RADIO "EL CLUB DE LA PLUMA"

sábado, 19 de marzo de 2016

HISTORIA, MEMORIA, IDENTIDAD…

HISTORIA, MEMORIA, IDENTIDAD…

 La construcción y desarrollo de la historia se nutre de incontables ingredientes que, por su amplitud y por una también amplia diversidad de intereses, se van definiendo interpretaciones contrapuestas, enfrentadas.
Hubo y hay una historia oficial y una historia revisada, el comúnmente conocido como revisionismo histórico.
Por supuesto que tanto de un lado como del otro, existen intereses políticos, sociales para inclinarse hacia una interpretación u otra.

 Pero no se trata sólo de diferentes maneras de interpretar los hechos, causas y consecuencias históricas. Se trata de la imposición de un modelo, de una ideología, de un pensamiento y una concepción determinada para condicionar respuestas, estímulos y reacciones.

 En los últimos tiempos hemos leído, escuchado en reiteradas oportunidades el término “batalla cultural”. Esto nos permite afirmar que las diferentes interpretaciones de hechos pasados y recientes, no están solamente emparentados con elecciones individuales; están ligadas fundamentalmente a propósitos políticos concretos.
En esa contienda, a veces de manera subliminal, otras en forma bien directa y concreta, la puja por hacer prevalecer, o distorsionar o destruir o edificar la historia, desdibujando o recuperando la memoria e invisibilizando o reconstruyendo la identidad, se recurren a todas las armas disponibles para alcanzar el cometido. Las relaciones de fuerza para lograr un resultado u otro, dependen en gran medida de los espacios sensibles que se han podido ocupar y endurecer.

 Y la memoria constituye esa parte sustancial de lo que se pretende recupera o destruir. Pero la memoria, como la historia y la identidad, están atravesadas, construidas para bien o para mal, por seres. De un lado están los hombres, del otro, los que dejaron de serlo cuando comenzaron a asumir y ejercer la ambición de poder.
Entonces cuando discutimos sobre si revisionismo histórico o historia oficial, nos perdemos en planteos y discursos que casi nunca refieren a esa distinción mayúscula en relación a responsabilidades: ¿humanos o entes sedientos de poder?

 Rafael Barret, escritor paraguayo había publicado en “El Nacional” en 1910 su relato “Gallinas”, en él podemos ver graficado más o menos esto a lo que estamos haciendo referencia, al momento, el instante en que el humano deja de serlo para convertirse en propietario. Algo, las cosas, el poder, el aplauso. Algo va sitiando a los seres y echando fuera su calidad  de humanos. Su capacidad de reconocer en el otro, en el igual, un ente de valor intrínseco. Entonces cualquier cosa vale más que la vida. Sí, para los que tienen fortunas, para los que tienen poder, para los que tienen algo, cualquier cosa es más valiosa que la vida. Y su afán será entonces que no nos reconozcamos entre nosotros. Porque entonces un ladrón no sería un blanco de tiro, sería un ser humano. Y entonces un obrero reclamando no sería objeto de hidrante sino un homo sapiens vibrante de potencias. Así que la cosa es que no seamos, y por tanto nos volvamos incapaces de ver a los que son: vemos cuerpos y peinados susceptibles de ser moldeados por la modas, enfundados en prendas caras o baratas portadoras de un barniz cultural más o menos reconocible que nos harán sentir más o menos amenazados en nuestro tener, en nuestro parecer, en nuestro encastre en algún sector social.

 Por eso, los derechos humanos probablemente lleven ese nombre no porque los humanos sean portadores de ellos, sino porque solo los aún humanos pueden verlos, nombrarlos y militarlos. Y somos claramente menos que los que los denostan, los ignoran o les votan en contra. Porque los han vaciado, porque en sus almas la esencia está perdiendo la batalla bajo las toneladas de insignifancia que vierten metódicamente cada día y generación tras generación los fabricantes del nihilismo a nivel global.

 En el caso que hemos elegido, la propiedad está repartida entre historia, memoria e identidad. Perdemos la noción de lo que ocurrió en la historia, cuando perdemos la memoria y el sentido de identidad; pero en realidad no lo perdemos, nos lo roban, nos lo enajenan para acumular más poder y así controlar a aquellos que aún permanecen humanos.

¿Cuándo dejamos ser humanos? ¿Cuándo comenzamos a ejercer la ambición de poder?
¿Cuándo permitimos que la avaricia se apodere de nuestra esencia, haciéndonos perder aquella identidad que nos distinguía como especie, promotora de vida y esperanza?

 Eso de la batalla cultural, slogan impuesto como tantos otros por medios de dominación y control, nos ha atravesado pero sin lo sustancial, sin el condimento necesario para la comprensión de aquello que se plasma en las acciones que nos distinguen por fuera de ese canibalismo urbano, de ese morboso accionar por dominar para poseer y dejar de ser.

 Historia, memoria e identidad se han convertido en mercancía para los sectores dominantes, por lo que su desnaturalización va en provecho de su poder, pero también se alimenta de los “distraídos”, de los “desprevenidos” que eligieron, optaron por no reconocer a ese casi invisible enemigo que nos acecha histórica y constantemente.
Un enemigo que, disfrazado de capital, de neoliberalismo, de oligarquía y despotismo, se relame en sus avances estratégicos. Distorsionaron la historia y utilizaron la fuerza, dominando y sometiendo con la espada, la pluma y la palabra; luego recurrieron a más fuerza, la palabra los acompañaba desde los medios hegemónicos para la desinformación. Siguen contando con la fuerza uniformada, pero se han hecho mucho más fuertes con las palabras y las imágenes y les es mucho más sencillo avanzar en esa transformación, en esa mutación de convertir a los humanos en propietarios.

 Pero no han sido los únicos en ese ejercicio donde las hordas de mutantes deshumanizados avanzan pavorosamente en procura de más para poseer.
Algo o bastante de responsabilidad en ello tenemos muchos que suponíamos que circulábamos una senda más humana. No podemos recurrir a historia, memoria e identidad, sin reconocer esas responsabilidades que nos señalan.

 Entonces la batalla cultural nunca es en vano, aunque vayamos perdiendo ahora. Porque las Madres y las Abuelas, porque los mártires de las luchas populares y los artistas, porque los militantes y los bohemios del amor y de la entrega somos portadores visibles de la esencia que todos los seres han de llevar adentro. Y la tarea es encender siempre, más o menos, aunque los vendavales amenacen y logren a veces apagar los fueguitos.
Seamos hogueras “gente de fuego loco, que llena el aire de chispas” decía el poeta. Ese ha de ser nuestro orgullo frente a los bomberos de la historia de los pueblos.

 Que así sea.

NORBERTO GANCI –DIRECTOR- GABRIELA FERNÁNDEZ - PRODUCTORA-
El Club de la Pluma
elclubdelapluma@gmail.com –elclubdelapluma@hotmail.com
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