LA
ANESTESIA SOCIAL
Hoy
vamos a ayudarnos con algunas ideas de Byung Chul Han, hablando en principio de
lo que se llama vulgarmente "autoayuda". Quien les habla conoce hace
mucho tiempo el mercado del libro, y asegura haber visto crecer de manera
exponencial las ventas de libros de temática repetida y títulos con gancho.
Pero no se agota en esto el fenómeno. En la sociedad del rendimiento las
negatividades, tales como las obligaciones, las prohibiciones o los castigos,
dejan paso a positividades tales como la motivación, la autooptimización o la
autorrealización. Los espacios disciplinarios son sustituidos por zonas de
bienestar. El dolor pierde toda referencia al poder y al dominio. Se
despolitiza y pasa a convertirse en un asunto médico.
La
nueva fórmula de dominación es «sé feliz» , dice Byung Chul Han, y olvidó
seguramente completar la frase: "¡sea feliz, infeliz!". La positividad de la felicidad desplaza a la
negatividad del dolor. Como capital emocional positivo, la felicidad debe
proporcionar una ininterrumpida capacidad de rendimiento. La automotivación y
la autooptimización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea muy
eficaz, pues el poder se las arregla entonces muy bien sin necesidad de hacer
demasiado. El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura
que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota
voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se
reprime, sino que se explota. El imperativo de ser feliz genera una presión
que es más devastadora que el imperativo de ser obediente.
En
el régimen llamado neoliberal también el poder asume una forma positiva. Se
vuelve elegante. A diferencia del represivo poder disciplinario ,el poder
elegante no duele. El poder se desvincula por completo del dolor. Se las
arregla sin necesidad de ejercer ninguna represión (salvo que, por supuesto,
"haga falta" como en las luchas de obreros y jubilados). La sumisión
se lleva a cabo como autooptimización y autorrealización. El poder elegante
opera de forma seductora y permisiva. Como se hace pasar por libertad, es más
invisible que el represivo poder disciplinario. También la vigilancia asume
una forma elegante. Constantemente se nos incita a que comuniquemos nuestras
necesidades, nuestros deseos y nuestras preferencias, y a que contemos nuestra
vida. La comunicación total acaba coincidiendo con la vigilancia total, el
desnudamiento pornográfico acaba siendo lo mismo que la vigilancia panóptica.
La libertad y la vigilancia se vuelven indiscernibles.
El
dispositivo neoliberal de felicidad nos distrae de la situación de dominio
establecida obligándonos a una introspección anímica. Se encarga de que cada
uno se ocupe solo de sí mismo, de su propia psicología, en lugar de
cuestionar críticamente la situación social. El sufrimiento, del cual sería
responsable la sociedad, se privatiza y se convierte en un asunto psicológico.
Lo que hay que mejorar no son las situaciones sociales, sino los estados
anímicos. La exigencia de optimizar el alma, que en realidad la obliga a
ajustarse a las relaciones de poder establecidas, oculta las injusticias
sociales. Así es como la psicología positiva consuma el final de la
revolución.
Los
que salen al escenario ya no son los revolucionarios, sino unos entrenadores
motivacionales que se encargan de que no aflore el descontento, y mucho menos
el enojo: «En vísperas de la crisis económica mundial de los años veinte,
con sus extremas contradicciones sociales, había muchos representantes de
trabajadores y activistas radicales que denunciaban los excesos de los ricos y
la miseria de los pobres. Frente a eso, en el siglo XXI una camada muy distinta
y mucho más numerosa de ideólogos propagaba lo contrario: que en nuestra
sociedad profundamente desigual todo estaría en orden y que a todo aquel que
se esforzara le iría muchísimo mejor. Los motivadores y otros representantes
del pensamiento positivo traen una buena nueva para las personas que, a causa
de las permanentes convulsiones del mercado laboral, se hallan al borde de la
ruina económica: dad la bienvenida a todo cambio, por mucho que asuste, vedlo
como una oportunidad».
También
la voluntad de combatir el dolor a toda costa hace olvidar que el dolor se
transmite socialmente. El dolor refleja desajustes socioeconómicos de los que
se resiente tanto la psique como el cuerpo. Los analgésicos y ansiolíticos,
prescritos masivamente, ocultan las situaciones sociales causantes de dolores.
Reducir el tratamiento del dolor exclusivamente a los ámbitos de la
medicación y la farmacia impide que el dolor se haga lenguaje e incluso
crítica. Con ello el dolor queda privado de su carácter de objeto, e incluso
de su carácter social. La sociedad paliativa se inmuniza frente a la crítica
insensibilizando mediante medicamentos o induciendo un embotamiento con ayuda
de los medios. También los medios sociales y los juegos de ordenador actúan
como anestésicos. La permanente anestesia social impide el conocimiento y la
reflexión y reprime la verdad. En su Dialéctica negativa escribe Adorno: «La
necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad. Pues el
sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto; lo que este experimenta
como lo más subjetivo suyo, su expresión, está objetivamente mediado».
El
dispositivo de felicidad aísla a los hombres y conduce a una despolitización
de la sociedad y a una pérdida de la solidaridad. Cada uno debe preocuparse
por sí mismo de su propia felicidad. La felicidad pasa a ser un asunto
privado. También el sufrimiento se interpreta como resultado del propio
fracaso. Por eso, en lugar de revolución lo que hay es depresión. Mientras
nos esforzamos en vano por curar la propia alma perdemos de vista las
situaciones colectivas que causan los desajustes sociales. Cuando nos sentimos
afligidos por la angustia y la inseguridad no responsabilizamos a la sociedad,
sino a nosotros mismos. Pero el fermento de la revolución es el dolor sentido
en común. El dispositivo neoliberal de felicidad lo ataja de raíz. La
sociedad paliativa despolitiza el dolor sometiéndolo a tratamiento medicinal y
privatizándolo. De este modo se reprime y se desbanca la dimensión social del
dolor. Los dolores crónicos que podrían interpretarse como síntomas patológicos
de la sociedad del cansancio no lanzan ninguna protesta. En la sociedad
neoliberal del rendimiento el cansancio es apolítico en la medida en que
representa un cansancio del yo. Es un síntoma del sujeto narcisista del
rendimiento que se ha quedado desfondado. En lugar de hacer que las personas se
asocien en un nosotros, las aísla. Hay que diferenciarlo de aquel cansancio
colectivo que configura y cohesiona una comunidad. El cansancio del yo es la
mejor profilaxis contra la revolución.
El dispositivo neoliberal de felicidad cosifica la felicidad. La felicidad es más que la suma de sensaciones positivas que prometen un aumento del rendimiento. No está sujeta a la lógica de la optimización. Se caracteriza por no poder disponer de ella. Le es inherente una negatividad. La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse. Y le otorga duración. El dolor trae la felicidad y la sostiene. Felicidad doliente no es un oxímoron. Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad. La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Según Nietzsche, dolor y felicidad son «dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que […] juntos siguen siendo pequeños». Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda: «La abundancia de especies del sufrir cae como un remolino inacabable de nieve sobre un hombre así, al tiempo que sobre él se descargan los rayos más intensos del dolor. Solo con esta condición, estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, sabrá estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad».
Desde Rosario- Militante Social

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