevas modalidades que, sobreviviendo a sus orígenes, mantienen
plena vigencia en la actualidad. Al igual que lo hizo antes, el capitalismo
neoliberal mata, aunque de una manera más sofisticada, porque su expansión sin
límites se sostiene sobre la destrucción de la vida misma, amparado por un
Estado fragmentado, penetrado y condicionado por los intereses de las grandes
corporaciones.
Con la Dictadura del ´76 se clausuran, en Argentina, las prácticas
vinculadas a los totalitarismos clásicos, donde fue el Estado el que, de forma
directa, se encargó de seleccionar y eliminar a todo el que consideró
“enemigo”. Es decir, a todos aquellos que, de una manera u otra, entorpecían
sus planes de control y el logro de sus objetivos económicos. A partir de allí
y en cada experiencia neoliberal, el Estado fue cambiando paulatinamente su
manera de organizar y administrar la muerte. Sin renunciar al ejercicio de la
violencia directa, la muerte se administra hoy a largo plazo, por abandono y
exclusión.
Según los datos del anuario “Estadísticas vitales” que publica el
Ministerio de Salud, por primera vez en 20 años subió la tasa nacional de
mortalidad infantil. También sufrió un salto considerable la mortalidad
materna. Estos datos se combinan con una dramática caída de la tasa de
natalidad y de embarazos. No hay que tener un Master en Harvard o en Bolonia
para establecer la relación que este deterioro de las cifras oficiales guarda
con el desfinanciamiento que el Ministro Lugones hace en áreas claves para la
salud. En el Programa de Cardiopatías Congénitas se prevén 1370 intervenciones
menos que en 2024. Los hospitales públicos han perdido el 12% de su personal, a
la vez que se recortaron fondos para la prevención de transmisión de
enfermedades sexuales, y el Plan Nacional de Prevención del embarazo no
intencional adolescente fue desfinanciado en un 80%. Tampoco hacen falta
títulos para comprender que la salud está indefectiblemente relacionada con
determinantes sociales, como los ingresos económicos, la nutrición, la
educación y las condiciones de vida. Y deberíamos preguntarnos cuántos adultos
mayores morirán por falta de acceso a medicamentos que antes les proveía el
PAMI. O cuántas vidas se perderán por el incumplimiento de la Ley de emergencia
en discapacidad. O cuántos trabajadores, considerados carne a explotar hasta el
más absoluto agotamiento por una Reforma Laboral hecha a medida de los empresarios,
quedarán en el camino. O cuántos serán devorados por la trata, los cárteles de
la droga y la prostitución, en la búsqueda desesperada de alguna forma de
supervivencia.
Pero en paralelo, el gobierno resigna cada vez más recursos para beneficiar
a grandes corporaciones y a los sectores más ricos, cuya carga impositiva se
redujo considerablemente. No duda en asignar fondos y otorgar un contrato
millonario a la esposa de un Ministro para dar cursos de inglés en Cancillería,
actividad que, convertida hoy en gran negocio para los amigos, estuvo hasta el
gobierno neoliberal de Macri a cargo de Instituto de Enseñanza Superior en
Lenguas Vivas, Juan Ramón Fernández, prestigiosa institución pública, pionera
en la formación en lenguas extranjeras. Tampoco duda en abonar con fondos del
Estado la miserabilidad política de aquellos que hacen posible sus leyes
destructivas, responsables todos de la crisis de representación de los partidos
políticos que allana el camino para el ascenso de la derecha criminal; para la subordinación
de la política a la economía y del Estado a la empresa.
Una sucesión de gobiernos neoliberales en Argentina, han hecho que hoy
supervivencia y capitalismo sean posibilidades por completo antagónicas.
Ampararon y amparan a grandes corporaciones que, en su búsqueda de ganancias
ilimitadas, provocan incendios que convierten espacios de vida en negocios
rentables; consumen el agua de pueblos enteros para aumentar la acumulación de
empresas mineras. Representan a un capitalismo brutal que considera a parte de
la humanidad irrelevante, excedente, prescindible y la deja excluida de toda
ciudadanía y de la práctica de cualquier derecho. Que se ha abrogado la
potestad de decidir qué población merece estar viva y cuál debe morir; quiénes
vivirán a costa de la vida de otros.
Pero la motosierra de Milei no es sólo económica. También es social,
política y cultural. A través de la crueldad y la violencia, que ya no son la
excepción sino la norma, avanza hacia el aniquilamiento de la sociedad como
espacio de organización y acción colectiva, hacia el repliegue del individuo
sobre sí mismo. Fragmenta el tejido social fomentando el odio de unos contra
otros. Porque la clave de su éxito reside en que el común de la gente no haga
recaer la culpa por su situación en Paolo Rocca sino en el vecino que trabaja
en blanco. Y que sus energías se destinen no a que Paolo pierda sus privilegios
sino a que mi vecino pierda sus derechos. Sólo en una sociedad que ha olvidado el
“nosotros”, fundamental para la comprensión misma de lo que está ocurriendo, se
puede dejar morir frente a la indiferencia y el silencio cómplice que diluye
responsabilidades.
Debemos entonces romper el aislamiento como parte de nuestra resistencia.
Debemos comprender que estas prácticas biopolíticas que matan se sostienen en
el contexto de una gobernabilidad que lo permite, donde todos saben lo que está
ocurriendo, pero miran para otro lado; en una sociedad insensible y dopada. Más
que defender al Estado, se trata hoy de defender a la sociedad misma, como
retícula de organización y acción colectiva. Y para ello es imprescindible
volver a ser “comunidad”. Es ahora. Porque el capitalismo criminal avanza y si
no actuamos hoy, puede que ni siquiera nos deje un mañana.
Desde Buenos Aires, saludo a los que escuchan El Club de la Pluma
PROF.
LIDIA INÉS RODRIGUEZ OLIVES
Profesora
de Historia - Posgrado en Ciencias sociales por FLACSO

No hay comentarios:
Publicar un comentario