DISCURSO DEL
PRIMER MINISTRO DE CANADÁ, MARK CARNEY, EN EL FORO DE DAVOS 2026 – PARTE 1
Apreciados oyentes, amigos y
compañeros de El Club de la Pluma, soy Mauricio Ibáñez, es un placer estar de
regreso con ustedes desde Colombia en este espacio de noticias, reflexión y
opinión. Como siempre, los saludo con un fraternal abrazo por la unidad de
nuestra patria grande.
Durante este tiempo de descanso
que los columnistas de este programa tuvimos desde finales de diciembre hasta
ahora, que estamos retomando esta actividad, han pasado cosas tan
sorprendentes, tan graves y absurdas en el mundo y en nuestros países, que no
veíamos la hora de reiniciar nuestras columnas de la mano de nuestros queridos conductores
y amigos Norberto y Gaby. Bueno, poco a poco nos iremos poniendo al día con
nuestros oyentes, pues hay mucho de qué hablar, pero hay aún más que hacer.
La columna de hoy, y
probablemente la de la próxima semana, las dedicaré a un suceso interesante que
aconteció durante el foro económico mundial 2026, celebrado en Davos, Suiza del
19 al 23 de enero. Llamado también “el club de los ricos”, es un evento que
reúne a los líderes de las potencias del G7 y G20 con otros jefes de estado y
de gobierno, y supuestamente define el rumbo de las políticas económicas del
mundo. Digo “supuestamente”, porque en estos tiempos no se sabe.
Uno de los discursos iniciales
del Foro fue ofrecido por el señor Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, y se
volvió viral en los medios por tratarse de una pieza de valor histórico que
resume de manera directa y contundente, sin abandonar el lenguaje
“políticamente correcto”, la situación que el mundo atraviesa en manos de un
enajenado mental cuyo nombre nunca pronuncia, pero que todos identificamos como
quien está sentado en el trono más poderoso y explosivo del planeta.
Algunos detalles sobre Carney:
nacido en 1965 en Fort Smith, Canadá, es un economista de la Universidad de
Harvard con maestría y doctorado en economía en la universidad de Oxford. La
mayor parte de su vida ha transcurrido en el mundo de las finanzas. Dirigió
magistralmente el Banco Central de Canadá durante la crisis económica de 2008 y
fue gobernador del Banco de Inglaterra durante la crisis financiera
desencadenada por el Brexit. Ha trabajado con Naciones Unidas para la Acción
Climática y Finanzas. Es el primer político canadiense que llega al cargo de
Primer Ministro sin haber tenido experiencia en cargos de elección popular. Es
miembro del Partido Liberal de Canadá y su filosofía política no está
claramente definida, aunque se le podría identificar como de centroderecha.
Asumió el cargo de Primer Ministro de Canadá el 14 de marzo de 2025, tras la
renuncia de Justin Trudeau, y tiene un gobierno de mayoría opositora.
Carney llega al Foro de Davos
con varios logros tempranos, como la reducción sustancial de barreras
comerciales interprovinciales para fortalecer el comercio interno del país, la
diversificación de los mercados, incluyendo acuerdos de reducción de aranceles
con China y la ampliación de las relaciones económicas de Canadá con Asia,
Europa y Medio Oriente, en un exitoso esfuerzo por reducir la dependencia
comercial de los Estados Unidos.
En la primera parte de este
programa les leeré parte del potente discurso que pronunció durante la apertura
del Foro de Davos el pasado 20 de enero. Es un texto que resume la actual
situación mundial, y si lo desligamos de posiciones e ideologías políticas,
creo que es una pieza que vale la pena mantener en la memoria. En este evento,
el Primer Ministro Carney dijo lo siguiente:
“Es un placer, y un deber,
estar entre ustedes en este momento decisivo para Canadá y para el mundo.
Hoy hablaré de la ruptura del
orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad
brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a
ninguna restricción.
Pero también les diré que los
demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son
impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre
nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo
sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los
Estados.
El poder de los menos poderosos
comienza con la honestidad.
Cada día se nos recuerda que
vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado
en normas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los
débiles sufren las consecuencias.
Este aforismo de Tucídides se
presenta como inevitable, como una lógica natural de las relaciones
internacionales que se reafirma.
Ante esta constatación, los
países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas
relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les
garantice la seguridad.
No es así.
¿Cuáles son entonces nuestras
opciones?
En 1978, el disidente checo
Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él
planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo ha podido mantenerse un sistema totalitario?
Su respuesta comienza con la
historia de un frutero. Cada mañana, coloca un cartel en su escaparate:
«¡Trabajadores de todos los países, únanse!». Él no cree en ello. Nadie cree en
ello. Pero lo coloca de todos modos, para evitar problemas, mostrar su
cooperación, pasar desapercibido. Y como todos los comerciantes de todas las
calles hacen lo mismo, el sistema sigue funcionando.
No sólo por la violencia, sino
por la participación de los ciudadanos de a pie en rituales que saben
perfectamente que son falsos.
Havel lo llamaba «vivir en la
mentira». El poder del sistema no proviene de su veracidad, sino de la voluntad
de cada uno de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la
misma fuente: en cuanto una sola persona deja de actuar así, en cuanto el
frutero retira su letrero, la ilusión comienza a desmoronarse.
Ha llegado el momento de que
las empresas y los países retiren sus carteles.
Durante décadas, países como
Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado
en normas.
Nos hemos adherido a sus
instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad.
Gracias a su protección, hemos podido aplicar políticas exteriores basadas en
valores.
Sabíamos que la historia del
orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos
se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el
comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se
aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima.
Esta ficción era útil y la
hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios
públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad
colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias.
Así que colocamos el letrero en
el escaparate. Participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos
señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad.
Este compromiso ya no funciona”.
Termino acá la primera parte de
esta transcripción y nos vemos la próxima semana.
MAURICIO
IBÁÑEZ – Desde Colombia -Biólogo
Especialista
En Estudios Socio-Ambientales

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